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jueves, 11 de noviembre de 2021

Librerías

El frío de la calle se metía entre los pocos resquicios que la ropa de abrigo permitía. Su pequeña mano derecha, calzada con un guante de lana,  se aferraba a la de su padre, con cierto temor de perderla en el trasiego del gentío, que se cruzaba con ella. Con la otra mano palpaba un pequeño monedero en el que estaban a buen recaudo sus ahorros.

Por fin llegaron. La puerta del local era de madera, un tanto retranqueda, de tal manera que permitía no solo los dos escaparates al uso, sino otros dos más pequeños, en los que se exhibían, brillantes bajo las luces, toda clase de libros, aunque abundando más los de relatos.
 Se detuvieron un momento, para localizar el que era objeto de su visita. A ella, por ser pequeña, le costaba abarcar todo el contenido, pero habían sido tantas las veces que, camino del colegio, se había detenido para mirarlo, que no le costó más que un segundo localizarlo. Allí estaba, con la sobrecubierta de papel en la que había una preciosa ilustración.  Apretó la mano de su padre con una emoción contenida, lo que produjo una inmedita sonrisa en aquel.

- ¿Entramos?

Los nervios la impedía ni siquiera contestar. Solo pudo asentir con la cabeza.

En su interior, la librería era estrecha y por doquier se apilaban las obras en estantes y mostradores. El olor a papel impreso, en ese momento el mejor perfume para ella, le impregnó la nariz.

El librero la sonrió. Ya se conocían, pues semanas antes, había hecho la promesa  de guardar el libro hasta que ella pudiera ahorrar de su pequeña paga para comprarlo.

No hicieron apenas falta las palabras. El librero abrió el escaparate y con toda solemnidad extrajo el libro que depositó en las manos de la niña: Los cuentos de los hermanos Grimm.

Ya no existe esa librería. Por el local han pasado muchos negocios y en la actualidad hay un cartel de Se traspasa. Pero ella, siendo como es ya una mujer, sigue viendo en ese escaparate la belleza de los libros, algunos escritos ahora por ella,  y escuchando la voz de ese librero aquel día de otoño:


- Recuerda, pequeña, que nunca estarás sola con un libro.

Sed felices.


*Este relato esta basado en una experiencia de la autora.

 

domingo, 24 de octubre de 2021

TIEMPO Y ESCRITURA

Me doy cuenta de que cada vez distancio más el tiempo con que me relaciono con la literatura.

Una novela medias, una obra de teatro a medias, un libro de poemas por corregir me esperan todos los días, pacientemente,  a que vuelva a esa tarea que otrora era mi vida.

Escribir fue durante mucho tiempo mi salvación., y ahora lo echo mucho de menos también. Hay días que lo siento como ese miembro fantasma que cuentan, que aún amputado sigue percibiéndose a veces con dolor.

Pero tengo que reconocer que mi cabeza no da para tanto. Este tiempo político, del que por supuesto no me quejo, sino, por el contrario, me siento orgullosa, me tiene abducido el pensamiento y del él surgen pocas ideas literarias. No obstante me obligo a escribir, como el atleta entrena todos los días.

Quisiera, mis queridos lectores, ser capaz de expresaros este "quiero y no puedo" que me invade cuando, ante la pantalla del ordenador, me exijo escribir aunque sea una línea. Y no, no es cuestión de inspiración, sino, más bien de expiración, de sacar hacia fuera lo que se esconde en mi interior.  Pero a pesar de todo, de estas dificultades que os comento, de mí surgen poemas, relatos, artículos, o post como este que hoy os escribo. Algunos se abren como una flor y exhalan ese perfume literario, otros en cambio, responden más a la técnica adquirida, pero les falta alma. Quizá la pandemia me ha desgastado más de lo que yo creo.

