lunes, 5 de mayo de 2014

Café con el Diablo


Ayer tomé café con el Diablo. Una cita previa a cerrar la venta de mi alma. No me sorprendió que lo tomara solo y sin leche y azúcar. Imagino que cuanto más negro mejor.

Lo que sí me llamó la atención fue su aspecto. Nada de macho cabrío, ni murciélago gigante. Una apariencia bastante normalita. Bien vestido y atildado como un notario o un juez.

Me leyó el contrato que, según me dijo Satanás, era estándar para alguien como yo.

- ¿Alguien como yo? ¿A qué se refiere?

- Pues, sinceramente, que te acepto el alma por la fuerza de la costumbre y por mantener la marca de la casa. Pero es de chichinabo al lado de todas las que nos entran habitualmente: políticos, juristas, periodista, actores... Y por razones de alta alcurnia y de fuste: vencer en  las elecciones, ser elegido para el Tribunal supremo, ganar un Óscar, ser tertuliano de moda... Aunque, espera... ¿De dónde me dijiste que eras?

- Español, Su maldad...- contesté con timidez.

Entonces, incomprensiblemente, el Diablo se puso en pie, se bebió de un trago el café y moviendo la cabeza me dijo:

- Lo siento mucho, pero no puedo aceptar tu alma a sabiendas de que es imposible el trueque.

Y envuelto en un humo de azufre desapareció. Suspiré resignado. Se me acababa de cerrar la última puerta para encontrar un empleo.

lunes, 28 de abril de 2014

Rozaduras y piedras de molino.

Llevo varios días, más de los que yo hubiera querido, sin escribir en esta bitácora. Pero el devenir de los acontecimientos, sobre todo durante la última semana dedicada a los libros, y en la que he llevado a cabo varias actividades, me ha impedido tener el tiempo suficiente para acercarme y poner unas líneas.
Con este propósito me he sentado al ordenador esta mañana y casi tenía el tema señalado cuando un incidente ha hecho que me desconcentrara y por tanto me viera la necesidad de cambiar el argumento de mi post.
Un intercambio de opiniones con una persona cercana me ha hecho ver que, tristemente, se abren brechas de incomprensión entre aquellos con los que, anteriormente, hubo una sintonía y que son, con el paso del tiempo, más difíciles de cerrar cada día.
Siempre digo, porque además creo que es sano ese autonálisis, que no soy una persona fácil. No porque no sea capaz de empatizar con la gente, que lo soy y mucho (modestia aparte) sino porque soy absolutantemente intransigente con la injusticia y, sobre todo, con quien me hace comulgar con ruedas de molino. Puedo volverme incluso bastante desagradable y con cierto afán de venganza (que nunca llevo a cabo porque me da bastante pereza y además me parece infantil).
A pesar de lo que parezco por mi caracter fuerte y un tanto dominante, soy comprensiva con los errores  ajenos y suelo dar más de una oportunidad para corregirlos (perdono con facilidad), hasta que definitivamente se rompe la cuerda y, entonces, ya no hay vuelta atrás.
Mi padre, al que he mencionado varias veces y que era un hombre muy sabio, siempre me decía que buscara el lado bueno de las personas y que no juzgara, pero que tenía todo el derecho a apartarlas de mi vida si no me compensaba.
Con  algunas ya lo he hecho y con otras deberé, quizá, de planteármelo en serio. Me están resultando como esos zapatos que te gustan mucho pero que te rozan por todos los lados.Y me temo que  se me están acabando las tiritas.

Sed felices.

viernes, 18 de abril de 2014

García Márquez y el chico sonriente

Reconozco que la primera vez que intenté leer Cien años de soledad no pude. Debía andar por  los quince o dieciséis años y se me atrangantó. No era capaz de hilar  la historia y abandoné, algo insual en mí, pues me costaba mucho apartar los libros sin terminar. García Márquez quedó relegado a la estantantería de autores puestos a enfriar.

Pasaron varios años, cinco o seis, y coincidí en clase, en la Universidad, con un chico bastante atractivo que lucía una esplendida sonrisa que me cautivó. Empezamos a"tontear"- éramos del mismo barrio, Moratalaz-, y una cosa llevó a la otra y la compañía se hizo más asidua.

Un día, tomando una cerveza surgió el tema de García Márquez y de mi frustración con Cien años de soledad. El muchacho, Paco era su nombre, se extrañó, pues para él el escritor colombiano era uno de sus autores preferidos.

