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sábado, 3 de febrero de 2024

Son mis principios, y no tengo otros


Decía Larra que escribir en España era llorar. En estos momentos no solo escribir, sino defender unos principios que nos hace humanos, defender la verdad que nos permite convivir, defender la empatía con el  otro, en ocasiones hace que, aunque sea de una manera simbólica, se te salten las lágrimas.

En el fondo subyace la pérdida de valores tales como la solidaridad, la igualdad y la justicia, nublados bajo el lema de “ande yo caliente y ríase la gente”. El caldo de cultivo de la falta de formación, de la ignorancia democrática, de la educación para la ciudadanía comporta que cuando llega el momento de acudir a las urnas el resultado sea el que ahora vemos. Aferrados a un pensamiento único, que es el mismo cántico de la selección de fútbol: “soy español, español, español…”, que empuja a otro hacia el abismo de la inutilidad y la descalificación, en una época, no me cansaré de decirlo, queridos lectores, en unos momentos en los que más necesitamos la unidad.


Quiero ser optimista y pensar que de esta triste experiencia podremos encontrar una solución que frene, de una vez por todas, esta ola que lame las playas de los derechos sociales, que podemos perder si no somos capaces los progresistas de hacer una barrera democrática y obligar a quienes quieren acabar con el estado social a moderarse.


La democracia es como un diamante, dura y frágil  al mismo tiempo. Un arma que en buenas manos es capaz de hacer progresar a los pueblos, pero que también permite que en su nombre  o que desde su tribuna se insulte y se lancen falsedades, o que se falte al honor en conciliábulos callejeros, aunque  no se debiera consentir, ni siquiera en aras de la tan traída y lleva libertad de expresión.


Ahora, más que nunca necesitamos que la sociedad civil tome protagonismo, siendo el caldo de cultivo de donde han de emerger de nuevo los valores del consenso y del pacto social. Dejar al albur de los que suceda cada cuatro años conlleva un alto riesgo, véase el ejemplo de lo que está sucediendo, sobre todo en torno a los colectivos vulnerables.

Nunca fue más difícil que ahora ser fieles a esos valores y principios, pero si no los defendemos nosotros, los que creemos en ellos como camino de vida,  ¿quién queda?

Sed  felices.

lunes, 6 de abril de 2020

Cuando se abran las puertas

Cuando se abran las puertas y  las ventanas no sean nuestro lugar de encuentro, la primavera ya será la dueña de parques y jadines. El campo, seguramente, me mostrará las flores silvestres en todo su esplendor. Quizá, ese día, el sol luzca con fuerza para dar la bienvenida, sonrisa que la naturaleza nos brindará a los ermitaños de la pandemia.

Cuando se abran las puertas y ya nuestras casas no sean ese mundo estrecho pero aceptado, sabiendo que nuestro sacrificio no era tal, sino solo un parentésis de vida en la nuestra, pero una esperanza en la de otros, cuando se abran las puertas, digo, solo quiero apretar las manos de los míos, aunque estén cubiertas con guantes, no me importa, porque el cariño traspasa las fronteras. Y si no puedo abrazar a mis niños, no me importa, pero veré sus sonrisas más allá de la pantalla de las mascarillas.



Ya nada será igual cuando se abran las puertas. Seremos un país dividido en dos. La unidad, cosida con hilvanes, no durará cuando todo se acabe. Entonces es cuando tendremos que ser fuertes y defender lo nuestro, nuestros valores, la democracia, la justicia y el honor de aquellos que han estado desde el primer día frente a esta catástrofe cruel e inesperada.

Con mi alma tocada, con el cansancio propio de quien se ve, a veces, como el corredor de fondo cuando ya atisbe la meta, con la tristeza de saber que no hay manera de acabar con esas dos Españas endémicas. Aún con todo ello, cuando se abran las puertas, miraré el horizonte y encaminaré hacia él mis pasos para seguir luchando por lo que siempre me ha mantenido en pie: mis valores y mi familia.

Hasta entonces, seguirán las ventanas siendo nuestro lugar de cita a las ocho de la tarde, nuestras casas el mundo cotidiano que nos espera al abrir los ojos, y las sonrisas seguirán brillando al otro lado de las pantallas....Hasta entonces.

Cuidaos mucho.

lunes, 13 de enero de 2020

¿Hacia dónde nos llevan?


¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Estas son las preguntas básicas  a las que siempre se aluden cuando se habla de nuestra propia existencia como seres humanos. Preguntas que pueden ser retóricas, o, también, intentar ser contestadas. 

El mundo ha sufrido durante estos últimos cincuenta años una transformación substancial. Cincuenta años en que los cambios sociales han sido importantes, transcendentales en muchos casos,  y que, en los últimos tiempos estamos viendo peligrar. Por eso la pregunta del millón es esa segunda con la que encabezo este artículo: ¿hacia dónde vamos?, o mejor dicho, ¿hacia dónde nos llevan? 

Porque tengo la sensación en ocasiones de que nos vemos imbuidos en una corriente contra la que intentamos nadar pero que cada vez se está haciendo más y más fuerte. La felicidad vive  en el consumo, en tener, en comprar, en no cuestionarnos nada más que conseguir lo que nos ofrecen los cantos de sirena de aquellos a los que no les interesa que no nos paremos a pensar ni un minuto.
Recorremos la parrilla televisiva y la mayoría de los programas son de los llamados de “entretenimiento”, pero con una falta de rigor, de ingenio y de inteligencia que a una se le abren las carnes. Ya, ya sé que pervive alguno, en el que hay que mostrar una cierta cultura, pero que poco o nada hace por mejorar el resto. Qué sociedad se puede llamar progresista tolerando programas en los que el tema central es tan zafio y grosero, en donde la figura de las mujeres es denostada, y la inteligencia brilla por su ausencia.

Pero si nos paramos en aquellos cuyo tema central es la política aún es peor. La calaña de los tertulianos afines al conservadurismo más casposos provoca no solo rechazo, sino, en ocasiones, nauseas. No dan el mínimo respiro. El insulto, la mentira, y lo tendencioso se adueñan de estos espacios al servicio de los que al final ostentan el poder que debería ser soberano del pueblo. Y lo peor es que esta manera de actuar ha saltado desde los sillones de los platós a los escaños del Congreso. El espectáculo que hemos podido ver en el debate de investidura por parte de Vox, PP y Ciudadanos ha sido de pesadilla.

Sé, mis queridos lectores y lectoras, que no es la primera vez, ni la segunda, ni la tercera que señalo la inmensa pobreza cultural que esta sociedad está sembrando por doquier, consentida por quienes saben que una ciudadanía que no se cuestione, es una sociedad que se manipula mejor. Así van floreciendo medios de “desinformación” fundamentados en la mentira, los “fakes” y los bulos, aceptados por quienes ya están domesticados, y asumen lo que venga de ellos como si fuera una verdad incuestionable.

Pero abramos una ventana a la esperanza. Miremos hacia atrás, y veamos el camino recorrido, ese del que provenimos  y que ha forjado nuestros valores sociales y culturales más profundos y de progreso; busquemos a quienes los comparten y sigamos, seguros de hacia dónde vamos, sin dejarnos llevar, que ya lo dijo el maestro Machado: se hace camino al andar.