Este fin de semana he recuperado, de alguna manera, ese  latido literario a través de la presencia de Ondina Ediciones en la Feria del Libro de Rivas. De alguna manera, sí, he vuelto a sentirme escritora, y arropada por quienes se acercaron a la firma de mis libros. Verme rodeada de mis novelas, de mi poesía me recordó todas esas sensaciones que, cuando los escribía, me invadían; esa emoción de llegar al último capítulo, esa sensación de cerrar un poema.

Volveré a esos tiempos, seguro. La literatura, la escritura y yo somos inseparables, porque está en mí, aunque algo dormida, como esas semillas que esperan la primavera para germinar. En este caso será el otoño, o quizá el invierno, con su recogimiento los que provoquen que tiempo y escritura vuelvan a coincidir.


Sed felices.



lunes, 10 de mayo de 2021

Cita a ciegas

Siempre digo que la relación entre un escritor y un lector se asemeja a un cita ciegas, en laque ambos están deseando enamorarse a través de un libro. Muchos de mis compañeros en la literatura dicen no pensar en el lector cuando escriben, es decir, que el factor de la aceptación por público no les mediatiza a la hora de crear su obra literaría. De otra manera, me dicen, sería imposible escribir lo que en verdad se quiere.


Sí, no cabe duda que tener el mente como objetivo principal las ventas llevaría a crear solo aquello que sabemos va a ser comercial, restando a la palabra su auténtico fin. Y para eso ya están los best sellers que como churros publican las grandes editoriales, que vienen a ser, al final, el mismo libro con diferente título.


Bien, pues aceptando esta premisa, yo creo que se debe pensar en el lector no como fin sino como parte complementaria y debe tener su lugar en la vida de todo escritor. Los libros sin lectores no son más que objetos onanistas para mayor gloria del ego del autor, en los que cercenamos uno de los dos placeres que tiene que suponer la obra literaría: escribir y ser leído.


No hace falta renunciar a nada por valorar a aquellos que nos llegarán a leer o a los que ya nos leen. No hace falta olvidar que quienes compran nuestros libros están deseando encontrar en ellos las situaciones y los personajes con los disfrutar, las emociones con las que identificarse. Y también se merecen un producto bueno, cuidado, mimado, como recompensa a su confianza.


Últimamente, y más a menudo de lo deseable, veo y leo textos o poemas de poca calidad, defendidos por sus autores con el simple argumento de que es lo que ellos quieren escribir, lo que les “brota de dentro”. Bien, eso es muy respetable, sin lugar a duda, como lo es también el que el encuentro con los lectores sea un acto fallido, simplemente porque no les gusta.


La literatura es un arte y como tal se compone de técnica y de creación. No vale con dejar flotar a las musas a nuestro alrededor. Tenemos que disciplinarlas para que lo que salga de nuestra pluma o de nuestros dedos en el teclado sea de calidad y esas citas a ciegas se conviertan en amores eternos.

Los lectores se lo merecen.


domingo, 7 de abril de 2019

De las cosas que escribo aunque no existan

Una de las cosas que a  mí como poeta  más  me cuesta es lo que llamamos "armar un poemario", que no es otra cosa que ordenar de una manera coherente, o por lo menos aproximarse, un libro de poemas antes de ser publicado.

Me ha pasado con este último libro, PAPELERA DE RECICLAJE, que verá la luz después del verano bajo el sello de Ediciones Vitruvio.  Finalmente encontré títulos para tres apartados uno de los cuales dedico a cosas sobre las que escribo aunque no existan.

Si muchas veces dudo de las razones por las que escribo, jamás me cabe ni la más mínima  respecto a que tiene que ser siempre sincero aquello que expreso en mis poemas, en mis novelas o en mis relatos... Aunque no exista. 

Tal vez no sea fácil de entender así, a primera vista, pero yo sé que muchos de mis colegas me sabrán de qué hablo, por lo menos aquellos a los que la vida se les queda a veces estrecha, como a a mí, y sienten la necesidad de expandirse a través de la palabra, de la pintura, de la música. Y entonces inventamos esos otros mundos inexistentes para algunos, pero que palpitan allá donde nosotros viajamos en cuanto podemos.

