sábado, 3 de octubre de 2026

¿Dónde voy a vivir?

Así han sido las votaciones que han tumbado los dos decretos de vivienda del Gobierno

Una puede llevar muchos años en política, asistir a plenos, leer boletines oficiales, seguir votaciones parlamentarias y saber que en democracia las mayorías se construyen, se rompen y cambian. Pero hay días en los que una votación deja detrás de los números una pregunta difícil de apartar de la cabeza.

Ayer el Congreso de los Diputados rechazó los dos reales decretos-ley del Gobierno en materia de vivienda que acababan de entrar en vigor.

El primero fue rechazado por 178 votos frente a 172. El segundo, por 184 frente a 166. Con el primero decayeron, entre otras medidas, determinadas protecciones frente a los desahucios, prórrogas extraordinarias de los contratos de alquiler, medidas sobre actualización de rentas y otras disposiciones relacionadas con el acceso y permanencia en la vivienda. El segundo establecía la renovación automática de determinados contratos de alquiler, salvo que el propietario acreditara una causa justificada para no hacerlo.

Todo eso ha durado muy poco. En el caso de la renovación automática de los alquileres, apenas unas horas. Y aquí es donde, para mí, empieza la verdadera reflexión.

Porque detrás de un decreto, de un artículo de una ley y de una votación parlamentaria hay personas. Personas que pagan un alquiler cada mes. Personas mayores. Familias. Jóvenes que quieren emanciparse. Personas que pueden encontrarse ante la incertidumbre de no saber si podrán continuar en su casa cuando termine su contrato.

La vivienda no es solamente una cuestión económica. Tampoco es exclusivamente un problema de mercado. Es, como reconoce nuestra Constitución, un derecho que obliga a los poderes públicos a promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo.

Por supuesto, cualquier medida puede y debe ser discutida. Se puede considerar que una determinada regulación es insuficiente, excesiva, ineficaz o mejorable. Se puede discrepar de los mecanismos elegidos por un Gobierno. Se pueden plantear alternativas. En política democrática, todo eso forma parte del debate.

El precio de la vivienda, especialmente del alquiler, se ha convertido en una de las principales preocupaciones de muchas familias. Y cuando hablamos de vivienda hablamos también de igualdad, de oportunidades, de emancipación juvenil, de conciliación, de arraigo en nuestros barrios y, en definitiva, de la posibilidad de construir un proyecto de vida.

Quizá por eso me cuesta entender que una cuestión de esta dimensión pueda quedar reducida a una suma de votos. 172 frente a 178; 166 frente a 184. Son los números de ayer. Pero no cuentan toda la historia.

También existe otra realidad: la de los ayuntamientos. Los municipios estamos muchas veces en primera línea. Somos quienes escuchamos a los vecinos, quienes conocemos los problemas de nuestros barrios, quienes recibimos demandas de familias que buscan una solución. Podemos promover vivienda pública, gestionar suelo, impulsar rehabilitación, desarrollar programas de ayuda o mediación y utilizar las herramientas que tenemos a nuestro alcance.

Pero un ayuntamiento no puede resolver por sí solo un problema que tiene dimensiones económicas, sociales, fiscales, urbanísticas y regulatorias mucho mayores.

Por eso las políticas de vivienda necesitan coordinación entre administraciones. Y necesitan también algo que parece cada vez más difícil: acuerdos que permitan que una política pública tenga continuidad.

Ayer no se votó «la vivienda» en abstracto. Se votaron dos normas concretas. Conviene decirlo así para no convertir el debate en una caricatura. Los grupos parlamentarios que votaron en contra tienen sus propios argumentos y han defendido públicamente que las medidas no eran adecuadas o que había otras formas de abordar el problema. El resultado, sin embargo, es objetivo: ambas normas fueron rechazadas y dejaron de estar vigentes.

Y quizá esa sea precisamente la cuestión que deberíamos hacernos.

¿Qué hacemos ahora? Porque podemos discutir durante horas quién tiene la culpa, quién negoció mal, quién votó con quién o quién salió políticamente beneficiado de la derrota parlamentaria. Todo eso forma parte de la política y tendrá sus consecuencias. Pero mientras tanto, la pregunta de la persona que busca una vivienda sigue siendo exactamente la misma. ¿Dónde voy a vivir?

Ayer una mayoría del Congreso prefirió mantener su línea electoralista, sin un ápice de humanidad, siguiendo con el acoso y derribo del Gobierno, y sobre todo de su presidente. Que no nos despisten con argumentos que no tienen lógica ni base. Aquí manda el dinero, y solo el dinero, junto con la ambición de poder para seguir sirviéndolo. 

Sed felices.


domingo, 27 de septiembre de 2026

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

 Acampada en la Puerta del Sol (Madrid), en directo: última hora de las  manifestaciones contra los desahucios - AS.com

 

 

 Ayer, sábado 26 de octubre, en la ciudad de Madrid tuvieron lugar dos manifestaciones.

Una, convocada por la ultraderecha y la derecha ultra, pedía por enésima vez la convocatoria de elecciones y el procesamiento por traición del presidente del Gobierno.

