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sábado, 1 de agosto de 2020

AGOSTO





Mes por antonomasía de las vacaciones, sobre todo de los "curritos". El éxodo hacia las playas, la montaña o el pueblo de origen llenaba las carretera de automóviles cargados hasta los topes, porvocando unas caravanas de salida interminables. De fondo la cantinela infantil del "¿Cuándo llegamos?".

Pero este agosto es menos agosto. Le ha cortado las alas  un microscópico ser que ha invadido de la manera más atroz nuestro día a día como si de un desembarco alienígena se tratara. Ha torpedeado nuestra salud, nuestra economía y obligado a cambiar muchas de nuestras costumbres.

No obstante, hoy, primero de agosto, sigue guardando ese día inagural del mes del relax y del descanso, aunque sea tras la muralla de tela o celulosa de la mascarilla. Hay gente en la playa, a dos metros. Hay gente tomando paellas, máximo diez, por mesa. Hay gente capaz de sobreponerse al miedo propio y ajeno para hacer de lo poco normal la normalidad. Es un reto colectivo al que no podemos dar la espalda. Un día ganado al coronavirus es un día rescatado a recuperar nuestra vida, esa vida que se vió confinada un 15 de marzo, cuando asomaba ya la primavera.

Por muy duro que fuera el confinamiento, la prueba de nuestra solidaridad es ahora, cuando podemos demostrar que nos interesa más el bien colectivo que pasar un buen rato transgrediendo las normas. Nunca como ahora nuestras decisiones tienen consecuencias para todos y todas.

Por delante un mes de luz, de calor, de descanso. Para unos de días o de semanas; para todos poder demostrar que somos capaces de superar la necesidad de un capricho por la responsabilidad como ciudadanía.

Seamos solidarios, seamos responsables. Habrá otros veranos, seguro, para recordar ya sin mascarillas ni restricciones, que entre todos superamos a este virus que intentó, pero no consiguió, acabar con nuestra esperanza.

¡Sed felices!

martes, 27 de agosto de 2019

RELATOS DE VERANO Y MAR IV: la gota fría


El mar vomitaba algas, enardecido por el viento que bramaba como si el mismísimo Kraken se hubiera despertado. Las palmareras se doblaban, besando casi el suelo con sus ramas y la lluvia anegaba las calles.

Lo que veinticuatro horas antes era un pueblo lleno de actividad, bañistas y color, se había convertido en un escenario apagado bajo un toldo gris. Los pasos de los viandantes habían sido sustituidos por regueros de agua que buscaban su salida natural al mar.

Los oriundos, o aquellos que ya habían vivido esa experiencia, sabían que era una gota fría, fruto de un verano caluroso y de un posterior embolsamiento de aire gélido. Bastaba con un poco de paciencia y pertecharse con lectura u otros entretenimientos, para pasar el día o día y medio que solía durar.

Tras los cristales del ventanal ella miraba las gotas que rompían contra el suelo de la terraza y las hojas del palmito. Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a aflorar por sus mejillas. Se sentía tan fría como es gota que campaba sobre sus cabezas. El verano tocaba a su fin y para ella era como si traspasara la frontera de otro año, con la incertidumbre de si en el proximo podría caminar sobre la arena y perderse en el horizonte de ese mar tan querido.

No quería pensar en negativo, ni caer en la trampa del tiempo, porque ella no era así. Pero en ocasiones no estaba de más dejarse llevar un poco, como los granos de la playa, sin conocer el destino. La añoranza mostraba su nariz y la obligaba a echar de menos aquello y a aquellos que nunca volverían.

En unos días regresaría a la rutina diaria, al reloj ya con manillas, a la toma de decisiones... Esa era su vida, y así la había elegido, o tal vez, había sido elegida por ella, pues en momentos no entendía que hacía en ciertos lugares y con ciertas personas.

Se secó la lágrimas. Seguía lloviendo, aunque sobre los tejados, al fondo, una ténue línea de luz presagiaba que la tormenta no duraría mucho más. Tampoco en su interior, pues la vida le había enseñado que no era bueno detenerse más de unos minutos en conmiseraciones. 

Salió el sol, y su cara se iluminó con una sonrisa. La naturaleza volvía a firmar un pacto transitorio, y pronto la playa florecería con sombrillas, y las calles se inundarían de nuevo de pasos recorriendo los últimos día de este verano, con la esperanza puesta en el que llegaría, sin duda, pasado un año.

Pasara lo que pasara, lo afrontaría...


martes, 20 de agosto de 2019

RELATOS DE VERANO Y MAR III: El mosquito

El calor era agobiante.  Una de esas noches que se denominan tropicales, aunque la distancia con cualquiera de los dos Trópicos, el de Cáncer o el de Capricornio, fuera apreciable. 

