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miércoles, 10 de enero de 2024

SOLTAR LASTRE

 Hubo una época en la que escribía todos los días en esta bitácora que ya va a cumplir catorce años. Puedo decir que fue la puerta para intentar proyectos de más envergadura, que me han llevado a día de hoy a publicar doce libros, tanto de poesía como de narrativa, además de varias incursiones en la dramaturgia.

Casi todo me provocaba a reflexionar, a pensar, a expresar aquello que sentía, aquello que me emocionaba, y que surgía de muchas circunstancias, alegres unas, y de pérdida otra. Había veces que las palabras me brotaban con gran facilidad, sin apenas buscarlas.

Al cabo del tiempo me doy cuenta de que he perdido esa capacidad de dejarme llevar, de buscar en la escritura aquello que me parecía tan necesario para seguir caminando. Creo que estos tiempos tan llenos de cinismo, de mentiras y de intereses me ha vuelto  una persona mucho más escéptica respecto al género humano.

Siempre he sido una mujer optimista, positiva, y mi mayor impulso vital ha sido trabajar para mejorar la vida de los míos y, también, de esta sociedad en la que me ha tocado vivir. Sin embargo, cada día me voy dando cuenta de que muchos de esos valores que me han sostenido ni se tienen en cuenta ni, por supuesto, se agradecen.

Como tantas personas, sobre todo aquellas que tomamos la decisión de ser emprendedoras, he tenido económicamente momentos mejores y peores, aunque nunca me ha faltado para vivir bien. Por eso, por mero agradecimiento, siempre he pensado que tenía la obligación moral de trabajar por quienes no habían tenido la misma fortuna que yo... 

Pero ahora, a estas alturas de la película, me he dado cuenta de que estaba confundida. La lealtad, la voluntad de mejorar, la valoración del mérito del trabajo bien hecho, no se tiene en cuenta, frente a los intereses de quienes han hecho de su propio ombligo el centro de su interés.

He de desprenderme de este lastre que me sujeta, que me bloquea la imaginación y me impide volver a tener el alma abierta para sentir, para emocionarme... Para volver a encontrar en la palabra el sentido de mi vida.

Y lo haré... Seguro.

domingo, 7 de abril de 2019

De las cosas que escribo aunque no existan

Una de las cosas que a  mí como poeta  más  me cuesta es lo que llamamos "armar un poemario", que no es otra cosa que ordenar de una manera coherente, o por lo menos aproximarse, un libro de poemas antes de ser publicado.

Me ha pasado con este último libro, PAPELERA DE RECICLAJE, que verá la luz después del verano bajo el sello de Ediciones Vitruvio.  Finalmente encontré títulos para tres apartados uno de los cuales dedico a cosas sobre las que escribo aunque no existan.

Si muchas veces dudo de las razones por las que escribo, jamás me cabe ni la más mínima  respecto a que tiene que ser siempre sincero aquello que expreso en mis poemas, en mis novelas o en mis relatos... Aunque no exista. 

Tal vez no sea fácil de entender así, a primera vista, pero yo sé que muchos de mis colegas me sabrán de qué hablo, por lo menos aquellos a los que la vida se les queda a veces estrecha, como a a mí, y sienten la necesidad de expandirse a través de la palabra, de la pintura, de la música. Y entonces inventamos esos otros mundos inexistentes para algunos, pero que palpitan allá donde nosotros viajamos en cuanto podemos.

Nada que imaginemos tiene cercenada su existencia. Muy al contrario, como genios de la lámpara, damos la posibilidad  de una vida cuasi eterna, en donde no hay lados oscuros, o tal vez sí, pero siempre acompañados de emociones.

Por eso el día a día es un prisma de cien caras en donde mirarme, en donde miraros mis queridos lectores, como esa bolas de las discotecas que reflejan miles de haces de luz que a veces nos ciegan, pero como polillas nos atraen a esa luz que todo lo ilumina cuando se cierra un poema, un relato, una novela, donde hemos escrito todo aquello que vive dentro aunque  no exista.

Sed felices.

(c) Foto EME.

domingo, 8 de julio de 2018

Cuando termina la historia llega el final (o por qué no hacerse un Ken Follet )



Muchos escritores señalan lo complicado que es arrancar con una novela, escribir esas primeras líneas que son la llave de la historia y que deben, como un conjuro, encantar al lector para que no abandone el libro a las primeras de cambio. Es el ya tan consabido miedo al folio en blanco. 

En mi caso no es así. No niego que no encuentre alguna dificultad en iniciar una narración, pero casi siempre consigo esas primeras palabras que me permiten comenzar a caminar por la historia que quiero contar. En cambio, creo que lo verdaderamente importante es el final, conseguir que la trama llegue a su meta de una manera coherente, sin que haya ningún conejo sacado de la chistera a última hora, tras  páginas y páginas que engordan el libro pero adelgazan el interés..

Es posible que algunos,  acostumbrados a novelas de setecientas, ochocientas páginas, (lo que viene siendo hacerse un Ken Follet), una que no llega a cuatrocientas les parezca  que no da de sí todo lo que pudiera. Pero no se trata de rellenar folios y folios sino de contar, realmente, lo que se quiere contar. 