La otra reclamaba bajo la efigie de Mª Carmen, la anciana expulsada de su casa de manera ignominosa, que se acabe con la especulación inmobiliaria, los fondos buitre y se facilite una vivienda digna a aquellos que la necesite. Dicha manifestación se inició bajo el famoso ático comprado por la comunidad de Madrid, y cuyo uso, aún, no se ha esclarecido ante las numerosas contradicciones de Ayuso. El esplendor de tantos jóvenes suponía una esperanza.

Yo creo que nunca, como ayer, se visualizó la gran división en la que se encuentra nuestro país.¿Por qué digo esto? Pues porque partidos que se manifestaban ayer "por la dignidad" votaron en contra de un Decreto que podía haber remediado la situación de la anciana desahuciada. Y es curioso que esa DIGNIDAD  que defienden solo se reduzca al ámbito territorial y, en este caso a la españolidad representada por Ceuta.

Pero esa otra DIGNIDAD que representan los servicios públicos: sanidad, educación, dependencia, la vivienda pilares de nuestro estado de bienestar que ayudan a la igualdad en lo esencial entre nuestra ciudadanía, a Marcos de Quinto, Feijóo, Abascal, y sus seguidores no les interpelan para nada. Si no hay camas en los hospitales, si las intervenciones quirúrgicas se pierden en el tiempo, si los escolares se  se cuecen en las aulas, si las personas vulnerables no tienen respuesta, si no hay vivienda asequible, eso les trae al pairo. Ellos son más de, botellín en mano, en la cubierta de un yate, apelar a la unidad de España, y cantar, en algunos casos el Cara al sol.

Hoy, la gente que está harta de los dimes y diretes, de hablar de españolidad   luego abandonar a la ciudadanía, que ha ocupado la Puerta del Sol, centro neurálgico de la capital de España para decir que ya está bien, que no puede haber más personas como Mª Carmen, y que hay que dar soluciones.

El martes de debate el nuevo decreto sobre vivienda. Espero que quien tiene que estar, esté a la altura. El gobierno de España en lo que le compete. La oposición en lo que es su responsabilidad.

No puede ser que sigamos haciendo realidad los versos del maestro Machado. No puede ser que el corazón de una parte de españoles y españolas siga sufriendo el frío físico y moral de no tener una vivienda segura donde poder hacer su proyecto de vida, o se levante cada amanecer pensando que puede ser que la desahucien. No puede ser.

Porque si permitimos que suceda ninguna bandera, ningún himno, tapará las vergüenzas de ser cómplices., que al fin y a la postre, es lo contrario de la dignidad.

Sed felices.

(c)FOTO DIARIO AS

domingo, 20 de septiembre de 2026

De bulos y payasadas

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Ayer estuve en una fiesta familiar. Primos, tíos, sobrinos, venidos de diversas partes, pero con una misma pregunta: ¿Habéis encontrado ya al Payaso de Rivas?

A veces no nos damos cuenta de la fuerza de los medios o de como calan los bulos que se lanzan. En este caso, aún habiendo demostrado su inexistencia, el famoso "payaso de Rivas" aún pervivía en mucha de la ciudadanía madrileña.

Los bulos no son de ahora, han existido siempre dentro del imaginario popular. La diferencia es que ahora, amparados y difundidos en cero coma se han convertido en el arma arrojadiza más letal para la democracia.Son recogidos por los principales dirigentes, como pasó en la ciudad ripense, cuya portavoz popular no tuvo empacho de hacerse un vídeo difundiendo algo que tuvo que ser desmentido por las mismas fuerzas de seguridad. ¿Y con qué propósito el partido de la oposición lo hizo? Simplemente para atacar las políticas del gobierno municipal. Qué más daba que no fuera cierto.

Pero es curioso como también aparece la estrategia contraria. Cuando hay que afrontar la verdad, se decide que no, que eso es un bulo. Muy próxima tenemos esa reacción. La presidenta Díaz Ayuso, al verse literalmente acorralada por el asunto del ático (¿sabremos alguna vez para qué se compró?)  determinó como "bulo del culo" el nuevo escándalo en un hospital público madrileño. Más allá de que esa expresión no sería de esperar por parte de la primera dignataria de Madrid, bastante ordinaria, debemos fijarnos que la salida mejor es huir hacia delante y señalar que todo es un  bulo, que todo es mentira, aunque se caiga por su propio peso. Ayuso lanza esa frase para distraer del tema principal, que es su inoperancia en la gestión.

Mucho se ha escrito sobre la utilidad de los bulos, en los que la ultraderecha y la derecha ultra son campeones. Primero se lanza el bulo, luego se saca la noticia. En ese momento se pone en marcha la maquinaria de denuncias de las asociaciones ultras bien pagadas, y por último se utiliza políticamente, machacando en medios y redes hasta que la ciudadanía no sabe, no recuerda, como comenzó ese círculo diabólico.

Soy consciente, mis queridos lectores, de que es difícil en estos momentos, a veces, distinguir la verdad de la mentira, pero debemos ser consecuentes. Si algo que oímos o leemos nos chirría, vayamos a la fuente, vayamos a la ciencia. No, la tierra no es plana, ni llevamos un chip implantado por las vacunas. Pero para muchos seguidores de la teoría de la conspiración es más fácil creer que nos manipulan a ser responsables de su propia suerte.

Tenemos que saber diferenciar la información de la propaganda. Os recomiendo que leáis o releáis Los 11  principios de la propaganda de Goebbels. Haced dos columnas, en una el principio nazi, en otra su correspondencia actual. Entonces entenderéis que la cosa va más allá de payasos y culos.