El zumbido del ventilador se confundía con un sonido similar, pero más peligroso: el de un  mosquito  que rondaba a su alrededor en la seguridad de encontrar el momento de picarle.

Ni la batalla de San Jorge contra el dragón había sido tan reñida como la que él libraba con semejante díptero: lociones, pulseras, enchufes... Hasta el tradicional aerosol que inundaba la habitación de un aroma dulzón, empalagoso y tóxico. Pero nada: cada mañana descubría una o dos picaduras que picaban, valga la redundancia, como la madre que las parió.

Aunque mal de muchos, consuelo de tontos, sentía cierto alivio al contemplar en a playa como otros veraneantes lucian con igual desazón los abones a lo largo y ancho de las zonas descubierta de sus cuerpos, e incluso los granos eran tema de conversación en las tertulias bajo la sombrilla.

Pero esa noche, unido al insoportable calor que marcaba los 27 grados (sensación térmica de 30) a las tres de la mañana el termómetro del móvil, la perspectiva de una picadura más le exacerbó de tal manera que encendió la luz y se dispuso a dar la batalla una vez más.

Le vió sobre el blanco de la pared. Cogió una de las chanclas que estaban al pie de la cama y muy despacio, muy despacio se acercó a él... Levantó la zapatilla y...

- Por favor, no me mates...

Una vocecilla rompió el silencio de la noche. El brazo se detuvo a mitad de camino y él se quedó desconcertado, porque no veía quién le había hablado...

- No me mates, por favor... No puedo evitar picarte, necesito tu sangre...

No podía ser, la vocecilla, casi un susurro,  provenía, o así parecía del mosquito que estaba en la pared...

- ¿Eres tú, mosquito? ¿Me estás hablando a mí?- pensó que el calor le producía alucinanciones. ¡Cómo podía ser que estuviera hablando con un mosquito!

- Sí, sí... Pero siento contradecirte: soy una mosquita, y necesito picarte porque la proteína de tu sangre me sirve para producir los huevos y continuar la especie...

¡Flipa! Esto era lo más de lo más... Una mosquita que le pedía compasión... No pudo evitar que algo parecido a ese sentimiento naciera en él. Al fin y al cabo todos somos seres vivos y cumplimos una misión en el planeta. Como persona concienciada con el ecologismo sabía que la especie humana era mucho más destructora de alguna manera... La mosquita lo único que quería era seguir lo que su ADN ancestral le indicaba.

La zapatilla llegó a su destino de manera brusca, y en la pared quedó solamente una mancha en lo que antes fue la mosquita.

- Lo siento, pero nuestras especies están en guerra- dijo en voz alta mirando la pared y el espachurramiento-. Y casi siempre termináis venciendo y dejáis la muestra de vuestro triunfo en forma de picores y abones. Esta vez he ganado yo.

Se metió en la cama y apagó la luz. Cuando contara su aventura nocturna obviaría el que había hablado con una mosquita. Al fin y al cabo lo heroíco era haberla matado con una zapatilla, como siempre se había hecho...




lunes, 12 de agosto de 2019

RELATOS DE VERANO Y MAR II : La cueva de Simón "El tuerto"

Seguro, o casi seguro, que en todos los pueblecitos costeros existen cuevas, y  seguro, o casi seguro, que alguna de ellas ha sido refugio de piratas. Así ocurría en el que yo pasé los veranos de mi infancia.

En este caso, la cueva de los corsarios se encontraba al final de la playa, y había que acceder ascendiendo un pequeño acantilado. Una vez arriba la entrada era  bastante estrecha, tanto que a no ser un niño o una persona enjuta, pocos podrían entrar por él.

Lo curioso es que, una vez dentro, la gruta se ensanchaba para convertirse en una sala de unos 15 metros cuadrados. Allí, contaban los más viejos del lugar, había escondido su tesoro el corsario Simón "El tuerto", allá por el siglo XVI, tesoro que había robado a  Sir Francis Drake, que era como haberlo hecho a la mismísima reina Isabel I de Inglaterra.

Mis amigos y yo, quizá llevados por el contagio de los libros de los Siete Secretos o de Los cinco (*) decidimos convertirnos en arrojados detectives, y buscar hasta encontrar el tesoro del pirata. Para ello trazamos un plan elaborado en el que se incluían herramientas y bocadillos, algo más de lo segundo que de lo primero, dado nuestro inacabable apetito preadolescente. 

