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domingo, 18 de febrero de 2018

Trapecista sin red

Hay días, como hoy, que no surge la inspiración, que no vienen las ideas (no es la primera vez ni, supongo, será la última), a pesar de que no quiero faltar a mi cita dominical con vosotros, mis queridos lectores. Aunque es una sensación, esta de no encontrar la tecla para poderos ofreceros un entrada amena, que diga algo interesante, algo fustrante, lo voy a intentar, y si no tengo éxito, supongo que me podréis excusar.

Y no es porque no tenga nada que contar, sino, quizá, por todo lo contrario. Desde primero de año, como una de esas avalanchas que ahora se deslizan con el deshielo, todos los proyectos que de una manera u otra he ido pergeñando se han ido abriendo paso, poniendo a prueba mi capacidad de trabajo, que ha sido siempre bastante amplia, pero que ahora corre riesgo de verse desbordada.

La verdad, y lo tengo que reconocer, a veces siento un poco de vértigo. He dicho en muchas ocasiones, y hasta tengo un poema sobre ello, que me siento como una trapecista a la que se la pide una y otra vez el triple salto sin red.

No reniego de lo que soy y de adónde he llegado, en absoluto. Me siento orgullosa, aunque con toda la humildad que debo a mis errores, de haber conseguido en mi vida casi todos los objetivos que me he propuesto, por mí misma, y sin aprovecharme de causas ajenas. También agradezco, como no podía ser menos, todas las manos tendidas, las miradas agradecidas, los aplausos a mi labor. Y lo hago, igualmente, desde la humildad.

Pero en ocasiones, como la de hoy, cuando no encuentro esa inspiración a veces tan esquiva, cuando los días pesan, tengo la tentación de refugiarme no sé en dónde, buscar un rincón en el que pueda pisar tierra firme, sin preocuparme por tener que subir una vez y otra a ese trapecio desde donde volar, y desde donde, también, alguno espera que falle y me estrelle contra el suelo.


Sed felices.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Dejarme llevar

Casi con el penúltimo mes del año he cerrado el mío propio. Poco a poco los proyectos, los eventos, las presentaciones, las actuaciones han ido deslizándose hacia ese lugar donde ya reposa lo cumplido.

Y aunque soy mujer que no gusta de regodearse en lo que no me aporta, no puedo por menos que reconocer que estoy cansada y que lo que me apetece es dejarme llevar por este tiempo y sus circunstancias.

Ya he dicho en muchas ocasiones que me gusta la Navidad. Desde pequeña siempre la he vivido como algo alegre, divertido, lleno de color, reuniones familiares y alegría. La familia para nosotros siempre ha sido muy importante, así me lo enseñaron, y en estas fiestas nos reuníamos pero de corazón, sin esas discusiones que tantas chanzas genera. También así se lo enseñé a mis hijos, y ahora ellos a mis nietas.  Por eso me refugio en estas fechas y me recuesto en ellas. A la vuelta del puente adornaremos la casa, y pensaremos en los menús, y en los regalos que unos a otros nos haremos, aunque este año me falte uno.

Mientras, me daré tiempo para encontrar de nuevo esos apoyos que me ayudarán, seguro, a seguir caminando, y entre los que estáis vosotros, mis queridos lectores. Esta vez cederé a la tentación de no resistir, de ser como esas hojas que ahora veo desde la ventana y que, mansamente, vuelan para posarse sobre la calle. Necesito dejarme llevar más allá de los pensamientos tozudos, dejarme llevar más allá de los deberes asumidos, dejarme llevar...Llevar...

Sed felices.

domingo, 19 de junio de 2016

Cansada

Empiezo a sentirme muy cansada. Cansada de debatir, de discutir, de justificarme, de intentar comprender. Cansada de que sea tan difícil hacer entender que no se puede ir  quedándose siempre en medio, estorbando, sin entrar ni salir. Cansada de no comprender por qué se prefiere que elijan por nosotros a nosotros decidir. Cansada de que el trabajo de años se cae como un castillo de naipes por el soplo oportunista de quienes oyen pero no escuchan. Cansada, en resumidas cuentas, de sentir que una mentira vale más que mil verdades.

Miro a mi alrededor y en ocasiones el mundo se me aparece como algo que no tiene ningún sentido. Valores que para mí han sido fundamentales se van desvaneciendo en palabras gruesas, teorías kafkianas y dogmas tan insólitos que el de virginidad de María aparece como asumible.

En serio, mis queridos lectores, empiezo a sentirme muy cansada de reconstruir a diario la fortaleza de mis propias convicciones, de seguir creyendo que el bien de todos es mi propio bien, cansada de no caer en la tentación de tirar la toalla de mi esfuerzo en colaborar en la mejora de lo que me rodea. Cansada de rechazar una y otra vez la tentación de retirarme para siempre a mis cuarteles de invierno y vivir egoístamente mi propia vida.

Pero sé que, por que siempre ha sido así, después de un tiempo en el que lameré mis heridas de decepción y rabia en silencio volveré a esta carrera de fondo que siempre ha sido mi vida, entre realidades e ideales, y buscaré otra causa y otra meta. Solo así me siento viva.


Sed  felices.