Lo bueno es que las urnas no admiten discusión.

Sed felices.


sábado, 12 de septiembre de 2026

La Ley de Nietos: una falacia sobre la manipulación del censo

No hay ninguna descripción de la foto disponible. 

Hay palabras que, de tanto repetirse, terminan adquiriendo apariencia de verdad. «Manipulación del censo» es una de ellas. Y la única manipulación existente es la derecha y ultraderecha española, que, temerosa de no volver a lograr el Gobierno de la nación, sigue royendo cualquier miserable alternativa para desgastar al actual.

En los últimos meses, y con especial intensidad en estos días, hemos escuchado que la llamada «Ley de Nietos» habría servido al Gobierno para inflar artificialmente el censo electoral con el propósito de alterar el resultado de unas futuras elecciones. Es una acusación muy grave. Y precisamente por eso conviene empezar por algo tan sencillo como acudir a los datos y distinguir conceptos que interesadamente se mezclan.

La llamada Ley de Nietos forma parte de la Ley de Memoria Democrática aprobada en 2022. Permite que determinados descendientes de españoles que tuvieron que abandonar el país por razones políticas, ideológicas o de persecución durante la Guerra Civil y la dictadura puedan acceder a la nacionalidad española. No se trata, por tanto, de una norma electoral, sino de una norma de reparación y reconocimiento de derechos. Que miles de personas hayan adquirido la nacionalidad española no significa automáticamente que hayan sido incorporadas al censo electoral de una circunscripción concreta. Y mucho menos significa que todas ellas vayan a votar.

Aquí aparece la primera trampa del discurso: nacionalidad, inscripción censal y voto son cosas diferentes.

Es cierto que el Censo Electoral de Españoles Residentes Ausentes (CERA) ha aumentado de forma muy importante. Hasta julio de 2026 se contabilizaban más de 408.000 nuevas inscripciones relacionadas con este proceso. Y también es cierto que la Ley de Memoria Democrática ha generado un volumen extraordinario de solicitudes: más de un millón habían sido tramitadas hasta finales de 2025.

Pero de ahí a afirmar que existe una operación política para «fabricar» un censo favorable a una determinada opción electoral hay un abismo. Porque hay otra pregunta que casi nunca se formula: ¿a quién votan esas personas? La respuesta honesta es que no lo sabemos. No existe ninguna papeleta que lleve escrito «nacionalizado por la Ley de Memoria Democrática». No existe un voto ideológicamente predeterminado por el lugar donde nació el abuelo o por las circunstancias en las que tuvo que exiliarse.

Es más: convertir a cientos de miles de ciudadanos españoles en un supuesto bloque electoral de izquierdas constituye una presunción política, no un dato. Y hay algo todavía más importante. Una persona que adquiere legalmente la nacionalidad española adquiere también los derechos políticos que corresponden a cualquier ciudadano español. No es razonable sostener que puede ser español para unas cosas pero no para votar. La ciudadanía no puede tener grados según la vía por la que se obtuvo. Esto es precisamente lo preocupante de lo sucedido ahora.

El Tribunal Supremo ha suspendido cautelarmente el derecho al voto de ciudadanos nacionalizados mediante esta vía que no hayan acreditado individualmente determinadas circunstancias de exilio. El Supremo considera que existe un «peligro fundado, real y serio» de afectación de la objetividad electoral. La decisión no demuestra que haya existido manipulación del censo ni que el Gobierno haya organizado un fraude electoral. Es una medida cautelar adoptada mientras se resuelve el fondo de la cuestión. 

Aquí está, a mi juicio, el verdadero problema. Podemos discutir si los procedimientos administrativos utilizados fueron suficientemente rigurosos. Podemos exigir transparencia, trazabilidad y criterios homogéneos para determinar la inscripción electoral. De hecho, la propia Junta Electoral Central ha pedido aclaraciones al INE sobre cómo atribuir municipio de voto a estos nuevos ciudadanos. Lo que no deberíamos hacer es convertir una discusión administrativa y jurídica en la demostración de una conspiración política.

Porque una cosa es decir: «Hay que garantizar que el procedimiento sea impecable». Y otra muy diferente afirmar: «El Gobierno está manipulando el censo para ganar las elecciones». La primera es una exigencia democrática. La segunda necesita pruebas.

Hasta ahora, lo que tenemos es un aumento real de ciudadanos españoles y del CERA, una norma aprobada por las Cortes Generales, miles de expedientes tramitados y una controversia jurídica sobre cómo deben acreditarse determinadas circunstancias. No una prueba de que el Gobierno haya fabricado votos.

Quizá deberíamos recordar algo elemental: los españoles que viven fuera de España también son españoles. Sus abuelos pudieron marcharse huyendo de una guerra, de una dictadura, de la persecución o del hambre. Recuperar la nacionalidad que les fue negada durante décadas no convierte su voto en sospechoso. La democracia consiste precisamente en eso: en que los derechos no dependan de que nos guste o no el posible sentido de una papeleta.

Porque cuando se empieza a considerar sospechoso el derecho al voto de quien se cree que puede votar «al otro», el problema ya no está en el censo, el problema está en la ambición de romper las reglas de igualdad que son la base de nuestros derechos fundamentales, y en la manera de entender  la democracia. Y curiosamente, siempre son los mismos.