La pandilla la formábamos seis miembros, ni los siete secretos ni los cinco. Un grupo que hoy denominaríamos igualitario, ya que éramos tres chicas y tres chicos.  Baste decir que, como suele pasar, yo estaba prendado (qué palabra tan cursi) de una de las chicas. Se llamaba Laura, y era, para mis ojos, lo más parecido a una diosa, si las diosas tuvieran flequillo y la piel morena como el caramelo. Esa apreciación tan poco adecuada para mi edad provenía de mi absoluta predilección por las lecturas sobre mitología griega... Pero eso es otra historia. Además de Laura, el grupo lo formábamos Isa, Loles, Arturo, Felipe y yo, Dani.

Bueno, pues ese día, que amaneció un tanto nublado y ventoso era el que, según nuestra imaginación infantil, iba a convertirse en el día del descubrimiento del tesoro. Entramos uno por uno en la cueva y empezamos a investigar cualquier recoveco, pequeña grieta o indicio que nos llevara a pensar que  que alguien hubiera enterrado algo. Las horas se nos fueron pasando y solo el vacío de nuestros estómagos nos hizo detener nuestra búsqueda.  Nos sentamos en el suelo rocoso y comenzamos a dar cuenta de la pitanza que nuestras madres nos habían preparado. Finalizados los bocadillos, Laura sacó varias naranjas, que repartió entre todos. Felipe, mi mejor amigo del verano, se puso a intentar a hacer malabares, pero con tan poco acierto que la naranja cayó al suelo y se fue rodando hasta desaparecer por un hueco que habían dejado un montón de piedras, fruto, seguramente, de un desprendimiento sucedido no ha mucho.

Nunca supe que animó a Laura a levantarse y empezar a quitar piedras, pero yo, como impulsado por un resorte, la seguí. Al cabo de un rato eramos los seis los que con grandes esfuerzos logramos ensanchar el agujero, tanto como para que cupiéramos por él. Fuimos pasando uno, por uno. Yo me quedé el último. Cuando salí al otro lado me llevé la sorpresa de mi vida. En el centro de otra cueva, esta un poco más pequeña que la anterior, había una gran caja de madera. ¡El tesoro, el tesoro! Comenzamos todos a gritar...  ¡Habíamos encontrado el tesoro de Simón "El tuerto"! Laura, quizá presa de la emoción del descubrimiento, me estampó un beso en la mejilla.

Pero nuestra alegría duró poco. Solo hasta que nos dimos cuenta de que la caja llevaba el sello de la Casa de la Moneda. Loles, que tenía la memoria de un ordenador y le encantaba ver las noticias en la tele , recordó que hacía dos meses había habido un robo de billetes en la fábrica de moneda en un traslado al Banco Nacional. Por los precintos que llevaba, todo indicaba que era esa.

Salimos rápidamente al exterior y corrimos a casa de Isa, que era la que estaba más cerca de la cueva. Una vez que dimos la voz de alarma, su padre llamó a la Guardia civil, que llevó a cabo el rescate del dinero, varios millones de euros.

Durante un tiempo la fama convivió con nosotros, hasta que poco a poco todo volvió a su cauce. Aunque recuerdo la emoción de aquel momento, no se me ha olvidado, sobre todo, la sensación del primer beso de Laura.

Han pasado los años, y otros veranos. La cueva mantiene el secreto del tesoro del "El tuerto". Los niños siguen, con la misma ilusión de entonces, su búsqueda. Entre ellos los míos, Laura y Daniel, tan aventureros como yo y tan guapos como su madre, que al cabo de los años me sigue pareciendo una diosa, si las diosas llevaran flequillo y tuvieran la piel como el caramelo.




domingo, 4 de agosto de 2019

RELATOS DE VERANO Y MAR I: La sirena

Las costumbres se hacen leyes, y en su caso eso era verdad. Lo que comenzó como una manera de matar el tiempo, había terminado  por convertirse en un hábito. Siempre el mismo recorrido, desde el pueblo al espigón. Allí se sentaba en la escalinata del pequeño faro y durante unos minutos contemplaba la puesta de sol. Todos los días lo mismo, con una exactitud matemática, después de la visita al hospital.

Pero ese día se presentó una variable con la que no contaba. Las escalinatas del faro estaban ocupadas. Un hombre de edad, unos setenta años, se encontraba sentado en ellas, fumando una pipa.  Ella sintió como se alguien le hubiera usurpado su sitio, aunque eso era absurdo, ya que el lugar era público. 

Dió las "buenas tardes", que fueron contestadas con un movimiento de cabeza por parte del hombre. Discretamente, ella se sentó en la esquina opuesta y dejó que su mirada se perdiera en el horizonte...

- ¿Usted también viene a ver  a la sirena?

La voz del hombre la sacó bruscamente de su ensimismamiento. 

- Disculpe, no le he escuchaba... ¿Me decía?
- Que si usted también viene a ver a la sirena.

