lunes, 9 de agosto de 2021

Poema dedicado junto al mar

 

Todo el que me conoce sabe de mi pasión por el mar. Él y yo nos encontramos por primera ve z cuando apenas había cumplido los cinco años. En la orilla de la playa de la Barceloneta, contaba mi madre, me qudé extasiada contemplando esa inmensidad viva, ronroneante, cuya espuma acariciaba mis pies. Fué un amor a primera vista.

Después siempre he vuelto a él, y ha sido mi inspiración para muchos poemas que ahora pueblan mis tres libros de poesía. El que ahora os dejo es del primero, Momentos de arena y hielo (2015) , en el que el mar es testigo del amor.

 

 


 

 

 

Poema dedicado 

Quiero hacerte un poema. 

Un poema que hable de ti, de mí. 

Y de ese mar que nos observa,

que nos mide a veces pacífico,

a veces bronco,

que lame nuestros paseos

cuando vamos cogidos de la mano

 por su orilla, y viste de plata y poesía

nuestros besos en el atardecer.

Quiero hacer un poema

 y leerlo contigo junto al mar. 

 

 

 

 

(c) Todos los derechos reservados

 

 


domingo, 25 de julio de 2021

Reflexiones sobre poesía

 Dice una entrañable poeta, de gran experiencia, que en la actualidad  hay demasiados escritores de poemas pero poca poesía. Tal vez tenga razón, las redes sociales nos han permitido abrir al mundo la creación, lo que es bueno, pero con muy pocos filtros, lo que es malo.

En fin, permitidme, mis queridos lectores que os deje alguna reflexión sobre la poesía, mejor dicho, ocurrencia, porque surgen a bote pronto como un relámpago.


  La voz del alma habla el lenguaje de la poesía. Por eso no hay nada que entender en un poema, sólo sentir.

 

Ser poeta es mirar el mundo desde un punto de vista en el que la sensibilidad ha educado los ojos.

 

El poeta traduce la abstracción de la belleza a la realidad de la palabra.

 
Todo poema tiene eco: las emociones que provoca sin que importe la intención del poeta.

 

No existen poemas malos: si son malos no son poemas.

·          
Dentro de muchos existe un poeta: solo unos pocos desnudan el alma para mostrarlo.

 

Tal vez la poesía existe para poder acariciar en la distancia.

 

La poesía está en todas partes, en lo mínimo y en lo inmenso. Solo hay que sentirlo.

 Un poema se transforma a los ojos de cada lector: mantiene las palabras pero varía su significado.

Y de pronto, alguien, suavemente, como la brisa, se mete por un rincón tu alma como si fuera un poema, y lo llamamos amor.

 

 

(c) Fotografía Elena Muñoz


domingo, 18 de julio de 2021

En blanco y negro

 Es curioso como muchos de los recuerdos de nuestros episodios vitales son en blanco y negro. Para las nuevas generaciones esto es impensable porque los suyos no es que sean en color , sino en movimiento.

Hoy, 18 de julio, fecha ominosa en nuestra Historia patria por el levantamiento de los insurrectos franquistas, responde en mi historia familiar a la fecha de mi bautizo, inmediatamente previa a mi traslado al pueblo de Covaleda, en la provincia de Soria.

Como muchos de vosotros sabéis, mis queridos lectores, yo soy nacida en el barrio madrileño de Chamberí, uno de los más castizos, y fui bautizada en la iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel. Entonces a los bebés nos bautizaban bastante pronto, no sé si por miedo a la mortandad infantil. Esto conllevaba que las madres se encontraban en el periodo postparto denominado de  cuarentena, y no era costumbre, o así por lo menos me lo contaron, que acudieran al bautizo. Pero la mía, que nunca se caracterizó por demasiado arrojo ni transgresión, en eso se plantó y estuvo conmigo (véase la foto).

Me vais a permitir que deje un testimonio de ese día que, a pesar de ser fecha non grata, si me hace recordara a tantos que ya se fueron. Un recuerdo en blanco y negro que tras tantos años transforma ese pequeño bulto entre mantillas que era yo en la mujer que os escribe. Un recuerdo en blanco y negro que evoca los colores del cariño y de la añoranza de quienes ese día, ese 18 de julio de 1959, veinte años después de terminar la Guerra Civil, se reunieron en la esperanza de celebrar una nueva vida, independientemente del sacramento a imprimir.