No cabe duda de que cada maestrillo tiene su librillo a la hora de planificar la escritura de una nueva obra. Yo nunca hago previamente un esquema y casi siempre es la historia la que me va marcando las etapas; son los personajes los que con sus actuaciones me van indicando cuando llega  al cierre. No olvidemos que una  novela es un universo vivo y que evoluciona a lo largo de las páginas hasta llegar a su final. Aunque os parezca raro, no siempre los autores tenemos absolutamente el control. Tal es así que en  mi nueva novela, El huracán y el destino, que verá la luz el próximo 4 de octubre, uno de esos personajes, cuya catadura moral dejaba mucho que desear, se me volvió bueno para mi sorpresa. Fue así porque era necesario para que ese cierre final quedara redondo.
  
Al fin y al cabo, los escritores también debemos,  esa es mi opinión, dejar algún resquicio por el que quien lo desee pueda entrar a imaginar que podría haber más allá de ese punto y final, que siempre queda en manos del autor.

Sed felices

domingo, 29 de enero de 2017

La rebelión de las musas


No hay nada más temido por un escritor que el llamado bloqueo o síndrome del folio en blanco. Nada peor que la sensación de querer escribir y no poder, pues todo aquello que sale de tus dedos hacia el teclado es pura basura (o por lo menos esa es la sensación).

Decía Thomas Edison que «el genio es un diez por ciento de inspiración y un noventa de transpiración», de ponerse al tajo. Por su parte, el pintor Pablo Picasso afirmaba algo muy parecido: «cuando llegue la inspiración que me encuentre trabajando».

Partiendo de estas dos premisas nacidas del intelecto de estos dos hombres universales- y no seré yo la que les quite ni un ápice de razón-, la cuestión reside en la práctica  y no tanto en la revelación divina que nos alumbre una idea genial. ¡Y quién necesita a las musas!

En toda creación artística, mejor dicho, en todo creador, ya sea pintor, músico o escritor podemos encontrar dos grupos diferenciados, uno mucho más numeroso que otro; y como esta es una sección literaria me ceñiré a esta actividad.

En el primer grupo colocaré a los llamados escritores currantes. Aquellos que se ponen todos los días y escriben, escriben, salga lo que salga, sin importarles, en principio, que sea bueno o malo. Toman notas en un cuadernito o libreta que suelen llevar a todos lados. Y de esas prolíficas siembras recogen abundantes cosechas.
 

En el segundo grupo se encuentran aquellos que no escriben a no ser que tengan una idea para ellos genial. Consideran que aquellos, los que lo hacen mucho e incluso publican, suele ofrecer una obra mediocre, pues para ellos la creación literaria son habas contadas. Las musas son cicateras en su inspiración y solo señalan a los elegidos.


Aún respetando, como no podría ser de otra manera, esta segunda postura, yo abogo por la primera, tal vez porque yo pertenezca a ese grupo. Y para afirmar mi tesis me vais a permitir una tercera cita, esta de un buen amigo mío y mejor poeta Fernando López Guisado: «a escribir se aprende escribiendo».

Sí, mis queridos lectores. Para escribir bien hay que escribir mucho para aprovechar, tal vez, de momento, una pequeña parte. No sabemos cuándo ese párrafo desechado nos servirá de palanca  para un relato o el inicio de una novela.Por eso, aún sin descartar la inspiración, que de vez en cuando se pasea e introduce una idea brillante que nos permite resolver un argumento o iniciar un relato, hay que trabajar todos los días.

Observar, anotar, procesar y escribir son las mejores estrategias para sujetar a esas musas rebeldes que a veces se ponen traviesas y se empeñan en dejarnos el papel en blanco.



Sed felices!

lunes, 19 de diciembre de 2016

"No sé leer"

Volvía  a mi casa el pasado sábado toda contenta e ilusionada. Había estado declamando mis poemas en la inauguración de la exposición  en la galería ARA ARTE (absolutamente recomendable) y había tenido un gran éxito a la vista de los libros vendidos de Momentos de arena y hielo.

Como una no vive en la capital, el uso del transporte público se convierte en una excursión en la que tengo que hacer varios transbordos. En el último de ellos, una mujer joven, que por su acento y aspecto me pareció de etnia gitana y que empujaba un cochecito de niño,  me preguntó qué línea tenía que coger para llegar a una determinada estación. Yo le señalé el directorio, pero ella, con una espléndida sonrisa me contestó: "lo siento, princesa, pero no sé leer".

La casualidad hizo que yo llevara esa misma dirección y así se lo transmití, invitándola a que me acompañara. Durante todo el recorrido su afán por no perderme entre los pasajeros que pululaban por los pasillos era casi angustiosa. Por fin, llegamos a su destinos, el andén contrario al mío, y nos despedimos: "Adiós, princesa, que suerte encontrarla, dios la bendiga", me dijo, manteniendo su sonrisa.

El resto de mi periplo me sirvió para reflexionar sobre el tesoro que sigifica poder leer y escribir. Nos lamentamos de aquellos que no pueden ver físicamente, pero el no ser capaz de interpretar los símbolos que suponen las palabras, sus significados, nos colocan en una auténtica ceguera social.

Dice un refrán castellano que Dios da mocos a quien no tiene pañuelo. Que pena, mis queridos lectores, que no seamos conscientes de nuestra propia fortuna al haber podido acceder a una alfabetización y una educación; qué lástima el poco aprecio que le damos y cuanto lo desperdiciamos por falta de uso.

Por que es eso y no otra cosa lo que nos permite ser independientes y no perdernos por los pasillos infinitos de la ignorancia y de la manipulación. Es, en resumen, lo que nos permite ser libres.

Sed felices.