Ella miró al hombre sin disimular su asombro. Se percató de que iba vestido como un "lobo de mar", incluída una gorra de marinero que había tenido años mejores. Dudó, antes de responderle.

- No, no...Simplemente estoy dando un paseo.
- ¡Ah, ya! Pensé, por el gesto de pena de su rostro, que había llegado hasta aquí para ver a la sirena y pedirle un deseo.

Cada vez ella comprendía menos, aunque era cierto que tenía un hondo pesar.  Seguro que su cara lo traslucía. No obstante no pudo menos que sonreír.

- ¿Una sirena? Pensé que no existían...

El hombre dio una larga chupada a la pipa que tenía en la mano, y después de lanzar una voluta de humo se volvió hacia ella.

- Señora, todo en lo que uno cree, existe. Era yo un grumete cuando me caí de la cubierta del barco en el que faenábamos. Había una niebla que se cortaba con una navaja, y aunque gritaron "hombre al agua", tardaban en encontrarme. La mar estaba helada y yo no llevaba chaleco salvavidas. Lo peor es que, y le parecerá mentira en un marino, no sabía nadar muy bien. Pensé que estaba listo para ser pasto de los peces, y me deje flotar, aunque deseaba con todas mis fuerzas no morir. Pensé en mi madre, pensé en mi novia, en la vida que todavía me quedaba por delante... De repente sentí como si alguien o algo me sujetara, y así me aguantó hasta que las luces del pesquero me iluminaron. Entonces me giré y pude ver unos ojos enormes, sin blanco alrededor de las pupilas, que dominaban un rostro casi humano, de un bello color plateado.  Cuando ya me izaban vislumbré la cola de la sirena que se sumergía. Pensará usted que estoy loco, pero así fue. Desde entonces, cuando he tenido algún grave problema ha venido a mi socorro, acercándose a este espigón. Por eso, al contemplar su tristeza, pensé que venía a buscarla.

"Pobre, hombre - pensó ella-, está como una cabra". Era cierto que se encontraba triste, muy triste. Más que triste, perdida. Ya habían transcurrido dos meses desde el accidente y no había habido cambios. Él seguía en coma. Pero lo que menos necesitaba era que alguien le contara cuentos de sirenas y de imposibles.

- Si tiene esperanza, señora, puede que venga y se lo conceda...  Solo tiene que abrir su corazón- La voz del marinero volvió a interrumpir su pensamiento

Empezaba a irritarla tanta insistencia.  Se levantó para marcharse pero una visión la detuvo. No, no podía ser verdad. A pesar de la distancia creyó ver la cabeza de una mujer que la saludaba con la mano desde el agua.

- Ahí la tiene, señora... Pida ahora su deseo. 

Era una alucinanción, no podía ser de otra manera. "Las sirenas no existen", se dijo, aunque ya no estaba tan segura. Su mente racional se lo gritaba, pero necesitaba tanto tener esperanza que cerró los ojos y pidió lo que más anhelaba.  Cuando los abrió se dió cuenta de que no quedaba ni rastro del pescador, tan solo un ligero aroma a tabaco de pipa.

Tras unos segundos, el sonido del móvil rompió su estupefacción. Con manos temborosa lo extrajo de bolso y contestó. Entonces escuchó las palabras que tanto había soñado: "está consciente"...

El sol llegaba a su ocaso y recortada al contraluz vió un cola plateada que en segundos se perdió entre las olas.


viernes, 31 de agosto de 2018

El pintor de desnudos (Desenlace)