- Yo que tú empezaba por alguna de sus novelas cortas- me aconsejó- Si no las tienes te las dejo.

Y me prestó Crónica de una muerte anunciada, a la que siguió Ojos de perro azul y Los funerales de la mamá grande. Me fascinaron.

Entonces volví a coger Cien años de soledad y descubrí ese mundo mágico, asombroso, de Macondo y de los Buendía, que a punto estuvo de quedar ignoto para mi.

A pesar de los años pasados, siempre que ha surgido en una conversación sobre García Márquez he recordado, agradecida, el consejo de Paco, el chico de la espléndida sonrisa, con el que me casé- y sigo casada-. En nuestras estanterías, a lo largo de más de treinta años,  han ido creciendo los libros del maravilloso Gabo, junto con nuestra admiración por su grandeza y sabiduría.

Descanse en paz.

Sed felices.

lunes, 14 de abril de 2014

Hambre

En España se pasa hambre. Muchos niños españoles no comen lo suficiente. Ni más ni menos que uno de cada cuatro, un veinticinco por ciento.
Años atrás, cuando hablábamos de hambre infantil las imágenes que acudían a nuestros ojos eran las de los países del tercer mundo: Biafra, Etiopía, Somalia... Ellos siguen igual, siguen sufriendo la injusticia de una sociedad injusta, pero esa sociedad, como una mancha de cieno, ha pringado las hasta ahora sociedades del primer mundo.
En España, repito, se pasa hambre. Lo dicen las ONG's, pero lo niega el gobierno, que se agarra como una sanguijuela a unos datos macroeconómicos que no consuelan a nadie, porque no sirven al día a día, no valen para poner un vaso de leche y unas galletas en la mesa del desayuno de tantas familias que ven impotentes como la falta de trabajo o el exiguo sueldo, si es que han conseguido empleo, les impide abastecer la despensa con lo más imprescindible.
Maestros, médicos, voluntarios nos alertan de la  penosa situación por la transitan muchos de nuestros conciudadanos, mientras que el presidente de la nación, sin vergüenza ni responsabilidad ninguna, habla de finales del túnel y de que somos un ejemplo de cómo salir de la crisis.
No sé que siento más, si rabia o asco. Rabia por  la falta de humanidad de esas élites feudales que día día nos van sometiendo, castigando, a una vida que se asemeja cada vez más a la esclavitud. Asco por la hipocresía, la mentira, la poca vergüenza de quienes en vez de estar al servicio de los ciudadanos chupan de ellos como garrapatas gordas y relucientes, llenas de egoismo e insolidaridad.
Mientras, como en el cuento, miramos atrás y encontramos todavía quienes están peor. Seres humanos que se dejan la piel y la carne en muros de sangre para alcanzar un sueño que para muchos es una pesadilla.
En estos días de procesiones y actos religiosos, en donde veremos por enésima vez películas contándonos la vida de Jesús, no estaría de más recordar sus palabras:

Porque tuve hambre y me diste de comer....

Sed felices

martes, 8 de abril de 2014

Autoestima a medida.

No hay traje que peor ajuste a ciertas personas que la autoestima.

A unos les queda estrecho, como la chaquetilla de Charlot y lo mismo de raída. Les aprieta y angustia y les hace parecer pequeños a los ojos de los demas, o tal vez solo a los suyos, que hay  para todos. Los que la portan tienden a compararse a todas horas e, indefectiblemente, salen siempre mal parados, porque no se dan cuenta que una cosa es admirar a alguien y tomar sus virtudes y valores como bienes apreciables y otra cosa es ser igual al ser admirado, lo que solamente se podría tras un bebedizo de clonación, con la pertinente pérdida de identidad y la desaparición de uno mismo. No hay nada que les importe más que la opinión ajena.

En  el otro lado tenemos  a aquellos que lucen la autoestima subida en tacones, con una capa flotantede gasa y encajes, a veces demasiado recargada de lazos y puntillas. Esta autoestima suele evitar las opiniones de los demás porque no le hacen falta: ellos solos se bastan, aunque no tengan abuela, que para eso tienen espejos. No siempre triunfan en su empeño, pero cuando esto sucede la culpa siempre, siempre es de los demás. El pueblo, en su sabiduría, ha acuñado una expresión para designarlos: ir sobraos.