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

La burla del señor diputado. (Aylan tenía tres años)

Foto Aylan Kurdi refugiado 

 

Hay imágenes que deberían avergonzarnos. No porque sean nuevas. Precisamente porque ya las hemos visto demasiadas veces.

Esta semana he vuelto a ver la imagen de Aylan Kurdi. Aquel niño sirio de tres años cuyo cuerpo apareció tendido en una playa en 2015, después de que la embarcación en la que viajaba con su familia naufragara mientras huían de la guerra. Durante unos días, aquella fotografía nos sacudió. El mundo pareció detenerse ante el cuerpo diminuto de un niño vestido con una camiseta roja.

Aylan tenía tres años. Solo tres. Su muerte se convirtió en el símbolo de una tragedia que entonces llamábamos «crisis de los refugiados». Como si las palabras pudieran hacer más soportable lo insoportable. Como si detrás de aquella expresión no hubiera miles de personas huyendo de las bombas, del hambre, de la persecución, de la muerte.

Han pasado once años. Y esta semana, en el Congreso de los Diputados, Patxi López hablaba de Aylan.Rafael Hernando se reía. Después hizo el gesto de llorar, como una caricatura, como una burla. Su partido calla.

He visto las imágenes varias veces y todavía me cuesta creerlas. No sé qué puede llevar a un ser humano a reírse cuando otro habla de un niño muerto. No sé qué mecanismo interior permite convertir la muerte de un pequeño que jamás conoceremos en un motivo de sarcasmo. No sé en qué momento dejamos de mirar a las víctimas como personas para convertirlas en argumentos, estadísticas, amenazas o enemigos.

Pero quizá esa sea precisamente la cuestión. Porque Aylan no era un argumento. Era un niño. Tenía un nombre. Tenía unos padres. Probablemente tenía miedo. Probablemente lloró. Probablemente alguien lo abrazó muchas veces antes de aquella última travesía. Probablemente había alguien que le prometió que al otro lado del mar estarían a salvo.Murió.

Como mueren tantos otros niños cuyos nombres ni siquiera llegamos a conocer. Por eso no me interesa demasiado discutir si Rafael Hernando quiso burlarse exactamente de Aylan, de Patxi López o de cualquier otra cosa. Hay gestos que, una vez hechos, hablan por sí mismos.

Aquel gesto habla de algo mucho más profundo que de la falta de educación de un diputado. Habla de la deshumanización. De esa peligrosa capacidad que tenemos para mirar el sufrimiento ajeno y conseguir que deje de afectarnos. Para pensar que unas vidas valen menos que otras. Para indignarnos ante la muerte de los nuestros y encogernos de hombros ante la muerte de los demás.

Primero dejamos de ver personas. Después dejamos de ver niños. Y finalmente dejamos de ver seres humanos. Solo vemos «migrantes». «Extranjeros». «Los que vienen». «Los otros».

Quizá por eso la fotografía de Aylan sigue siendo tan insoportable. Porque durante unos segundos no vemos a un migrante. No vemos a un refugiado. No vemos una cifra. Vemos a un niño pequeño, con sus zapatos puestos, tumbado boca abajo en una playa.

Eso debería bastar. Debería bastar para que nadie pudiera reírse. Debería bastar para que cualquier Parlamento, cualquier Gobierno y cualquier sociedad entendiera que hay cosas que están por encima de nuestras diferencias políticas. La muerte de un niño es una de ellas.

Podemos discutir sobre fronteras. Sobre inmigración. Sobre políticas de acogida. Sobre seguridad. Sobre recursos. Sobre leyes. Podemos discrepar profundamente. Pero hay una línea que no deberíamos cruzar nunca. La línea que separa la discusión política de la pérdida de humanidad. Porque cuando alguien se ríe ante la muerte de un niño, el problema ya no es solamente esa persona.

El problema es qué clase de sociedad estamos construyendo si somos capaces de acostumbrarnos a verlo. Aylan murió en 2015. Quizá lo verdaderamente terrible es que, once años después, seguimos necesitando recordar que era un niño.

 FOTO ACNUR

sábado, 29 de agosto de 2026

La estupidez de las personas buenas

Cinema Secreto: Cinegnose: Teoria da Estupidez de Bonhoeffer explica por  que o Brasil deu nisso

    Hay una pregunta que me inquieta desde hace tiempo: ¿cómo puede una persona que se considera buena aceptar el sufrimiento de otra persona sin que su conciencia se rebele?

    No hablo de quienes disfrutan con el dolor ajeno, ni de quienes hacen del odio una forma de vida. Hablo de personas corrientes. Personas que quieren a sus hijos, que ayudan a un vecino cuando lo necesita, que se preocupan por los animales, que se emocionan ante una injusticia cuando la tienen cerca. Personas que, en definitiva, se consideran buenas.

        Sin embargo, algunas de ellas pueden justificar las matanzas de civiles en Gaza. Pueden contemplar la muerte de niños y encontrar argumentos para explicarla. Pueden pensar que quienes huyen del hambre, de una guerra o de la persecución no merecen acogida. Pueden hablar de «invasiones», de «ilegales», de «amenazas», y dejar de ver detrás de esas palabras a seres humanos.

    Esto no es nuevo.

    Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, se enfrentó a una pregunta parecida mientras contemplaba cómo su país se entregaba al nazismo. Bonhoeffer no era un espectador lejano: se opuso al régimen, participó en la resistencia y acabó encarcelado y ejecutado por los nazis en abril de 1945. En prisión, en 1943, escribió unas páginas sobre lo que llamaba «la estupidez». Y advertía de algo profundamente inquietante: que la estupidez podía ser más peligrosa para el bien que la propia maldad.

    Porque contra el mal podemos luchar. Podemos reconocerlo, señalarlo, denunciarlo. Pero ¿qué hacemos cuando quien causa o justifica el daño está convencido de estar haciendo lo correcto?

    Para Bonhoeffer, la estupidez no era falta de inteligencia. Una persona inteligente podía ser estúpida. Era, sobre todo, la renuncia a pensar por uno mismo. La pérdida de la capacidad de juzgar. La aceptación de las consignas del grupo, del líder, de la ideología, hasta el punto de que la realidad deja de importar.

    Entonces sucede algo terrible. Si una imagen contradice lo que creemos, la rechazamos. Si una noticia cuestiona nuestro relato, decimos que es propaganda. Si aparecen niños muertos, buscamos una explicación que nos permita seguir tranquilos. Si miles de personas llaman a una frontera pidiendo refugio, dejamos de ver personas y empezamos a ver una amenaza. Quizá lo más terrible sea eso: dejar de ver.

    Porque las palabras ayudan mucho a conseguirlo. «Los inmigrantes». «Los palestinos». «Los ilegales». «Los terroristas». Los seres humanos desaparecen detrás de las categorías. Ya no tienen nombre, ni rostro, ni madre, ni hijos, ni miedo, ni esperanza.

    Es mucho más fácil rechazar a «los inmigrantes» que a una mujer que lleva a su hijo de la mano.Es mucho más fácil aceptar que mueran «los palestinos» que mirar la fotografía de un niño cubierto de polvo que podría ser nuestro hijo, nuestro nieto, nuestro vecino.La deshumanización empieza así: convirtiendo al otro en una palabra.

    Bonhoeffer había comprendido algo que debería seguir incomodándonos: el peligro no está solamente en quienes hacen el mal, sino en quienes permiten que otros piensen por ellos. En quienes dejan que el miedo, el odio o la obediencia ocupen el lugar de su propia conciencia. Estamos ante un problema moral, no intelectual.

    Y quizá por eso su reflexión sigue teniendo tanta fuerza. Porque la conciencia no suele desaparecer de golpe. Se adormece poco a poco. Primero aceptamos una excepción. Después encontramos una justificación. Luego dejamos de mirar. Y finalmente el horror se convierte en paisaje. Entonces puede ocurrir algo que debería aterrorizarnos: que personas buenas sean capaces de convivir tranquilamente con el sufrimiento de otros seres humanos sin sentir que algo dentro de ellas se rompe.

    No sé si Bonhoeffer habría sabido qué decir de nuestro tiempo. No podemos poner en su boca respuestas que nunca escribió. Pero sí podemos escuchar su pregunta, y hacérnosla nosotros.No basta con preguntarnos si somos buenas personas. Quizá esa sea precisamente la pregunta equivocada. La pregunta verdaderamente difícil es otra:

    ¿Qué estoy dispuesto a dejar de ver para poder seguir creyendo que lo soy?

    Sed felices.

 

domingo, 23 de agosto de 2026

VOLVER A EMPEZAR SIN SÍNDROME VACACIONAL


 

Se acaban las vacaciones y tenemos que volver a empezar con nuestras tareas cotidianas. Me gusta más llamarlo así que "rutina,  esta palabra me recuerda a la monotonía y el aburrimiento de los que huyo como de la quema.

Siempre he dicho que si algo es capaz de "matarme" es el aburrimiento. No creo haber caído en él desde que tengo memoria, ni un solo día de mi vida consciente. Tanto es así, que he sido catalogada por amistades y familia, a veces, como de hiperactiva.

No creo llegar a eso, porque puedo estar, también, en lo que mis hijos denominaban "mamá está planchando el sofá". Pero, incluso, en ese dolce far niente no me he aburrido.

De pequeña pasaba mucho tiempo sola, a pesar de ser miembro de una familia numerosa. Pero las circunstancias de ser la única chica y llevarles bastante edad a mis hermanos me entrenó para divertirme a mi manera. Dibujaba mucho, hacía teatro delante del espejo, estudiaba y leía... Mejor dicho devoraba libros. Quién me iba a decir a mí que con el tiempo yo sería la autora de obras que serían leídas por otros.

También me gustaba salir con las amigas y amigos, aunque para eso he sido muy selectiva. La vida me ha enseñado que la mayoría de las personas están contigo, simplemente, porque te necesitan y hasta que dejan de necesitarte. Por eso, con el devenir de los años me he dado cuenta que, como  dijo aquel, no se trata de que el tiempo pasa, sino de lo que haces con él.

Todo puede ser un nuevo comienzo, aunque nos esperen las mismas tareas o la misma gente, porque no lo son, ni lo somos. Las circunstancias van atravesando momentos y personas, incluso a nosotros mismos, y nos ayudan a romper esa supuesta monotonía, esa supuesta rutina, y hacer la cobra al aburrimiento y a ese tan manido síndrome posvacacional, que nunca he entendido que sea, más allá, que volver al día día.