La sala central de la RAE estaba a rebosar de público. Unos minutos antes la llegada de los Reyes había concitado todavía más confusión, pues quienes hacían cola para rendir su último adiós al más famoso escritor del país se arremolinaban todavía a la puerta.
            El pintor de desnudos se identificó ante los agentes de seguridad y pudo pasar sin esperar.  Las arañas de cristal, relucientes como diamantes, fulgían dando un aspecto de escenario de ópera al duelo. El féretro se encontraba en el centro, rodeado de coronas de flores y cubierto con la bandera de España. Sentados en un lado se encontraban los cuatro hijos del escritor junto al resto de familia carnal. Fente a ellos la nueva viuda, vestida de riguroso luto, que en ese momento saludaba a los monarcas.
            El pintor de desnudos sintió posarse una mano en su hombro.
            —¡Ah! Hola, ¿qué tal?—saludo tras la sorpresa a un amigo común, director de una revista de arte y literatura.
            —Bien, bien, y tú, ¿cómo estás? Porque te has comido todo el marrón. Que el accidente ocurriera en tu casa debió de ser terrible.
            El pintor de desnudos hizo acopio de todas sus energías para mostrar una cara compungida.
            —Es cierto, fue terrible. Primero la impotencia de ver que no se pudo hacer nada para reanimarle, a pesar de que los servicios de urgencia llegaron rápidamente. Luego las declaraciones en dependencias policiales, que han sido largas y tediosas…
            —La verdad es que ha sido una gran pérdida. Y total, por un mal tropiezo en una escalera.
            —Había bebido mucho y debió calcular mal el peldaño. Revivo una y otra vez la escena, pero no veo cómo lo podría haber evitado. Tal vez si no le hubiera permitido ingerir tanto alcohol…
            La voz del pintor de desnudo se veló por la emoción, aunque no era la tristeza lo que le embargaba sino el triunfo. Su plan había resultado perfecto. Nadie sospechó que la caída no había sucedido por un paso en falso y la borrachera que, a tenor de la analítica post mortem, fueron los causantes oficiales  de la muerte de su enemigo. Solo él sabía de la existencia de un hilo de nylon tendido de lado a lado, que fue el factor real del “accidente”.
            El pintor de desnudos estrechó  la mano de su amigo.
            —En fin, como tú has dicho, una gran pérdida. Aunque habíamos tenido nuestras más y nuestro menos, siempre le admiré como escritor. Ahora si me disculpas, voy a rendir mis respetos a la familia.
            Con paso firme que disimulaba su nerviosismo, se dirigió hacia el lugar en donde se encontraba la mujer objeto de sus sueños y motivo de su crimen. Estaba sentada, con las piernas muy juntas, y las manos en el  regazo. Su largo pelo ocultaba su rostro, girado hacia el féretro.
            El pintor  de desnudos se situó a su lado y carraspeó un poco. Ella se volvió y levantó su cara, mirándole directamente. En ese instante el tiempo de paró y un aire gélido pareció recorrer la espina dorsal del pintor de desnudos. La luz que había visto brillar en el  fondo de los ojos de la mujer, esa luz que le atraía hacia ella como una polilla a una lámpara, se había apagado. Sus pupilas eran dos lagos de lágrimas y tristeza opacos.
            El pintor de desnudos no supo que decir. Fue la mujer la que se puso en pie y le dio la mano.
            —Muchas gracias por venir, y muchas gracias por atender a mi marido en sus últimos momentos. Me alegra de que no muriera solo. Supongo que te habrán vuelto loco con todas la indagaciones… ¡Qué pena!
            —No me des la gracias—acertó a balbucear el pintor de desnudos—, yo no hice nada…
            —Sí, estuviste con él. Me contó el proyecto de su retrato, e incluso hablamos de que tú también me pintaras a mí… Ya ves, habría sido muy bonito, siempre te he admirado como artista, pero mi nivel adquisitivo hacía imposible que tú pudieras retratarme. En cambio, ahora… Sin él, ya no tiene sentido. ¿Supongo que lo comprendes?—las lágrimas caían a raudales por sus mejillas.
            El escritor, su mayor enemigo, habría consentido que él pintara a su mujer, así, sin más, solo por complacerla. Ahora él había arrebatado inútilmente la vida a esa mirada que le había hecho enloquecer de tal manera como para convertirle en un asesino.
            El pintor de desnudos asintió con la cabeza y, sin decir nada más, salió a la calle. Volvía  a nevar. 

FIN

viernes, 24 de agosto de 2018

El pintor de desnudos (4)

(Continuación del relato. Entrada anterior el 17 de agosto 2018).


Una vez tomada la decisión se sintió mucho más tranquilo. Como si un gran peso que hasta ese momento le aplastaba el pecho se hubiera desvanecido y el sol, que asomaba tímidamente entre unas gruesas y oscuras nubes, brillara en todo su esplendor.

El paso siguiente fue proyectar el cómo, de tal manera que no quedara ni la mínima sospecha de que se hubiera cometido un crimen ni, por supuesto, ser él el criminal.  ¿Contratar un sicario? ¿Provocar un accidente?

Pasó toda la mañana en internet buscando maneras de asesinar. Sí, porque la Red era un pozo sin fondo a la hora de inspirar sobre cualquier cosa, incluso sobre la mejor forma de deshacerse de alguien sin despertar sospecha. Cuando ya desesperaba por no hallar algo factible encontró la solución.

Habiendo resuelto la logística, abordó el paso siguiente: llamar al escritor e invitarle a cenar a su casa. No fue tarea fácil convencerlo. Había pasado mucho tiempo desde su encontronazo en televisión, durante el cual solo se habían cruzado cuatro palabras para insultarse.

El anzuelo fue un supuesto retrato que el pintor de desnudos quería llevar a cabo como homenaje al escritor y como regalo de bodas también. Después de la cena tomaría unos apuntes para llevarlo a cabo.