Nada que imaginemos tiene cercenada su existencia. Muy al contrario, como genios de la lámpara, damos la posibilidad  de una vida cuasi eterna, en donde no hay lados oscuros, o tal vez sí, pero siempre acompañados de emociones.

Por eso el día a día es un prisma de cien caras en donde mirarme, en donde miraros mis queridos lectores, como esa bolas de las discotecas que reflejan miles de haces de luz que a veces nos ciegan, pero como polillas nos atraen a esa luz que todo lo ilumina cuando se cierra un poema, un relato, una novela, donde hemos escrito todo aquello que vive dentro aunque  no exista.

Sed felices.

(c) Foto EME.

lunes, 1 de abril de 2019

Escribir en España es llorar



Ésta es la frase tan conocida (para algunos la única) de Mariano José de Larra, periodista y escritor romántico que se pegó un tiro por amor (detalle que también hace que sea conocido como su frase). Quizá para algunos sea una exageración o simplemente el fruto de unas circunstancias espacio temporales propias de la España del siglo XIX, en la que la mayoría de la ciudadanía era analfabeta. Años después (bastantes) el poeta  Luis Cernuda apostilló, ampliando el continente y el contenido: «En España escribir no es llorar, es morir»

Vaya por delante que el talante de estos escritores no se podía tildar de muy positivo, pero no cabe duda de que ambos tuvieran su parte de razón. Porque, y esto siempre me produce un gran asombro, somos un país que presume de sus escritores ya muertos y ensalzados al Parnaso de las Letras, mientras que los que producen su obra en la actualidad, talentos a veces que acaban perdiéndose, sudan tinta china (o de tonner por aquello de la impresora) para ver sus obras no solo publicadas ( la autoedición es una opción tan buena como otras), sino tenidas en cuenta por críticos y públicos.

Empieza abril, mes por antonomasia del libro, y en el que se inician muchas Ferias del Libro, en las que veremos expuestos cientos y cientos de ejemplares. Muchos personajes mediáticos aprovecharán el tirón (bueno, ellos no, sus editoriales) para personarse y dedicar sus obras. Otros escritores, más humildes, estaremos esperando el interés de los lectores y en muchas ocasiones (lo que es una experiencia maravillosa) charlando sobre nuestra literatura.

La realidad es tozuda y no se pueden poner puertas al monte. Que personajes mediáticos para quien "manos fantasmas" escriban libros que luego son best seller aparte de ser una triste anécdota, no deja de ser, también, un reflejo de las circunstancias en el que el oficio de escritor se valora. Por que una cosa es escribir y otra ser escritor.

Hay mucho esfuerzo, conocimientos, aprendizaje, sensibilidad e imaginación tras un buen libro. Las historias no nacen en las cunetas, ni en los sembrados, sino dentro de la cabeza de hombres y mujeres que han hecho de sus palabras instrumentos para que quienes las aman puedan ser un poco más felices.

Por eso, mis queridos lectores, no debemos consentir que esas frases lapidarias de Larra y Cernuda se enquisten en el almario común. Escribir debe hacer «llorar», sí, pero de emoción, o sentirse «morir», pero de placer. Ese ha sido y será el objetivo de la buena literatura.
 Feliz mes del Libro.


domingo, 29 de julio de 2018

Cita a ciegas

Siempre digo que la relación entre un escritor y  un lector se asemeja a un cita ciegas, en la que ambos están deseando enamorarse a través de un libro.

Muchos de mis compañeros en la literatura dicen no pensar en el lector cuando escriben, es decir, que el factor de la aceptación por el público no les influye a la hora de crear su obra literaria. De otra manera, me dicen, sería imposible escribir lo que en verdad se  quiere.

Sí, no cabe duda que tener en mente como objetivo principal las ventas llevaría a crear solo aquello que sabemos va a ser comercial, restando a la palabra su auténtico fin. Y para eso ya están los best sellers que como churros publican las grandes editoriales, que vienen a ser, al final, el mismo libro con diferente título.