Así que, mis queridos lectores, empecemos con ánimo e ilusión, sin prisa pero sin pausa. De nosotros depende.

Sed felices.

sábado, 8 de agosto de 2026

De pequeña quería ser mala

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Ya se que no es consuelo, pero lo que viven los niños y niñas en los coles no es de ahora. El llamado bullying existe desde hace mucho, la diferencia es que no se podía grabar con un móvil o enviar un mensaje, simplemente porque no existían los medios para hacerlo.

Con mis once o doce años, llevando gafas y los dientes un poco saltones ( era de locos pensar en gastarte el dinero en unos brackets) tuve mis más y mis menos. Incluso algún profesor me tildó con el mote de "ratita", lo que causaba gran diversión en el resto de mis compañeras. Tampoco me ayudaba el ser una de las que mejores notas sacaba de mi curso. Al anterior epíteto se adjuntaba el de "empollona".

Entonces, tras una profunda reflexión, llegué a la conclusión de que yo quería ser mala. Y así se lo hice saber a mi padre. Aún recuerdo su sonrisa, entre tierna y divertida, y su contestación:

- Pero, hija, tú no puedes ser mala.

Me quedé asombrada... ¿ Cómo que yo no podía ser mala? Claro que podía. Yo veía a algunas de mis compañeras que, sin ningún rubor, se permitían bromas muy pesadas o dejar en ridículo a otras, lo que no ocasionaba menoscabo en sus conciencias. Todo lo contrario, se empoderaban y eran admiradas por sus camarillas, como si fueran las reinas del baile. Eso quería ser yo... 

Pero como en casi todo, mi padre tuvo razón. Cada oportunidad que se me presentaba de devolver el insulto o la broma pesada, era incapaz de ser de la misma manera. ¿Qué necesidad tenía yo de usar la maldad para demostrarme superior? 

Entonces me di cuenta que la mejor manera de acallar a los malos era mostrar que no te dañaban, y, sobre todo,  construir una autoestima fuerte y positiva.

Corrían mediados de los ochentas y un día, en un restaurante, me encontré con que la encargada del guardarropa era una de esas compañeras que gustaban de atormentarnos a otras. Apenas la reconocí, pero ella a mí, sí. Me contó que su vida no era un camino de rosas, que su pareja le había abandonado con dos niños, y como no había terminado los estudios, ese era el único trabajo que había encontrado...

-Cuánto lo siento-le dije-, si en algo te puedo ayudar, no dudes en decírmelo.

Le apunté mi número de teléfono, le di dos besos y me fui a mi mesa, no sin antes dejarle disimuladamente mil pesetas sobre el mostrador.

- Toma, compra algo a los niños de mi parte. 

Tal vez alguien piense el por qué de este artículo y de esta anécdota. Simplemente quería poner de manifiesto que si albergas buenos sentimientos en tu corazón es difícil guardar rencor. Pude alegrarme de la mala suerte de mi compañera, pero no cabía en mí. Y no lo hice porque a pesar de mi interés  en un momento determinado, nunca he podido ser mala.

Lo que sí he aprendido con el tiempo es a alejarme de esa gente tóxica, de esa gente cuyo veneno justifica su propia existencia y que no aporta nada a mi vida. Inculqué eso a mis hijos e intento hacerlo con mis nietos. Nadie te puede dañar si no le das espacio gratis en tu vida.

Sed felices.


sábado, 1 de agosto de 2026

Ceuta y Melilla: cuando la geopolítica llama a la puerta

Avalancha de inmigrantes en Ceuta: La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta,  en imágenes 

Las imágenes de miles de personas intentando cruzar la frontera de Ceuta vuelven a ocupar portadas y abrir informativos. Como sucede casi siempre, el debate se centra en las consecuencias inmediatas: la presión sobre los servicios públicos, el control de las fronteras o la política migratoria. Sin embargo, conviene preguntarse si estamos observando únicamente un fenómeno migratorio o si, detrás de él, se mueve una partida geopolítica mucho más compleja.

No es una pregunta caprichosa. En los últimos años, numerosos analistas han señalado que algunos Estados utilizan los movimientos migratorios como un instrumento de presión diplomática. No sería una estrategia nueva ni exclusiva de Marruecos. Turquía ya ha empleado esa herramienta en sus relaciones con la Unión Europea y Bielorrusia hizo algo parecido en la frontera con Polonia. La diferencia es que, en el caso español, el escenario afecta directamente a dos ciudades cuya soberanía es objeto de una reivindicación histórica por parte del Reino de Marruecos.

Sería irresponsable afirmar que cada crisis migratoria responde a una decisión planificada desde Rabat. Las causas de la migración son múltiples: conflictos, pobreza, cambio climático o ausencia de oportunidades. Pero también sería ingenuo ignorar que el control de las fronteras depende en gran medida de la voluntad de los Estados que las gestionan y que, en momentos de tensión diplomática, esa vigilancia puede relajarse o endurecerse. La experiencia de los últimos años demuestra que la gestión migratoria forma parte de la política exterior de Marruecos y de su capacidad de negociación con España y con la Unión Europea.

