domingo, 4 de octubre de 2020

Tenerse en pie

 Cuesta bastante más tenerse en pie que dejarse caer, mucho más. Un acto de voluntad que precisa de mirar más allá de acá, de lo más cercano, para pensar en que somos capaces de vislumbrar la línea del horizonte.

Hoy es otoño, aunque el verdor aún no se ha perdido. La capota gris de las nubes cierra mi visión desde la ventana, que se convierte en ese ojo que me permite pulsar lo que me rodea. Y me siento a escribiros, mis queridos lectores, aunque con el sentimiento de haber perdido la magia, la ilusión o el entusiasmo que me ha llevado otras veces al teclado.

Los días se hacen una cuesta arriba, en la que cargamos el saco de piedras de la incomprensión de lo que nos rodea, de lo que nos sucede. Hay veces que me siento como una hormiga que reconstruye una y mil veces el hormiguero que una y mil veces pisotean sin misericordia.

Cuesta bastante más mantenerse en pie que dejarse caer, mucho más. De hecho, a diario, nos encontramos con quienes se rinden, o mejor se entregan como prisioneros, pensando que es mejor aliarse con el diablo que presentar batalla.

Amanezco cada día con el deseo de que aparten la copa de los problemas, de las injusticias, de la insolidaridad, llena de agua amarga a veces y, otras, salada como las lágrimas. Y sin embargo, cada día, me vuelvo a pertrechar con la voluntad,  en la seguridad de que si me dejo caer, si no me tengo en pie, tal vez yo consiga descansar, pero traicionaré lo que siempre han sido mis valores,  a los que me quieren y me han traído hasta aquí.

Mientras escribo un rayo de sol se abre paso y se refleja en los cristales. Todo, de repente se hace luz, casi  la de una revelación que me dijera que quienes hemos nacido para mantenernos en pie no sabemos caer más que una vez, la última y definitiva, para siempre.

Porque, aunque cuesta más que caer, me mantengo en pie. Y  sé que estáis ahí, firmes, acompañandome en este sendero que, aunque no deseado, caminamos juntos. 

Sed felices.


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