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sábado, 21 de octubre de 2023

El Ghosting o despedirse a la francesa

Vivimos en un mundo rodeado de anglicismos para todo; deporte, empresa, moda... Las relaciones sociales o sentimentales no iban a ser una  excepción.

Esta que os escribe, mis queridos lectores, intenta, en la medida de sus posibilidades, mantenerse al día respecto a las innovaciones en cualquier área, aunque en ocasiones vaya con la lengua fuera y le cueste comprender ciertas cosas.

Uno de estos anglicismos a los que me refiero es el ghosting, que, aunque lo tenemos asociado al nivel romántico y amoroso, el ghosting puede darse en cualquier relación entre dos personas. Puede darse en el trabajo, entre amigos, familiares o en pareja como ya hemos mencionado. 

Como muchos sabemos la palabra inglesa ghost significa fantasma. ¿Quién no recuerda ese hepítome del romanticismo, de la esperanza en el más allá al  ritmo de Melodía encadenada, de la película del mismos nombre? Pero , al contrario que en esa historia, el ghosting, tal y como se conoce en la actualidad, va más en relación con el "si te he visto no me acuerdo".

No cabe duda que las redes sociales han modificado, y mucho, las relaciones personales, y en ocasiones no para bien. En el caso del ghosting la realidad es que resulta muy desagradable para quien lo padece. Si ya es triste romper una relación por Whatsapp o Messenger, lo es mucho más cuando ni tan siquiera hay unas palabras de despedida, solo silencio al otro lado del chat, o lo que es peor, el bloqueo ¿Cobardía?, ¿mala educación? En mi opinión ambas cosas, pero más lo primero que lo segundo (que también).

De todas maneras, mis queridos lectores, no hay nada nuevo bajo el sol. Desde que el mundo es mundo y existen las relaciones personales, esas  actitudes, esos comportamientos se han sufrido, lo que ocurre es que en vez de apelar a un extranjerismo lo llamábamos "despedirse a  la francesa".

Sed felices.

domingo, 19 de abril de 2020

¿Cuánto falta?...

Los que tenemos hijos sabemos que esta pregunta significa la impaciencia que muestran los niños y niñas en los viajes, sobre todo en las vacaciones.
También recuerdo haberlo vivido como hija, sufriendo la pregunta recurrente de mis hermanos, sobre todo de los dos pequeños.  Y escucho el eco de la voz de mi padre diciendo:

- Llegaremos cuando lleguemos.

No cabe duda de que esa pregunta nos rebota una vez y otra en la cabeza a toda la ciudadanía, no se puede remediar. Pero es algo que no está en nuestra mano, ni tan siquiera, creo, que se tiene la certeza entre los que les cabe la responsabilidad de contestarla.

Leo en las redes sociales pronósticos, comparaciones con lo que han hecho otros países, especulaciones sobre cómo será la desescalada. No creo que sea positivo, porque anticipar, para bien o para mal, si luego no responde a nuestras expectativas, lo que nos va a traer es frustración. A día de hoy, conocemos lo que conocemos, y esas son nuestras cartas y hay que jugar con ellas.

El ser humano tiene una capacidad de adaptación, en general, asombrosa. Eso es lo que ha hecho que hayamos evolucionado de la manera en que lo hemos hecho. Hay excepciones, por supuesto, pero no creo que sean la mayoría. Quizá en esta última etapa de la Historia es cuando menos posibilidades hemos tenido de demostrar esa capacidad, porque hemos cifrado nuestra felicidad en elementos materiales en vez de fortalecer nuestro interior.

Vivimos, no cabe duda, un gran drama social, pero antes, durante y después se han vivido, se viven y se vivirán dramas individuales a los que se ha tenido, se tiene y se tendrá que hacer frente. Pero son dramas de puertas para dentro que, en muchos casos, nos pasan desapercibidos. Tal vez, aquellos a los que la vida ha curtido, ahora estamos un poquito mejor preparados para no rendirnos


Es cuando sucede una catástrofe como esta cuando nos damos cuenta de la propia vulnerabilidad, y nos asusta. ¿Cómo no se podía haber evitado? Pues porque la mayor mentira es que se puede tener bajo control nuestra propia existencia. Tal vez, solo tal vez, podamos ir paliando consecuencias a posteriori, pero siempre nos quedará un margen para el error.

No sé cuánto falta para que empecemos a atisbar el final de esta pandemia. Ciertamente que me lo pregunto, cómo no, mis queridos lectores, pero poco. Quizá es porque veo que mis hijos y mis nietos, mis hermanos, mis sobrinos, están bien. No tengo que preocuparme de mis padres, porque ya no los tengo: murieron como han muerto muchos antes, sin ruido, pero no por ello dejaron menos dolor ni menos ausencia en los que aún les queremos. Mientras procuro llenar mis horas con actividades que me ayuden, con relaciones aunque sean virtuales, con escribiros estas palabras que no se si os sirven de algo pero, sin duda, a mí sí.

En fin, dejadme que termine diciendo eso: "llegaremos cuando lleguemos". Y siempre se llega, siempre.

Sed felices, si queréis.


lunes, 10 de octubre de 2016

Yo quiero tener un millón de amigos

Vivimos en una sociedad en la que muchos conceptos se han  transformado, introduciendo en nuestras vidas formas, modos y experiencias que hace veinte años eran impensables.Uno de ellos es el de la amistad.

Las redes sociales no han facilitado el conocimiento de personas que de otra manera no digo que fuera imposible (yo creo que en esta vida pocas cosas hay imposibles), pero sí improbable.