El contexto internacional invita además a ampliar la mirada. Marruecos ha reforzado notablemente su posición estratégica durante la última década. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental durante la presidencia de Donald Trump supuso un cambio de enorme trascendencia. Aunque la Administración posterior mantuvo una posición más prudente, el acercamiento entre Washington y Rabat no ha desaparecido. Recientemente, incluso un informe del Congreso estadounidense introdujo una formulación favorable a las tesis marroquíes al referirse a Ceuta y Melilla como ciudades situadas en territorio marroquí bajo administración española. No constituye la posición oficial del Gobierno de Estados Unidos, pero sí refleja que determinadas corrientes políticas norteamericanas contemplan el asunto desde una óptica diferente a la tradicional.

A ello se suma otro elemento poco conocido por la opinión pública: la creciente alianza entre Marruecos e Israel. Desde la firma de los Acuerdos de Abraham, la cooperación entre ambos países se ha intensificado en ámbitos como la defensa, la inteligencia o la tecnología. Esa relación ha reforzado el peso internacional de Marruecos. Sin embargo, conviene precisar que Israel no ha manifestado oficialmente que Ceuta y Melilla deban pasar a soberanía marroquí. Confundir la existencia de una alianza estratégica con un respaldo explícito a todas las reivindicaciones territoriales sería una simplificación que no resiste un análisis riguroso.

Todo ello conduce a una pregunta incómoda: ¿está cambiando el equilibrio internacional alrededor de Ceuta y Melilla? Quizá aún sea pronto para responder afirmativamente, pero los indicios invitan a permanecer atentos. Las relaciones internacionales rara vez cambian de un día para otro. Lo hacen mediante pequeños gestos, declaraciones aparentemente secundarias, acuerdos militares, alianzas económicas o informes parlamentarios que, poco a poco, modifican el marco político.

En España, este debate suele quedar reducido a la confrontación partidista. Mientras unos insisten exclusivamente en el control de la inmigración, otros centran toda la atención en los derechos humanitarios de quienes intentan cruzar la frontera. Ambas perspectivas son necesarias, pero insuficientes si olvidan la dimensión estratégica del problema. La inmigración puede ser una tragedia humana y, al mismo tiempo, convertirse en un instrumento de presión política. Ambas realidades pueden coexistir.

Resulta igualmente llamativo observar cómo las nuevas alianzas internacionales alteran viejos discursos ideológicos. Las relaciones privilegiadas entre Marruecos, Estados Unidos e Israel generan equilibrios difíciles de encajar en las categorías políticas tradicionales. La política internacional ya no responde únicamente a afinidades ideológicas, sino, sobre todo, a intereses estratégicos, comerciales y de seguridad. Quien pretenda interpretar estos movimientos desde esquemas simples corre el riesgo de no comprender lo que está ocurriendo.

Las fronteras de Ceuta y Melilla seguirán siendo un desafío humanitario. Pero también son un espacio donde se cruzan intereses nacionales, europeos y globales. Comprender esa complejidad exige abandonar los eslóganes y sustituirlos por preguntas. En política internacional, las respuestas categóricas suelen durar poco. Las preguntas bien formuladas, en cambio, ayudan a entender un mundo que cambia a gran velocidad.

 

miércoles, 29 de julio de 2026

Vivir con miedo

 

 Es el peor incendio de la historia de Madrid": los fuegos sin control que  han obligado a evacuar a decenas de miles de personas en el centro de  España - BBC News

 

No es el incendio. No es la dana. No es la crisis política. No es el calor. No es la guerra. Es la suma de todo ello y, sobre todo, la manera en que nos lo cuentan.

Vivimos en una sociedad sometida a un bombardeo permanente de estímulos. Basta abrir el teléfono para encontrarnos con un desfile de titulares donde casi todo es "histórico", "sin precedentes", "terrible", "devastador", "apocalíptico" o "el peor escenario posible". Da igual que la noticia hable de un incendio, de la economía o de una tormenta: el lenguaje parece diseñado para mantenernos en un estado constante de alerta.

Estos días lo hemos vuelto a comprobar con los incendios de la Comunidad de Madrid. Mientras los equipos de emergencia lograban avances objetivos, mientras los profesionales trabajaban para estabilizar la situación, muchos titulares insistían inmediatamente en el "pero". El fuego mejora, pero podría reactivarse. La situación evoluciona favorablemente, pero el peligro sigue siendo extremo. Es cierto: cualquier incendio puede complicarse. También cualquier operación médica puede presentar complicaciones y cualquier avión puede sufrir una avería. Sin embargo, convertir la excepción en el eje del relato acaba deformando la realidad.

No se trata de ocultar los riesgos. Se trata de ofrecer información completa, proporcionada y honesta.

El problema es que el miedo vende. Un titular moderado compite en inferioridad de condiciones frente a otro que promete el desastre. Los clics se han convertido en una moneda demasiado valiosa y, para conseguirlos, muchas veces se sacrifica el equilibrio informativo. El algoritmo premia la emoción intensa y castiga la serenidad.

Pero ese modelo tiene consecuencias.

Nuestro cerebro no está preparado para vivir permanentemente en alerta. Si cada día nos anuncian la catástrofe definitiva, terminamos instalados en una ansiedad difusa. La sensación de que todo empeora, de que el futuro es una amenaza constante y de que nunca hay motivos para el optimismo acaba formando parte de nuestra manera de mirar el mundo.