Bien, pues aceptando esta premisa, yo creo que se debe pensar en  el lector no como fin sino como parte complementaria y debe tener su lugar en la vida de todo escritor. Los  libros sin lectores no son más que objetos onanistas para mayor gloria del ego del autor, en los que cercenamos uno de los dos placeres que tiene que suponer la obra literaría: escribir y ser leído.

No hace falta renunciar a nada  por valorar a aquellos que nos llegarán a leer o a los que ya nos leen. No hace falta olvidar que quienes compran nuestros libros están deseando encontrar en ellos las situaciones y los personajes con los disfrutar, las emociones con las que identificarse. Y también se merecen un producto bueno, cuidado, mimado, como recompensa a su confianza..

Últimamente, y más a menudo de lo deseable, veo  y leo textos o poemas de poca calidad, defendidos por sus autores con el simple argumento de que es lo que ellos quieren escribir, lo que les “brota de dentro”. Bien, eso es muy respetable, sin lugar a duda, como lo es también el que el encuentro con los lectores sea un acto fallido, simplemente porque no les gusta.

La literatura es un arte y como tal se compone de técnica y de creación. No vale con dejar flotar a las musas a nuestro alrededor, tenemos que disciplinarlas para que lo que salga de nuestra pluma o de nuestros dedos en el teclado sea de calidad y esas citas a ciegas se conviertan en amores eternos.

domingo, 8 de julio de 2018

Cuando termina la historia llega el final (o por qué no hacerse un Ken Follet )



Muchos escritores señalan lo complicado que es arrancar con una novela, escribir esas primeras líneas que son la llave de la historia y que deben, como un conjuro, encantar al lector para que no abandone el libro a las primeras de cambio. Es el ya tan consabido miedo al folio en blanco. 

En mi caso no es así. No niego que no encuentre alguna dificultad en iniciar una narración, pero casi siempre consigo esas primeras palabras que me permiten comenzar a caminar por la historia que quiero contar. En cambio, creo que lo verdaderamente importante es el final, conseguir que la trama llegue a su meta de una manera coherente, sin que haya ningún conejo sacado de la chistera a última hora, tras  páginas y páginas que engordan el libro pero adelgazan el interés..

Es posible que algunos,  acostumbrados a novelas de setecientas, ochocientas páginas, (lo que viene siendo hacerse un Ken Follet), una que no llega a cuatrocientas les parezca  que no da de sí todo lo que pudiera. Pero no se trata de rellenar folios y folios sino de contar, realmente, lo que se quiere contar. 

No cabe duda de que cada maestrillo tiene su librillo a la hora de planificar la escritura de una nueva obra. Yo nunca hago previamente un esquema y casi siempre es la historia la que me va marcando las etapas; son los personajes los que con sus actuaciones me van indicando cuando llega  al cierre. No olvidemos que una  novela es un universo vivo y que evoluciona a lo largo de las páginas hasta llegar a su final. Aunque os parezca raro, no siempre los autores tenemos absolutamente el control. Tal es así que en  mi nueva novela, El huracán y el destino, que verá la luz el próximo 4 de octubre, uno de esos personajes, cuya catadura moral dejaba mucho que desear, se me volvió bueno para mi sorpresa. Fue así porque era necesario para que ese cierre final quedara redondo.
  
Al fin y al cabo, los escritores también debemos,  esa es mi opinión, dejar algún resquicio por el que quien lo desee pueda entrar a imaginar que podría haber más allá de ese punto y final, que siempre queda en manos del autor.

Sed felices

domingo, 22 de abril de 2018

Sobre los libros

Que una escritora diga que no concibe su vida sin los libros es, como poco, redundante. De lo contrario estaríamos ante la situación paradójica de que un cirujano abominara de su instrumental o un músico de su instrumento.

Ante de ser escritora, muchísimo antes, fui una lectora impenitente. Antes de ser lectora ya tenía en mis manos cuentos ilustrados, de los que recuerdo, aún, su aroma a papel recién tintado y la textura de sus páginas, tan diferentes de la firmeza de la cubierta.

