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domingo, 6 de septiembre de 2026

La burla del señor diputado. (Aylan tenía tres años)

Foto Aylan Kurdi refugiado 

 

Hay imágenes que deberían avergonzarnos. No porque sean nuevas. Precisamente porque ya las hemos visto demasiadas veces.

Esta semana he vuelto a ver la imagen de Aylan Kurdi. Aquel niño sirio de tres años cuyo cuerpo apareció tendido en una playa en 2015, después de que la embarcación en la que viajaba con su familia naufragara mientras huían de la guerra. Durante unos días, aquella fotografía nos sacudió. El mundo pareció detenerse ante el cuerpo diminuto de un niño vestido con una camiseta roja.

Aylan tenía tres años. Solo tres. Su muerte se convirtió en el símbolo de una tragedia que entonces llamábamos «crisis de los refugiados». Como si las palabras pudieran hacer más soportable lo insoportable. Como si detrás de aquella expresión no hubiera miles de personas huyendo de las bombas, del hambre, de la persecución, de la muerte.

Han pasado once años. Y esta semana, en el Congreso de los Diputados, Patxi López hablaba de Aylan.Rafael Hernando se reía. Después hizo el gesto de llorar, como una caricatura, como una burla. Su partido calla.

He visto las imágenes varias veces y todavía me cuesta creerlas. No sé qué puede llevar a un ser humano a reírse cuando otro habla de un niño muerto. No sé qué mecanismo interior permite convertir la muerte de un pequeño que jamás conoceremos en un motivo de sarcasmo. No sé en qué momento dejamos de mirar a las víctimas como personas para convertirlas en argumentos, estadísticas, amenazas o enemigos.

Pero quizá esa sea precisamente la cuestión. Porque Aylan no era un argumento. Era un niño. Tenía un nombre. Tenía unos padres. Probablemente tenía miedo. Probablemente lloró. Probablemente alguien lo abrazó muchas veces antes de aquella última travesía. Probablemente había alguien que le prometió que al otro lado del mar estarían a salvo.Murió.

Como mueren tantos otros niños cuyos nombres ni siquiera llegamos a conocer. Por eso no me interesa demasiado discutir si Rafael Hernando quiso burlarse exactamente de Aylan, de Patxi López o de cualquier otra cosa. Hay gestos que, una vez hechos, hablan por sí mismos.

Aquel gesto habla de algo mucho más profundo que de la falta de educación de un diputado. Habla de la deshumanización. De esa peligrosa capacidad que tenemos para mirar el sufrimiento ajeno y conseguir que deje de afectarnos. Para pensar que unas vidas valen menos que otras. Para indignarnos ante la muerte de los nuestros y encogernos de hombros ante la muerte de los demás.

Primero dejamos de ver personas. Después dejamos de ver niños. Y finalmente dejamos de ver seres humanos. Solo vemos «migrantes». «Extranjeros». «Los que vienen». «Los otros».

Quizá por eso la fotografía de Aylan sigue siendo tan insoportable. Porque durante unos segundos no vemos a un migrante. No vemos a un refugiado. No vemos una cifra. Vemos a un niño pequeño, con sus zapatos puestos, tumbado boca abajo en una playa.

Eso debería bastar. Debería bastar para que nadie pudiera reírse. Debería bastar para que cualquier Parlamento, cualquier Gobierno y cualquier sociedad entendiera que hay cosas que están por encima de nuestras diferencias políticas. La muerte de un niño es una de ellas.

Podemos discutir sobre fronteras. Sobre inmigración. Sobre políticas de acogida. Sobre seguridad. Sobre recursos. Sobre leyes. Podemos discrepar profundamente. Pero hay una línea que no deberíamos cruzar nunca. La línea que separa la discusión política de la pérdida de humanidad. Porque cuando alguien se ríe ante la muerte de un niño, el problema ya no es solamente esa persona.

El problema es qué clase de sociedad estamos construyendo si somos capaces de acostumbrarnos a verlo. Aylan murió en 2015. Quizá lo verdaderamente terrible es que, once años después, seguimos necesitando recordar que era un niño.

 FOTO ACNUR