A pesar del desprecio que el escritor sentía por el pintor de desnudos, tener un retrato salido de su pincel era una gran tentación. Máxime cuando un cuadro con semejante firma se cotizaba a miles de euros en el mercado. Aceptó.

La tarde se pasó volando mientras el pintor de desnudos preparaba el plato favorito para el escritor—al fin y al cabo eso se hacía con los condenados a muerte—, y perfilaba todo lo necesario para el asesinato.

A las nueve en punto el timbre de la puerta anunció la llegada del invitado. Los primeros saludos fueron muy tensos por ambas partes, aunque varias copas de jérez hicieron el milagro de soltar la lengua y la confianza.

—La verdad es que todavía no entiendo muy bien a qué se debe esta invitación. Pero la curiosidad, he de reconocerlo, es uno de mis pocos defectos— apuntó el escritor, cómodamente sentado frente a la chimenea, mientras que el pintor de desnudos daba los últimos toques a la mesa.

—Bueno, creo que hemos dejado pasar mucho tiempo y que nuestra enemistad tenía que llegar a su fin. Al fin y al cabo, tú eres el mejor escritor del país en la actualidad, y yo, dicho con toda la humildad, soy un artista reconocido mundialmente. Creo que debemos enterrar el hacha de guerra. Como testimonio de nuestra paz, me gustaría pintarte.

El escritor se levantó del sillón y sonrío irónicamente.

—Soy el mejor escritor y el que más vende, además. Bueno, veamos qué tal va la cena, y hablamos después.

El pintor de desnudos desplegó todas sus habilidades y rodeó a su invitado de todo aquello que sabía era de su agrado: fiambres, ensaladas, carnes, vinos… Al finalizar la cena, la cara de satisfacción del escritor indicaba que todo iba según lo planeado.

—Me gustaría pasar a mi estudio y llevar a cabo esos apuntes de los que te hablé, para realizar tu retrato.

El escritor pareció dudar unos instantes, pero luego se puso en pie, algo vacilante por el alcohol ingerido, y soltando una carcajada, asintió con la cabeza.

Al vino servido en la cena le siguieron varios vasos de wisky escocés de la marca favorita del escritor, que no dejaba de hablar mientras el pintor de desnudos abocetaba en carboncillo su rostro sobre un papel en blanco. Como fondo musical los Nocturnos de Chopin ayudaban a relajar la atmósfera.

Poco a poco, según avanzaba el dibujo, la voz del escritor fue bajando de tono hasta quedar en silencio. El pintor de desnudos se acercó y puso la mano al pecho para comprobar los latidos del corazón, si es que lo tuviera y no hubiera sido sustituido por una piedra carente de sentimientos.

(CONTINUARÁ)

viernes, 17 de agosto de 2018

El pintor de desnudos (3)

(Continuación del relato. Entrada anterior el 10 de agosto 2018).

—¿Desea tomar algo?—una voz le devolvió a la realidad—. Tiene allí una mesa disponible—. La primera intención del pintor de desnudos fue contestar que no, y que le dejara en paz, pero la cara de pocos amigos que mostraba el camarero le llevó a asentir con la cabeza.

Se sentó, después de coger un periódico (para disimular) que estaba a disposición de los clientes,  y pidió un orujo . La mujer seguía leyendo el libro, que de vez en cuando subrayaba con un lápiz, mientras bebía lo que parecía ser una infusión. El pintor de desnudos pensó que tenía que elaborar una estrategia de aproximación... Pero,  ¿cuál?

El murmullo de las distintas conversaciones convertía la sala en un extraño palomar de atmósfera húmeda, caliente y atosigante. De cuando en vez la puerta se abría permitiendo que un chorro de aire frío renovara un poco la densidad interior.

La mujer levantó la cabeza e hizo una especie de barrido por la sala. Por un instante su mirada se cruzó con la del pintor de desnudos, que sintió como se le paraba el corazón, para volver a latir de una manera acelerada. Entonces, como quien se arranca una tirita de un tirón, tomó la decisión y se puso en pie para dirigirse hacia ella.  Pero justo, cuando apenas le faltaban unos pasos, la mujer se levantó sonriendo y alzó la mano llamando la atención de alguien. El pintor de desnudos giró la cabeza. ¡Maldita sea!, pensó, no podía ser otro.

Porque la persona a quien la mujer se dirigía era uno de sus mayores enemigos, un escritor que había ganado el mayor premio literario nacional, académico de la lengua, y con el que había tenido un sonado encontronazo en una tertulia televisiva. Tras de esta, el pintor de desnudos juró que jamás volvería a dirigirle la palabra.

