sábado, 19 de agosto de 2017

Yo sí tuve miedo

Tras el atentado terrorista del pasado 17 de agosto en Barcelona he de confesar de que tuve miedo. Como lo tuve después del de el 11S o el 11M. El miedo es un sistema de defensa natural ante un peligro real, como lo es la amenaza constante de ISIS.

Sentí miedo al ver las imágenes tan terribles, y también horas después sentada con mi familia en una terraza de un concurrido paseo en la localidad costera en la que veraneo, al pensar lo fácil que es matar de esa manera. Sí tuve miedo. Otra cosa es que ese miedo me haga renunciar a mis principios, a mis creencias y a mi manera de vivir.

Desde la incomprensión absoluta hacia quienes son capaces de arrebatar a personas desconocidas, inocentes la vida de esa manera tan inmisericorde, intento encontrar un freno a la visceralidad que desde la tripas me empuja a señalar y medir a todos por el mismo rasero, y vivir con temor.

Porque no nos engañemos. Esto no es un problema de religión, ni de creencias en Alá, Buda o Jesucristo. Es una cuestión que ha de encontrar la solución en la política y en la búsqueda real de las raíces de esa planta malsana que es el integrismo islámico. Desde los tiempos inmemoriales la política ha utilizado la religión como martillo (sin ir más lejos la Inquisición nace con ese propósito) para que en nombre de Dios alejar todo aquello que bajo el tinte de progresía y democracía permita la libertad de los seres humanos. Creer en una recompensa en el Más allá ha justuficado siempre las mayores atrocidades en el Más acá.

Seguramente hará falta más control policial, no lo pongo en duda. Tal vez un sistema en el que se pueda determinar de alguna manera quién alquila cierto tipo de vehículos, quién alquila ciertas viviendas. Quizá ser más conscientes de que no es intolerancia ni tampoco xenofobia poner más el foco en ciertos colectivos que pueden ser germen del terrorismo.
Pero sobre todo valentía para que esta gentuza no cumplan su objetivo, aunque de vez en cuando sintamos miedo.

Mi abrazo fraterno a todas las familias que sufren hoy, a la ciudad de Barcelona y  a todos lo que, como yo, creemos en la justicia y la libertad.

Sed felices.

sábado, 12 de agosto de 2017

Crónica del verano II: el tiempo

No cabe duda de que la previsión del tiempo es un hecho de interés nacional. Baste con echar un vistazo a los bloques que sobre este tema emiten los distintos noticieros en las diferentes cadenas. Algunos, como el de la 1, si lo sigues es posible que te convaliden un master en climatología.

Aprendemos todos los días de situaciones que antes ni nos inquietaban, más allá de saber que en el verano el buen tiempo lo debíamos a esa gran "A" metida en círculo que llamamos anticiclón de las Azores. Así mismo conocíamos que la "B" era, indefectiblemente, lluvia.

Ahora, gracias a esta pedagogía televisiva, que dura casi veinte minutos,  conocemos que lo que antes llamábamos una tormenta de pelotas se llama ciclogénesis expansiva. Sabemos que según los modelos las olas de calor se dan cuando el anticiclón reina sobre la península y un embolsamiento de bajas presiones sobre el norte de África envía aire del desierto.Y cómo ignorar que cuanto más apretadas son las isobaras (líneas) de una borrasaca mayor es su efecto.

Los metereólogos son capaces de prever con bastantes días de antelación el tiempo que va a hacer, aunque en ocasiones sean más o menos exhaustivos según los intereses sobre todo de las zonas hoteleras. Eso no quita que los que somos asiduos de alguna de esas poblaciones no sepamos que indefectiblemente se repiten ciertos fenómenos, como son las tormentas en verano en Levante.

En mi primera novela la protagonista reflexiona acerca de que no ha visto tormentas como las de esta zona, la de Levante, y así es desde siempre. La que vivimos hace unos días no ha tenido nada de extraordinario, a pesar de las noticias tan alarmantes que aparecían una y otra vez. El móvil se me llenó de mensajes de familiares preocupadísimos por si habíamos sido engullidos por el mar, cosa que no ocurrió, a la vista está. Cierto que se anegaron las calles, las alcantarillas no daban de sí (sobre todo por la falta de limpieza) y el mar vomitó gran cantidad de algas, como en tantas ocasiones anteriores (la primera gota fría que recuerdo la viví en Peñíscola con siete años). Nada que no hubiéramos visto antes por la suma de días de ardoroso calor sumado a la entrada de aire frío.

Pero, y eso ya lo he dicho otras veces, somos muy dados a considerar extraordinario aquello que no lo es tanto. Ayer, dos días después de la "tormenta increíble" la playa estaba llena de gente que evitábamos los bloques de algas en nuestro paseo y volvíamos a disfrutar del mar y el sol además de una bajada de temperaturas muy agradable.

Creo que no es mala cosa tirar del refranero y poner al mal tiempo buena cara. Al fin y al cabo, a la lluvia o a las olas del calor les importa un pepino nuestra opinión, por mucha información que nos den machaconamente.


Sed felices.

 (Foto: Paco Márquez)


jueves, 3 de agosto de 2017

Crónica del verano I: Españolidad

Los que me conocen saben que no soy muy de reivindicar mi origen, aunque en absoluto reniego de él, por supuesto. Soy española y me gusta serlo, con todo lo que ello conlleva. Sin embargo no siento esa españolidad ante el extranjero, ni el que viene por turismo, ni el que viene por necesidad...

Bueno, miento, no la sentía hasta hace dos días en que tuve un enfrentamento territorial con una hija de la Gran Bretaña.

El lugar en donde veraneo no tiene, como sucede en otros lugares de Levante, problema de espacio en las playas. Quien conoce Denia sabe que es muy difícil ver tres líneas de sombrillas ni siquiera en agosto. Pues bien, el martes llegamos, como hacemos siempre y colocamos las sillas y la sombrilla. Era temprano, las diez y media más o menos, y apenas había gente.  Después dimos un paseo por la orilla.

Al regresar, cuál será mi sorpresa, tenía una tumbona que más parecía una camilla de fisioterapéuta pegada a nuestras sillas literalmente y rodeada de bolsas, cubitos y palas. Flipé en colores, sobre todo porque a ambos lados había espacio como para correr los cien metros lisos.

En principio pensé en pasar y jorobarme, y así habría sido si no hubiera entrado al trapo la dueña de semejante campamento. Me increpó en inglés y yo la contesté en dicho idioma, en un alarde de vocabulario que ni yo misma me creía capaz. Una pareja de chicas españolas se unieron a mi queja apoyándome con gestos de lo más evidentes.

Tras una serie de tiras y aflojas la susudicha hija de la péfida Albión optó por la retirada, verbal, que no física, después de mentir como una bellaca diciéndome que ella había llegado antes. ¡Lier! la lancé como un escupitajo...

En ese momento si me salió el ardor patrio. Creo que por un momento me hubiera gustado ver surcar la Gran Armada frente a mí. Y os aseguro que estuve a un instante de gritar: ¡Gibraltar español!

Sed felices.