Mi abuelo Tomás, que fue mi padrino, mi abuela María Teresa mi madrina, tíos, primos, e incluso vecinos que seran considerados familia igual acudieron ese día. Rostros y nombres en esos inicios de mi vida que me ha traído hasta aquí.

Sed felices.

domingo, 11 de julio de 2021

Momentos

 Hoy, mis queridos lectores, os escribo desde mi adorada Denia,  mi tercera patria (las otras son Madrid, donde nací,  y Rivas, en donde soy).

Vuelvo de mi paseo matinal, aprovechando que todavía  no hace demasiado calor. Me encanta pasear por el interior, por la zona de huertas y naranjos, como si pudiera recorrer los paisajes de una novela de Blasco Ibáñez. Son momentos en los que en soledad me encuentro agusto, porque me encuentro conmigo misma, más allá de lo cotidiano, de lo mísero, de lo convencional, y dejo que mi pensamiento vuele, más allá de las cumbres del Montgó, hacia el mar...

Nos empeñamos en medir la existencia en fracciones horarias, o días de la semana, meses o años, y, sin embargo, yo hace tiempo que lo mido en momentos que forman esos pespuntes con los que he ido cosiendo mi vida. A estas alturas son ya muchos los que se  acumulan, unos relacionados con mi infancia, otros apenas nacidos, pero todos esos momentos han hecho que sea la que soy, con mis virtudes (pocas) y mis defectos ( a veces demasiados).

Aquí, junto al mar,, entre naranjos esos momentos adquieren la grandeza de lo que me apasiona: abrir los ojos y encontrarte con la belleza del horizonte en el que se ierguen, soberbias, las palmeras, o la puesta del sol en un estruendoso silencio, y, naturalmente, el mar, siempre. 

Esta tarde regresaré tierra adentro, a la ancha Castilla, de campos amarillos recién segados, del sol impenitente de verano. Volveré a la ciudad, cambiando la arena por asfalto, pero me llevo conmigo estos momentos en soledad, en la mañana recién nacida, en la que mis pensamientos se convierten en gaviotas, en bruma, para ascender y tocar el cielo luminoso del Mediterráneo...

Sed felices.

(c) Foto de la autora

sábado, 3 de julio de 2021

Esqueletos en los armarios

 Ha pasado casi un mes desde mi última entrada en este blog. Es curioso que cada vez voy espaciando más la escritura en este medio que durante más de 11 años ha sido una señal de mi vida personal y literaria. Sin embargo, poco a poco, me  voy dando cuenta de que , a pesar de las cuestiones que me suceden son muchas, lo que me rodea se me está convirtiendo en algo poco inspirador de una manera postiva.

Supongo que la pandemia me está ya pasando factura, aunque ya veamos un poco el final. Es algo habitual en mí mantenerme en las situaciones difíciles y cuando estas van pasando empezar a notar el cansancio cuando va bajando el estrés. Eso es concretamente: estoy muy cansada...

Dicen los ingleses que cada uno tenemos un armario lleno de esqueletos, en referencia a esa parte que ocultamos al mundo, a los secretos que guarda nuestro corazón. En mi caso son pocos, mi vida ha sido y es transparente (o casi), pero sí hay una parte de mí, sobre todo la de las emociones, que a veces me cuesta compartir.

Me enseñaron a no rendirme ante las dificultades y, sobre todo, a no mostrar signos de debilidad; me enseñaron a levantarme cada vez que me caía, sin pedir ayuda, solo por mi fuerza de voluntad. me enseñaron a que nadie tiene el derecho a no ser libre.

Pero no me dijeron que hubiera quien no tuviera reparos en ser débil, porque sacaría la fuerza de mí; no me dijeron que habría quien se apoyaría en mí para levantarse, aunque yo estuviera en el suelo; no me  dijeron que por mi libertad tendría que pagar con la incomprensión. No, no me lo dijeron, y cuando lo he descubierto ya es tarde...

Es verano, la estación del asueto y la diversión, sin duda la más esperada. En mi caso un tiempo más para seguir pensando hasta cuando dejaré esos esqueletos en el armario que  sin ser míos empiezan a no caber. Quizá es tiempo de cambio, y de no callar...

Sed felices.

sábado, 5 de junio de 2021

Lo que de verdad importa

 Con los años te das cuenta de que van siendo muy pocas las cosas que de verdad importan. Además, esas cosas, generalmente, no son grandes ni importantes, y muchas veces forman parte de lo cotidiano: escuchar los mirlos en la mañana, saborear un café, ver una nueva flor que ha brotado, sentir que todo va a salir bien, dar los buenos días con un beso o perder la mirada en un atardecer... Contemplar, en resumen la vida. Porque en el proceso en el que nos encontramos, tras un año largo de pandemia, si no hemos aprendido que ante esta situación los grandes proyectos, la pompa y el fuste poco valen, es que nos merecemos la extinción. 