¿Qué hacer? No podía quedarse de nuevo en medio, so pena de que el personal del café, e incluso los clientes, les tomaran por loco. Pero de ninguna manera se acercaría a semejante escoria, a riesgo de llevarse uno de sus proverbiales desplantes, que eran catalogados como ejemplos de inteligencia por sus admiradores, pero que no dejaban de ser más que la muestra de la acidez que emanaba por los poros.

El escritor y la mujer se saludaron con un intenso y profundo beso en los labios. El pintor de desnudos sintió que la sangre se le helaba en las venas porque recordó una noticia que había tenido la oportunidad de leer unos días atrás: la del matrimonio de su archienemigo con su tercera esposa, que no era otra que la que le había aprisionado con su mirada.

Se dirigió a la barra y pagó la consumición. Salió a la calle donde le recibió la noche. Se arrebujó en el abrigo y emprendió el camino hacia su casa a paso rápido, impelido por el frío y la frustración. El deseo de gritar le atenazaba la garganta, pero se contuvo. La desesperación, él lo sabía, no le llevaría a ninguna parte.

Horas después, en la soledad de su estudio, intentó una y otra vez llevar a cabo un boceto de esos ojos que se le habían incrustado como dos flechas en la mente: vano intento. Toda su maestría se estrellaba contra la realidad. No era la perfección anatómica lo que convertía en inigualable esa mirada, sino el alma de la mujer que solo podría captar frente a frente.

Apenas pudo conciliar el sueño. Se le mezclaban las imágenes de unas pupilas de fuego con los insultos y las risas del escritor.  Clareaba el día cuando despertó empapado en sudor, a pesar de que en la calle la temperatura había descendido más allá de cero grados.

Un rato después, frente a una taza de café bien cargada, una idea fue abriéndose camino en su mente. Al principio su pensamiento la rechazó, pero al cabo de unos minutos, en los que la razón fue dejando paso de nuevo a la pasión, esa idea atroz fue tomando cuerpo. Sí, no había otra solución para llevar a cabo su deseo: el escritor debía morir.

(CONTINUARÁ)


domingo, 29 de julio de 2018

Cita a ciegas

Siempre digo que la relación entre un escritor y  un lector se asemeja a un cita ciegas, en la que ambos están deseando enamorarse a través de un libro.

Muchos de mis compañeros en la literatura dicen no pensar en el lector cuando escriben, es decir, que el factor de la aceptación por el público no les influye a la hora de crear su obra literaria. De otra manera, me dicen, sería imposible escribir lo que en verdad se  quiere.

Sí, no cabe duda que tener en mente como objetivo principal las ventas llevaría a crear solo aquello que sabemos va a ser comercial, restando a la palabra su auténtico fin. Y para eso ya están los best sellers que como churros publican las grandes editoriales, que vienen a ser, al final, el mismo libro con diferente título.

Bien, pues aceptando esta premisa, yo creo que se debe pensar en  el lector no como fin sino como parte complementaria y debe tener su lugar en la vida de todo escritor. Los  libros sin lectores no son más que objetos onanistas para mayor gloria del ego del autor, en los que cercenamos uno de los dos placeres que tiene que suponer la obra literaría: escribir y ser leído.

No hace falta renunciar a nada  por valorar a aquellos que nos llegarán a leer o a los que ya nos leen. No hace falta olvidar que quienes compran nuestros libros están deseando encontrar en ellos las situaciones y los personajes con los disfrutar, las emociones con las que identificarse. Y también se merecen un producto bueno, cuidado, mimado, como recompensa a su confianza..

Últimamente, y más a menudo de lo deseable, veo  y leo textos o poemas de poca calidad, defendidos por sus autores con el simple argumento de que es lo que ellos quieren escribir, lo que les “brota de dentro”. Bien, eso es muy respetable, sin lugar a duda, como lo es también el que el encuentro con los lectores sea un acto fallido, simplemente porque no les gusta.

La literatura es un arte y como tal se compone de técnica y de creación. No vale con dejar flotar a las musas a nuestro alrededor, tenemos que disciplinarlas para que lo que salga de nuestra pluma o de nuestros dedos en el teclado sea de calidad y esas citas a ciegas se conviertan en amores eternos.

