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lunes, 6 de abril de 2020

Cuando se abran las puertas

Cuando se abran las puertas y  las ventanas no sean nuestro lugar de encuentro, la primavera ya será la dueña de parques y jadines. El campo, seguramente, me mostrará las flores silvestres en todo su esplendor. Quizá, ese día, el sol luzca con fuerza para dar la bienvenida, sonrisa que la naturaleza nos brindará a los ermitaños de la pandemia.

Cuando se abran las puertas y ya nuestras casas no sean ese mundo estrecho pero aceptado, sabiendo que nuestro sacrificio no era tal, sino solo un parentésis de vida en la nuestra, pero una esperanza en la de otros, cuando se abran las puertas, digo, solo quiero apretar las manos de los míos, aunque estén cubiertas con guantes, no me importa, porque el cariño traspasa las fronteras. Y si no puedo abrazar a mis niños, no me importa, pero veré sus sonrisas más allá de la pantalla de las mascarillas.



Ya nada será igual cuando se abran las puertas. Seremos un país dividido en dos. La unidad, cosida con hilvanes, no durará cuando todo se acabe. Entonces es cuando tendremos que ser fuertes y defender lo nuestro, nuestros valores, la democracia, la justicia y el honor de aquellos que han estado desde el primer día frente a esta catástrofe cruel e inesperada.

Con mi alma tocada, con el cansancio propio de quien se ve, a veces, como el corredor de fondo cuando ya atisbe la meta, con la tristeza de saber que no hay manera de acabar con esas dos Españas endémicas. Aún con todo ello, cuando se abran las puertas, miraré el horizonte y encaminaré hacia él mis pasos para seguir luchando por lo que siempre me ha mantenido en pie: mis valores y mi familia.

Hasta entonces, seguirán las ventanas siendo nuestro lugar de cita a las ocho de la tarde, nuestras casas el mundo cotidiano que nos espera al abrir los ojos, y las sonrisas seguirán brillando al otro lado de las pantallas....Hasta entonces.

Cuidaos mucho.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Esta vida mía en tacones.

Todavía con el cuerpo "esponjoso" por unos días de relax en tierras portuguesas, me siento de nuevo al ordenador para escribiros la que será la última entrada de 2018. No quiero hacer ningún balance, porque, seguramente no sería justa. Las vivencias, excepto las grandes pérdidas , son tan buenas y tan malas como queramos que sean.

Lo que he de confesar es que ha sido un año lleno de altibajos, de sensaciones de esas que te poducen ascensos al cielo y bajadas bruscas al suelo. También han sido doce meses llenos de actividades que, aunque gusten, no dejan de ser trabajo.Por delante otros 365 días que son una incógnita, porque aunque ya tenga en la agenda compromisos que me llevan ya  a marzo, sabemos que no hay nada concreto hasta que sucede, y eso produce un poco de vértigo.

Ya sabéis que he dicho una y mil veces que me gustan estas Fiestas, excepto esta que se nos viene encima. No sé por qué, pero me cuesta mucho vivirla con ilusión, quizá porque nunca me ha parecido una diversión sincera, sino llevada por el convencionalismo de que hay que pasar de una año a otro durmiendo poco y bebiendo mucho.

Pero este año tienen un punto irresistible: estaré con mis dos niñas y con mis hijos. Por la clásica alternancia de pasar unas noches con unos y con otros, creo que esta es la primera en años que coincidimos. También lo haré con mis hermanos y mis sobrinos... En total nos juntaremos dieciocho miembros... No está mal.

Imagino que vosotros, mis queridos lectores, también estaréis rodeados de familia y amigos, y por tanto de cariño. Pues a ese unid el mío, junto con mis mejores deseos para 2019. Yo pido, entre otros personales,  poder seguir con vosotros aquí, compartiendo esta vida mía en tacones un año más.


Besos y abrazos.

martes, 26 de diciembre de 2017

La luz que no cesa

Aquí me tenéis de nuevo, mis queridos lectores, superviviente a la primera fiesta, la de la Navidad, y frente a mi ventana, contemplando como el sol se abre paso tras la niebla, del mismo modo que mis pensamientos intentan hacerlo en esa maraña de cansancio y somnolencia que me invade tras el tremendo ajetreo de estos dos días.

Estoy contenta, se cumplieron mis deseos de estar bien, de no caer en la telaraña gris de la tristeza. Claro que en ello tuvieron que ver, y mucho, los miembros de mi familia. Siempre, desde que tengo memoria, la familia ha sido para mí un importante puntal, con sus luces y con sus sombras, pero es esa base sólida en la que me he apoyado, y me apoyo para seguir caminando.

Esa reflexión me vino a la cabeza la noche del 24. Éramos dieciocho a la mesa. La más pequeña Martina, con su añito recien nacido. Faltaban, sí, mis padres, a los que siempre añoro, pero era tan bello contemplar a mis hijos, a mis sobrinos, a mis nietas... En un momento sentí que el corazón se me henchía de orgullo, de amor, casi hasta reventar. Era tan hermoso ver sus caras, sus sonrisas, su luz. No sé lo que hubiera sido de mí sin ellos. Cuando me he sentido flaquear, allí estaban. Cuando era tan feliz, allí estaban... Mi familia.

