Recuerdo el momento en el que llegamos a la Luna en es mes de julio de 1969. Y recuerdo la emoción de mi padre, un hombre que adoraba la ciencia y el arte. Yo no sé si entonces alcancé a medir el alcance de lo que había ocurrido, pero a lo largo de los años ese recuerdo de infancia me ha emocionado.
Soy una terrestre enamorada de la luna... Vamos, que soy una lunática. Me fascina la luna llena, pero también en cualquiera de sus fases crecientes o menguantes. Me encanta esa luna que recuerda al Gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas, porque, al fin y al cabo en él se recoge la locura de aquellos que estamos alunados...
También me conmueve, cuando miro la Luna, su sensación de soledad. Será también porque no puedo, a veces evitar sentirme yo también así, ser centro de atención , pero poco de comprensión.
Hoy he escuchado las declaraciones de los astronautas del Artemis II. Eran de esperanza para la humanidad de aquellos que han visto nuestro hermoso planeta desde la distancia y el silencio del espacio. Mientras la locura y el desatino perviven en otros humanos lleno de ambición, poder y maldad. ¿Cómo convivir con estos dos panoramas?
Pobre Tierra, que vemos tan azul y bella en las imágenes enviadas. Es posible que sea ella la mira, llena de envidia y tristeza la soledad gris de su satélite, despoblado, inmutable y perenne certeza, protagonista de poemas e ilusiones.
Es domingo, llueve, es primavera. Sed felices.
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