En fin, que como dije al comienzo de este post no es fácil que en la  medida de la
autoestima ni falte ni sobre, sino que se adapte a aquello que se le demanda: apreciarnos lo suficiente como para poder vivir satisfechos de nosotros mismos y de quienes nos acompañan.

Sed felices.

domingo, 30 de marzo de 2014

A des-hora

Hoy todo lo hago a des-hora.

Me acosté ya en ese estado, intentando encontrar el desenlace mejor para mi segunda novela. La situaciones danzaban en mi cabeza, dándose con los codos para situarse en un lugar coherente que rematara una trama de amor y misterio, encabezada por  mi querida Marta Nogales.

Me dormí a des-hora, pues para relajarme leí un rato antes de apagar la luz y, por tanto, me he levantado a des-hora, llegando por los pelos al ecuador de este día al que se le ha arrebatado sesenta minutos. Y, como no podía ser de otra manera, escribo esta entrada también a des-hora, pues suelo ser más matutina.

No es que me preocupe mucho, pues al fin y al cabo, el tiempo es subjetivo y además elástico, pero  la sensación de ir un paso por atrás me va acompañando a lo largo de la jornada. Serán mis biorritmos, que no entienden de husos horarios ni de ahorro enérgetico, indecisos por no saber a qué lado del meridiano de Greenwich quedarse.

En fin, todavía me queda una tarde ajetreada y persiste en mi ese afán de llegar a cerrar de manera gloriosa la historia que he desarrollado a lo largo de más de doscientos folios.

Mañana todo volverá a su horario y su rutina, eso sí, con un poco más de sueño.

Sed felices.

lunes, 24 de marzo de 2014

De juicios póstumos y olvidos históricos: A.S

"España es un país solidario en la desgracia", le escuché en una entrevista al cantante Miguel Bosé.

Nada más cierto. Baste contemplar todo el despliegue de panegíricos que se han desarrollado a raíz de la muerte del ex-presidente del gobierno Adolfo Suárez. Todos son parabienes y alabanzas, incluso de aquellos que contemplaron sus "Idus de marzo".

También hay excepciones. Hay a quien no le ha faltado tiempo para sacar los espantajos de su origen franquista y de su pasado de camisa azul, -como si recién fallecido Franco, en la clase política pudiera haber habido alternativas-, junto con otros, que por su edad ni siquiera habían nacido o eran unos niños de chupete cuando el fallecido expresidente accedió al gobierno, por lo que no pueden ver el alcance de la figura política. Iincluso algún indignado que no llega a los cuarenta años le niega radicalmente el pan y la sal- he visto varios por las redes-, y hace un recorrido demoledor  por todos los presidentes de gobierno de la reciente Historia, equiparando a Suárez, González y Aznar. ¡Total nada!

Cuando yo estudiaba en la facultad  de Historia, nos decían que había acontecimientos que no se podían juzgar porque les faltaba perspectiva histórica. Por ejemplo, en los años setenta y ochenta costaba meterle el diente, todavía, a la Guerra civil sin que se levantaran ampollas de un lado y de otro. Ahora queremos analizar la Transición y desde muchos coros se bocea que no fue oro lo que relucía. Claro que no. No se pasa de una Dictadura a una democracia sin que haya aspectos que nos son del todo positivos. Pero no cabe duda, y yo lo sé en primera persona, que en España se abrió un camino que hasta entonces no existía.

No quiero, ahora, tener más tela de juicio que la memoria de una adolescente que pudo votar la Constitución porque una ley, auspiciada por Adolfo Suárez, me permitió hacerlo con dieciocho años; que vió como legalizó el PCE, del que habían sido miembros familiares míos;  que vió al ex-presidente aguantar con la diginidad que a muchos políticos actuales les faltan y ,sin moverse del escaño, el ataque más virulento a la incipiente democracia española el 23 de febrero de 1981.Creo, y es mi opinión, que más allá de la visceralidad o de la falta de perspectiva, Suárez fue un hombre honesto.

Me hubiera gustado algún reconocimiento en vida para este importante estadista, aunque su mente ya estaba lejos, en esas brumas de Avalon en el que Alzheimer envuelve a sus elegidos. La vida  no fue generoso con él: le arrebató a su esposa, a su hija y por último la conciencia de su propio ser.


La Historia, así con mayúscula, le juzgará a su tiempo, aunque muchos ya le están juzgando cuando es noticia. Mientras, como último homenaje de una ciudadana agradecida, le dejo en esta página mi respeto.

Sed felices.