Luego vinieron los libros más serios en los que aprender, algunos subrayados con lápiz para remarcar aquello que era importante y de lo que seguro, algo caería en los exámenes. Y también otros que iban llenando las tardes y las noches de historias de amor, de aventuras, de terror.

Ya siendo universitaria viví como amante de los libros una experiencia maravillosa. Realizando mi tesis de licenciatura tuve la oportunidad de consultar ejemplares que se encuentran, o se encontraban, en una sección llamada - creo recordar- de Raros y manuscritos. Allí se guardaban ediciones antiquísimas que había que manejar con guantes, y que eran de una belleza excepcional.

Novela, biografías, poesía, relatos, libros siempre a mi alrededor que llenan las estanterías hasta en tres filas y que, en ocasiones, han de ocupar un lugar discreto en el suelo, dentro de cajas, esperando ocupar su sitio definitivo.

Ahora, como si de la concesión del mejor de los deseos, veo mi nombre en la cubierta de mis libros. Cuando los abro siguen oliendo a nuevo, y permanece ese mismo tacto de mi infancia, y la cubiera sigue teniendo esa firmeza. Pero son mis palabras las que ocupan sus páginas, son mis versos. Entonces pienso que otras personas, vosotros, mis queridos lectores, sentís en  mis libros las mismas emociones que yo he sentido: el amor, la aventura, el terror.

No soy mujer, ni mucho menos, que de la espalda a la tecnología. Acepto la digitalición de la escritura- no se pueden poner puertas al campo- pero defiendo y defenderé que mis historias, que mis poemas, encuentren acomodo en ese mundo hecho de papel que sigue acariciando mis dedos.

Sed felices.

domingo, 7 de agosto de 2016

El libro de un sueño de verano

Transcurrida ya la primera semana de vacaciones con paseos a la orilla del mar, largas siestas, algo de literatura y lectura. Porque esta época es propicia para leer aquellos libros que he ido dejando apartados durante el año, más ocupada en los míos propios que en los ajenos. Llegadas estas fechas es un placer abrir las páginas de esos libros que pacientes me esperaban y comenzar a leer.

He de decir que soy una lectora muy ecléctica. No suelo ser remilgada a la hora de seleccionar los libros. Me gustan todos los que estén bien escritos, independientemente del género, si bien es cierto que, al igual que me ocurre como escritora, tiendo más a las histprias de misterio.

Muchos de mis mejores recuerdos están relacionados con el verano y los libros. De pequeña no me gustaba, como a casi ningún niño ,echarme la siesta, momento del día sagrado en toda familia española que se precie. Era la ocasión en que, con la habitación casi en penumbra para evitar el calor, me dedicaba a devorar, literalmente, los libros, muchos de ellos regalos de mi cumpleaños, mientras en la habitación contigua mis hermanos pequeños botaban como pelotas en las camas hasta que mi abuela les regañaba y podíamos disfrutar de un momento de paz.

Recuerdo especialmente mi quince cumpleaños. Mi padre fue a una librería y depositando una cantidad de dinero nada despreciable le dijo al librero, el cual se quedó muy asombrado, que le diera todos los libros que cupieran en ese importe. Y especificó: "son para una adolescente que se lee todo".

Cuando abrí el paquete, envuelto en papel de estraza y atado con una cuerda de pita, aparecieron el Ulises de Joyce, La divina comedia de Dante, Los papeles del Club Pickwick de Dickens, La tormenta de Shakespeare, El lazarillo de Tormes, La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, Nada de Carmen Laforet... Los leí todos en ese verano de adolescencia, mientras escuchaba una y otra vez "Let it be" de los Beatles.

Aún los conservo junto con la tarjeta de la dedicatoria de mi padre. Él ya no está, pero de alguna manera, cada vez que ojeo esos libros de aquel verano , cuyas páginas amarillean ya en los bordes, recuerdo las siestas de antaño, las risas de mis hermanos, y las historias que me hacían soñar con ser un día escritora.
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Sed felices...