sábado, 9 de enero de 2016

Siempre quise ser Alicia



 Recupero este artículo que ya fue publicado en su día en la revista cutural El Ballet de las palabras, con ocasión de la conmemoración de la publicación de la obra de Lewis Carrol.

Siempre quise ser Alicia.  Desde el primer instante en el que leí el cuento de esa niña que, cayendo por el hueco de un árbol, llegó a un país absurdo pero maravilloso.
Me parecía que de todos los cuentos e historias infantiles que alcanzaban mis manos la que tenía más posibilidades de ser verdad era esa. De hecho, recuerdo que me dedicaba  a menudo a asomarme cualquier hueco que encontraba en los árboles por si era la puerta a ese mundo plagado de personajes que me fascinaban.
Cuando fui creciendo, siguió en mí ese anhelo. Como en otros, que se niegan a crecer asemejándose a Peter Pan, yo sufro el síndrome de los mundos paralelos. Esos que existen en el país de las Maravillas y , sobre todo, a través del espejo.
Tal vez ese sentido de la fantasía como vehículo para comprender la realidad me ha hecho ver el personaje de Alicia como mi alter ego desde muy temprana edad.
Sé, como no saberlo, que lo descrito en la novela no deja de ser la fantasía de un escritor dedicada a una niña aburrida ante una lección de Historia en un día de verano, . No obstante me fascina la capacidad de encontrar esa salida hacia  otra dimensión  para entender quizá mejor lo que queda aquí.
Me gustaba , cuando  era una niña que vivía en el centro de una gran urbe, más o menos de la edad de nuestra protagonista, que Alicia no fuera una  princesa que, después de muchos avatares, encontrará el amor en brazos de un príncipe azul y cumpliera así su destino. Me agradaba porque era una niña llevada por su curiosidad, como yo lo era,  envuelta en una gran aventura, la que yo anhelaba.
Tal vez ese sea todo el resumen de quienes, ya adultos, buscamos en la  fantasía y la imaginación la salida para este mundo cotidiano que nos harta y agobia igual que una bochornosa tarde de verano. No buscamos príncipes azules ni finales felices, sino contar y vivir aquello que nos enciende la antorcha de la pasión.
Sí, siempre quise  ser Alicia . Me gusta pensar una secuela en la que la pequeña niña se hace mujer sin perder esa capacidad de imaginar,  sin doblegarse al terrible mandato de que madurar significa encadenarnos al suelo de la realidad. Me gusta pensar que Alicia decidió un día escribir historias, como yo, que ayudaran a otros a comprender que no hay nada de absurdo en gatos que sonríen como medias lunas, huevos que hablan, o reinas de corazones que, presas de un furor tiránico, se dedican a descabezar naipes. Lo  incomprensible es levantarnos cada amanecer con el horizonte a la altura de las narices, el conformismo a la altura del corazón y el cansancio como traje habitual.
Sigo buscando al conejo blanco todos los días. Lo busco a través de las palabras. Lo busco a través de las historias que encuentro en ese otro mundo que invento y reinvento y al que voy y vengo. 
Para terminar solo un pequeño fragmento que creo es el meollo de todo lo que he intentado expresar. Hablan Alicia y el Gato de Cheshire.
-         (…) Pero yo no quiero mezclarme con locos- recalcó Alicia.
-         ¡Estupendo!, pero eso resulta inevitable- repuso el Gato-, aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
-         ¿Cómo está tan seguro de que yo estoy loca?- dijo Alicia.
-         Tienes que estarlo- repuso el Gato- o no habrías venido hasta aquí.
Yo como el gato de Cheshire asumí hace tiempo mi propia locura: no sé otra manera de mantenerme cuerda. 
 Y sigo queriendo ser Alicia.

Sed felices.





3 comentarios:

  1. La cordura de unos es la locura de otros. Lo importante es ser feliz con uno mismo. Saludos y felicidades por el blog.

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  2. La cordura de unos es la locura de otros. Lo importante es ser feliz con uno mismo. Saludos y felicidades por el blog.

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