Las historias de amor no tienen finales felices. Ni siquiera aquellas en las que comen perdices - supongo que por la rima no comen besugo- , pues nunca nos contaron que era realmente lo qué ocurría detrás de ese punto final, de ese colorín colorado.
Nos dicen que sí, que se amaron para siempre, como si la eternidad fuera virtud del ser humano. Equivocación, nadie ama eternamente, ni siquiera por un mes, ni por un día... Amamos en el intervalo en que sentimos esa necesidad de amar que, si con suerte coincide con el mismo tiempo y espacio del ser amado, se convierte en ese eterno para siempre con fecha de caducidad.

Y luego pasa el tiempo y el amor se va diluyendo en cada hoja del calendario. Ah, dicen, pero queda el cariño . Pobre consuelo. Creo que el cariño es al amor lo que las zapatillas de estar en casa a los tacones: cómodo, confortable y sobre todo que no te produce desazón , pero sin nada de glamour, ni por supuesto sex-appeal.
Por eso las historias de amor no pueden tener finales felices, porque, o se truncan mientras uno de los dos ama -por la muerte o el desamor-, o acabamos buscando las zapatillas del cariño aunque solo sea por la costumbre.
Sed felices, hoy una hora más.