Hoy, día de San Esteban, es un buen momento para dar las gracias por tener y dar la mayor de las riquezas : el amor incondicional y generoso de quienes no piden y  entregan.Deseo con todas mis fuerzas que nunca me falte, que nunca cese esa luz que me guía y me acompaña.


Sed felices

domingo, 3 de diciembre de 2017

Dejarme llevar

Casi con el penúltimo mes del año he cerrado el mío propio. Poco a poco los proyectos, los eventos, las presentaciones, las actuaciones han ido deslizándose hacia ese lugar donde ya reposa lo cumplido.

Y aunque soy mujer que no gusta de regodearse en lo que no me aporta, no puedo por menos que reconocer que estoy cansada y que lo que me apetece es dejarme llevar por este tiempo y sus circunstancias.

Ya he dicho en muchas ocasiones que me gusta la Navidad. Desde pequeña siempre la he vivido como algo alegre, divertido, lleno de color, reuniones familiares y alegría. La familia para nosotros siempre ha sido muy importante, así me lo enseñaron, y en estas fiestas nos reuníamos pero de corazón, sin esas discusiones que tantas chanzas genera. También así se lo enseñé a mis hijos, y ahora ellos a mis nietas.  Por eso me refugio en estas fechas y me recuesto en ellas. A la vuelta del puente adornaremos la casa, y pensaremos en los menús, y en los regalos que unos a otros nos haremos, aunque este año me falte uno.

Mientras, me daré tiempo para encontrar de nuevo esos apoyos que me ayudarán, seguro, a seguir caminando, y entre los que estáis vosotros, mis queridos lectores. Esta vez cederé a la tentación de no resistir, de ser como esas hojas que ahora veo desde la ventana y que, mansamente, vuelan para posarse sobre la calle. Necesito dejarme llevar más allá de los pensamientos tozudos, dejarme llevar más allá de los deberes asumidos, dejarme llevar...Llevar...

Sed felices.

lunes, 23 de enero de 2017

Una extraña semana

Ayer concluí una de las semanas más extrañas de mi vida, que por otra parte demuestra que los seres humanos somos capaces de afrontar toda clase de situaciones "manteniendo el tipo".

El martes pasado murío mi tía, la última ascendiente que quedaba de la familia de mi padre.Ahora las matriarcas somos mi prima Erika y yo. Y no es asunto baladí. Ya estamos arriba de la escalera.

Mi familia se ha caracterizado siempre por que sus mujeres han sido y son ejemplos de de vivir la vida, amar a los suyos y defender su independencia. Mi tía así fue, aunque la vida le dió uno de los palos más grandes: perder a su hija apenas pasados los cincuenta.

En los últimos tiempos hablábamos poco, pero ambas sabíamos que nos queríamos mucho. Esta prisa vital que te hace ocuparte de lo urgente, pero no de lo importante nos distanció físicamente, aunque nunca en nuestro pensamiento.La última vez que hablé con ella fue la víspera de Reyes. Nos reímos como siempre-tenía un gran sentido del humor, virtud común de la familia-, y es esa conversación la que ha quedado en mí; también su risa.

Finalicé la semana en Valladolid, en la presentación de un libro que hemos publicado en Ondina. En mí pervivía todo el tiempo esa sensación de pérdida importante, pero cuando estuve a punto de dejarme llevar pensé en que mi tía siempre había alabado en mí esa capacidad de sobreponerme a las circunstancias. Y una vez más, y esta vez por ella, lo hice.

Sed felices.

domingo, 5 de junio de 2016

También era domingo como hoy

También era domingo como hoy, papa. Hace ya cinco años. Y sin embargo parece que hace solo un instante que solté tu mano para siempre. O tal vez hasta que nos encontremos de nuevo, no lo sé. En estas cosas el deseo se impone a la razón.

Han pasado muchas cosas durante este tiempo. Los nietos te han crecido y son magníficos. Y alguna nueva tienes, otra niña, Miriam, con  lo que a ti te gustan las niñas. Es preciosa.

Yo voy a volver a ser abuela. Esta vez de David, el "chinejo" como tú le llamas. Tiene una pareja maravillosa, Raquel (fíjate que nombre tan bonito, que también te encanta). Me voy haciendo muy mayor yo también papá, ya dos veces abuela.

Mamá sigue como es ella, feliz, en su mundo que su mente transtornada ha fabricado, en el que tú sigues estando aquí, y vas y vienes. Realmente, es la que se ha negado ha pensar que te has ido y la que hace que permanezcas siempre presente. Mis hermanos y yo, con nuestras cosas, seguimos juntos, queriéndonos y respetándonos como nos enseñaste.

Hoy luce el sol, papá, como hace cinco años. Y estoy escribiendo en mi blog, porque, dicen, soy escritora. Sí, de las que escriben novelas y hace poemas, y publican libros. ¡Fíjate! Seguro que ahora sonríes pensando cuál es la siguiente barrera que voy a saltar. Bueno, ya sabes que en eso nos parecemos. No podemos dejar que los días pasen por delante sin hacer ni deshacer.


En fin, solo unas palabras para decirte, aunque no hace falta, lo sé, que te sigo queriendo, que no hay día en que no te  recuerde y que voy avanzando como tú me enseñaste: viviendo.

Como hace cinco años, con tu mano en mi mano, te doy un beso y te digo "que todo está bien", papá, descansa tranquilo.

Sed felices.