domingo, 1 de julio de 2018

Relatos del verano : Valhalla



El humo de la pira ciega sus ojos ya cegados por las lágrimas.
            Intenta  controlar la rabia y la tristeza que la invade, que la recorre la piel, como antaño la recorrieron sus manos.
            En el horizonte una línea de luz indica que se acerca el amanecer de un nuevo día, del día en el que se separará definitivamente de Axel, el fuerte, el valiente, el mejor guerrero. Axel, su amante, su amor, su dueño.
            Ha de morderse la lengua para no gritar de dolor. Al fin y al cabo ella no es la mujer legítima sino una esclava, apresada en una de las numerosas incursiones que el clan había llevado a cabo en su territorio.
Axel era uno de los lugartenientes de Ragnar Lodbrok, el rey, quien había prometido la mano de su hija Sigrid al guerrero muerto.
Ella, de nombre Dalia, como la diosa protectora de su tierra, era, tan solo, una princesa semigaliana, hija de un pueblo valiente que había sufrido el ataque despiadado del `pueblo vikingo. Fue entregada por su padre, el rey, como pago junto con varios tesoros a cambio de no arrasar su territorio.
La primera noche de su cautiverio, en  el drakkar que enfilaba la vuelta a tierras escandinavas, fue llevada a la presencia del soberano vikingo.
La visión de Ragnar era imponente. Casi dos metros de caudillo envuelto en las pieles de lobos y cuyo casco refulgía a la luz de las antorchas. Dalia temblaba de frío y miedo. Sus dientes no podían parar de castañetear.
Entonces uno de los guerreros dio un paso al frente y despojándose de una piel de oso que llevaba en los hombros. cubrió el cuerpo de la joven. Ella levantó los ojos tímidamente, agradecida al recibir el calor, encontrando la mirada azul y franca del hombre.
—¡Bueno, bueno! —exclamó el rey con una carcajada— .Parece que nuestra princesita ha conmovido al valiente Axel.
—Me ha conmovido su  indefensión— contestó el guerrero también con una sonrisa—. Parece un pequeño pájaro que ha caído de un nido antes de saber volar.
Todos los guerreros se unieron a la risa, lo que desconcertó a Dalia, que no entendía el idioma en el que hablaban. Pero dejándose llevar por su intuición se arrimó un poco más a quien había sido tan deferente con ella, tanto que pudo percibir su fuerte olor a azmicle y pieles curtidas.
El rey replicó:
—Mira, Axel, el pajarillo parece haber encontrado un nido. Bueno, pues sea. Tenía la intención de hacerla mi esclava, pero te la regalo como pago a tus buenos servicios. Al fin y al cabo es la hija de un rey y es tan valiosa como el oro.
Un griterío de protesta se elevó de las gargantas de los demás vikingos. Dalia era un presente que no tenía precio, sobre todo para hombres jóvenes deseosos de sexo.
Ragnar levantó una mano y al momento se hizo el silencio.
—¡Es mi deseo y así se hará! Axel, llévatela a mi aposento. Y que los dioses te concedan el gozo, nunca se sabe cuándo será la próxima vez que esquivaremos a la muerte. Pero antes brindemos por nuestras conquistas.
Otra vez el clamor se elevó junto con las copas rebosantes de hidromiel al grito de los guerreros henchidos de orgullo por su triunfo.
Tras el brindis, Dalia se dejó conducir por Axel hasta el camarote del rey. Era una pequeña estancia sin amueblar, más allá de unas pieles tendidas en el suelo. La luz de la luna se filtraba por un pequeño respirador abierto en el casco. El resto de los guerreros dormían juntos en  la bodega del barco.
Axel, con una delicadeza que parecía impropia en un hombre curtido en cruentas batallas, despojó a Dalia de su capa de pieles, quien sintió la fría brisa penetrar por sus ropas. Luego la cogió en sus fuertes brazos y la depositó sobre las pieles del suelo mientras la murmuraba palabras que no entendía pero que sonaban como las olas del mar que rompían contra el barco.
Tumbados ambos, el hombre echó sobre los dos cuerpos, nuevamente, la piel del oso. Bajo ella, Dalia notó como su mano fuerte y callosa subía su vestido y se introducía entre sus piernas. El hombre aceleró la respiración, mientras la joven notaba que su propia excitación iba en aumento. En un momento la agitación de ambos se fundió en una cuando las bocas de ambos se unieron. La mano de Axel ascendió y de un tirón rasgó la túnica de Dalia, dejando los pechos al descubierto, entre los que el hombre enterró su rostro.Dalia abrió las piernas y acercó el poderoso torso del guerrero, indicándole que estaba preparada para ser suya.
Esa fue la primera noche, a la que siguieron otras muchas.
Le dio dos hijos y años de pasión.
Hoy le despide en su camino hacia el más allá guiado por las valquirias, a donde le esperan aquellos guerreros que le precedieron y en donde aguardará la llegada del Ragnarök, la batalla del fin del mundo.
La nave con el cuerpo de Axel se interna en la mar, incendiada por las antorchas, camino de ese último viaje. El resplandor del amanecer se funde con el rojo de las llamas en el primer día del verano..
Esa noche en el salón de los escudos las copas rebosantes de hidromiel se volverán a elevar en memoria del vikingo, que ya habrá llegado al Valhalla,  al seno de Odín.