En este momento se pueden tener "amigos" en todas partes del orbe, departiendo con ellos a tiempo real. Y escribo "amigos" entre comillas porque en ocasiones no pasan de ser contactos que de una manera más o menos interesada intercambiamos datos o circunstancias.

Pero en otros casos a esos amigos se les han caído las comillas y se ha terminado por tener una estrecha amistad, en ocasiones sin habernos conocido ni siquiera físicamente o por haber coincidido sólo en un corto tiempo en un espacio común .Curiosamente se descubren una serie de coincidencias y de gustos que hacen de las conversaciones o de las opiniones puntos convergentes y poco a poco el lazo se va estrechando.

Yo puedo decir que cuento con varios buenos amigos de esa índole, quienes, en ocasiones, ante un comentario mío han tenido palabras de felicitación, de solidaridad y de cariño. Conversaciones a través de los chat de varias horas (eso sí salteadas con entradas y salidas, dependiendo de las obligaciones) en las que me he enriquecido personalmente. Por supuesto, no digo caer en la absurda manía de sumar y sumar ( a lo Roberto Carlos) contactos para no hacer ni caso, sino de no despreciar esta manera de conocer a otros sin renunciar, claro, al bar, a la cervecita, al contacto físico.

Pues eso, que a mis amigos de estas redes que nos enredan, a los que me saludan por la mañana y me despiden por la noche, a los que se alegran por mí, decirles que me gusta saber que están ahí, como yo siempre estaré aquí para ellos.

Sed felices.

sábado, 30 de julio de 2016

Amistad enredada

Tras una noche de mucho calor, nada extraño en un Madrid y en el mes de julio, me siento una vez más a escribir una nueva entrada en este blog.

He de reconocer que no lo hago con el entusiasmo de otras veces, quizá porque el poco descansar y el mucho sudar- rezumo lo mismo que un botijo- me hayan deshidratado un tanto las neuronas y, es cierto, me cuesta pensar. Pero no puedo faltar a esta cita con vosotros.

En dos días me marcharé a la playa, al mar que, como siempre digo, me espera año tras año. Allí disfrutaré con mi familia de unos días de asueto e ilusión, corregida y aumentada por la llegada de Martina, mi nueva nieta. Allí espero retomar fuerza e intentar una normalidad que estoy muy, muy lejos de sentir, arrastrada a mi pesar por esta convulsión diaria que me sumerge en la injusticia, en la incoherencia y en el agotamiento.

No son buenos tiempos, lo sé, para quienes intentamos mantenernos a flote junto con nuestros principios e ideales pero, por suerte, nos tenemos los unos a los otros. Vosotros me tenéis a mí y yo os tengo a vosotros en este mundo que construimos a diario donde la palabra, el poema, el arte, la música y los valores intentan sobrevivir a tanta mezquindad y tanta mentira.

Pero, como he dicho muchas veces, ser feliz cuando hay quienes persiguen que no lo seamos, es la mejor forma de rebeldía. Por eso deseo toda la felicidad del mundo, esa que se cose a puntadas nacidas de valorar aquello que tenemos y no lo que creemos que nos falta. Hay mucho de lo que disfrutar con solo mirar y no solo ver, con solo escuchar y no solo oír. Y sobre todo alegrarnos de tener el bien más preciado: la amistad, que nace de aquello que nos une y no de lo que nos separa y que mantenemos a través del teclado en este curioso mundo de las redes sociales.

Por eso deseo con todo mi corazón encontraros a todos a mi vuelta para volver a enredarnos. Os abrazo.






domingo, 18 de enero de 2015

Pelos en la lengua: opinar no es insultar.

El pasado viernes 16 de enero tuve el honor de participar en una charla coloquio en el Ateneo de Madrid, cuyo tema central giraba en torno al Blog. Como es de suponer, Mi vida en tacones, esta bitácora que pronto cumplirá cinco años, tuvo un protagonismo especial.

Fueron varios los aspectos tratados por mis excelentes compañeros, Enrique Armendáriz y Patricia Pérez, a los que me sumé, intentando dar una visión de lo que supone este medio para mí, en particular, y el uso de las redes sociales en general.

Hoy, mis queridos lectores, me gustaría trer a este artículo un tema en concreto que señalé en la conferencia,  y que me tiene un tanto preocupada, a riesgo de que algunos puedan tachar de mogigata. Me refiero a la grosería en el lenguaje que, en ocasiones, se utiliza como si fuera el remedio para que nuestra opinión tenga más fuerza en las redes sociales.

Palabras no solo malsonantes, sino también soeces, trufan algunos comentarios o post con expresiones que, estoy segura, no serían de igual modo usadas si nuestro interlocutor estuviera delante. Hilos de conversaciones que se enredan y acaban en insultos personales, mentando a la madre o tildando de dudosa la honradez, ideología, etc, a aquel que se le ocurrió colgarlo olvidando que opinar no es insultar.

Creo que no somos conscientes de que las mismas normas que aplicamos en la vida real deben de funcionar en las redes, y que la educación y las buenas maneras no se pierden porque nos ocultemos tras un teclado. Claro que el utilizar un nombre falso o no poner tu rostro en la fotografía del perfil facilita mucho las cosas y permite dar rienda suelta a lo que creo no son más que frustraciones, ira mal canalizada y falta de criterio.

Ante este panorma he resuelto cortar por lo sano: desactivar y, en caso extremo, eliminar o bloquear a aquellos que, bajo mi opinión, me resultan tan repugnantes como los pelos en la lengua.
¡Zas!


Sed felices.