Cuando era niña me apasionaban las grandes aventuras épicas. Era una auténtica apasionada de la mitología griega y, sobre todo, adoraba la Odisea. Me fascinaba leer las aventuras de Ulises, su astucia con Polifemo, su tenacidad para volver a Ítaca. Ahora pienso que muchos nos sentims protagonistas de ese periplo, aunque, paradójicamente sin ir más allá de nuestro domicilio, o de nuestro municipio. Pero es que la Historia, la auténtica, esta protagonizada por héroes anónimos que hiciron los que tenían que hacer y se enfrentaron a sus temores y salieron victoriosos. Creo que hay un Ulises en cada uno de nosotros que decidimos hacer lo que debíamos.

Desprecio a esos héroes y heroínas de pacotilla (preciosa palabra) ya no de papel couché sino de redes sociales, que se hacen un hueco en el imaginario popular sin tener ningún mérito, distrayendo y convirtiendo en falsedad aquello que forma parte de nosotros. Contemplos a los incapaces de escuchar el canto de los pájaros porque sus oídos están taponados con auriculares, sin ver las flores que nacen porque no levantan la cabeza del móvil, sin saber que la vida pasa, y pasa muchas veces de nosotros, harta de darnos oportunidades reales para vivir y nosotros hemos decidido disfrutar de las virtuales.

En fin, quizá quedemos como avis raris unos pocos residuales a los que lo que de verdad nos importe esas pequeñas cosas, puntadas que van cosiendo la existencia , y que como yo, aprovechen una mañana de domingo para contarlo.

Sed felices.


domingo, 23 de mayo de 2021

¿Qué queréis que os diga?

 Hay días que no es que se vea la botella medio llena o medio vacía, sino que, ni siquiera, se encuentra la botella. 

Me creo una mujer de mente abierta, que intenta comprender las situaciones, las actuaciones de las personas, pero últimamente me pesan muchas cosas. Siempre he defendido, sobre todo, la lealtad y la coherencia. La lealtad, porque me parece imprescndible para mantener unas relaciones, ya sean sentimentales o laborales, sinceras, sin fisuras, en las que el diálogo y la puesta común ayuden a mantener el equilibrio. La coherencia muestra que nuestras acciones están acordes con aquello que pensamos, con aquello que decimos.

Sin embargo cada día me encuentro más situaciones en las que veo la carencia de esos dos valores, de esos dos principios, sustituidos por la mentira y la más absoluta incoherencia. Supongo que será cosa de la edad, que hace que con los años, aunque la vista se canse y las piernas también, la mente se agudiza y se instala una especie de radar para ver lo absurdo de muchas situaciones.

Debo deciros, mis queridos lectores, que tengo la fortuna, según me dicen, de tener una apariencia más juvenil de los años que tengo: es posible. Sin embargo, en mi interior, hay días que siento como si un montón de años se me vinieran encima, sin misericordia ninguna. Entonces un cansancio enorme me invade, se me hace un nudo en la garganta y las lágrimas acuden a mis ojos.

¿Qué queréis que os diga? Nunca la vida es lo que una imagina a los veinte años. Ese es uno de sus encantos. Quienes tenemos la mente inquieta y nos gusta la aventura no tememos andar, de vez en cuando, en la cuerda floja. Pero lo que ahora vivimos me parece a veces un pandemonium,  un seismo que ha corrido tierras y ha sacado a luz viejos fósiles, que, como en Jurasic park, han recreado con su ADN viejos monstruos que creíamos extintos. 

Mi querido suegro, un hombre de bondad machadiana, me decía siempre que lo fácil que sería vivir sin meterse con nadie, vivir dejando vivir. Eso es lo que realmente es la esencia de la vida, y, sin embargo, cada vez parece más imposible.

Al cortoplacismo de la recompensa aquí y ahora, a la incapacidad del esfuerzo, a la incomprensión de reconocer a los semejantes, se une al agotamiento de esta pandemia que, demos gracias, parece que va camino de su fin. Y, ante esto, ¿qué queréis que os diga?

Mientras, sigo buscando la botella, esa que antes siempre antes veía medio llena y que, creo, se han bebido otros.