Paradójicamente, vivimos en una época con un acceso extraordinario a la información y, sin embargo, cada vez cuesta más distinguir entre informar y alarmar.

La información debería ayudarnos a comprender la realidad, no a temerla. Debería ofrecer contexto además de emoción, datos además de adjetivos. Porque cuando las palabras se utilizan para provocar una reacción inmediata en lugar de favorecer una reflexión pausada, dejan de ser un puente hacia el conocimiento para convertirse en un mecanismo de estrés colectivo.

Quizá haya llegado el momento de reivindicar otro periodismo. Un periodismo que no necesite exagerar para ser leído. Que no confunda intensidad con rigor. Que entienda que la esperanza también es noticia cuando está respaldada por los hechos.

La realidad ya es suficientemente compleja. No necesita que la convirtamos, además, en una sucesión interminable de alarmas. Necesita ciudadanos bien informados, no ciudadanos permanentemente asustados.

Porque una sociedad que vive con miedo acaba reaccionando peor ante los problemas reales. Y ese sí debería ser un titular que nos preocupara.

Sed felices.

Foto BBC.

 

domingo, 19 de julio de 2026

Ulises nunca regresó a Itaca

ULISES NUNCA REGRESÓ A ITACAUlises en el país de los lotófagos: la flor del olvido

 Aprovechando  el estreno de la película "Odisea" traigo a esta bitácora un poema mío, que ya tiene sus años sobre este personaje y su aventura llena de dificultades, de tal manera, que hemos asumido que llevar a cabo un trabajo costoso es para cualquiera una "odisea".

Desde pequeña me sentí atraída por esa historia plagada de magia, monstruos, agonía y un final feliz. Ver "en carne y hueso" esa primera película protagonizada por Kirk Douglas hizo que los ojos de una niña se convirtieran en el asombro más profundo: Polifemo, las sirenas, el arco que solo él pudo tensar...

Medio siglo después publiqué en mi segundo libro de poesía Los poemas no cotizan en bolsa un poema titulado Ulises nunca regresó a Ítaca. Con media vida vivida fui consciente que nunca regresamos, porque después de todo lo que experimentamos ya no somos los mismos. Y, eso, a veces, produce esa nostalgia del tiempo pasado. Espero que os guste.

 ULISES NUNCA REGRESÓ A  ÍTACA

Ulises nunca regresó a Ítaca.

No arribó a su puerto,

no dejó que su mar,

pupila azul de los dioses,

acariciara de nuevo

sus tobillos.

No escuchó a las sirenas,

ni cegó a Polifemo

con su ingenio cantado

por Homero.

No besó a Penélope,

porque no era ya Penélope,

sino la que tejía y destejía

los recuerdos olvidados.

No sintió el abrazo fuerte,

otrora infantil, de Telémaco

porque ya no era Telémaco,

sino un joven huérfano

alimentando una leyenda.

Ulises nunca regresó a Ítaca.

Él quedó junto a las murallas

de Ilión derrotada,

Envuelto en los restos 

de la astucia del caballo hueco,

rodeado de nombres de héroes,

de huesos rojos por la sangre ,

blanqueados por la Historia.

Ulises nunca regresó a Ítaca.

Porque Ulises ya no era Ulises.

Ni Ítaca era Ítaca.

Nunca se regresa.

Los que nos vamos nunca

retornamos a los mismos lugares

ni a las mismas personas,

porque ya son distintos

aunque sigan siendo ellos.

También nosotros,

al igual que Ulises,

lloramos nuestra Ítaca perdida.

sábado, 11 de julio de 2026

Mientras celebrábamos, otros lo perdían todo

 

Última hora del incendio de Los Gallardos, en Almería: el fuego arrasa ya  6.600 hectáreas 

Puedo equivocarme, pero hay días en los que una siente que algo no encaja.

Ayer, mientras España celebraba su victoria frente a Bélgica y las conversaciones, las redes sociales y buena parte de los titulares giraban en torno al fútbol, en Los Gallardos seguía ardiendo mucho más que un monte. Un incendio todavía sin extinguir dejaba un balance devastador: doce personas fallecidas, veintitrés desaparecidas, miles de evacuados y pérdidas materiales que tardarán años en repararse. Y, sobre todo, un dolor imposible de cuantificar.

No escribo esto para restar importancia a un éxito deportivo. El deporte une, emociona y ofrece momentos de alegría que también necesitamos. Tampoco pretendo culpabilizar a quienes celebraban una victoria de la selección. Lo que me inquieta es otra cosa: la facilidad con la que una tragedia humana puede desaparecer del centro de nuestra atención.

Vivimos en una sociedad donde lo inmediato, lo emocionante y lo espectacular desplazan con rapidez aquello que exige silencio, empatía y reflexión. Celebramos un gol durante días, pero apenas dedicamos unos minutos a pensar en quienes lo han perdido todo.

Quizá no sea un problema de falta de sensibilidad, sino de una escala de prioridades que, casi sin darnos cuenta, hemos ido aceptando. Nos hemos acostumbrado a consumir las tragedias como una noticia más, mientras reservamos nuestras emociones más intensas para aquello que nos entretiene.

Ojalá nunca perdamos la capacidad de celebrar las alegrías colectivas. Pero ojalá tampoco perdamos la de detenernos ante el sufrimiento ajeno. Porque una sociedad no se mide solo por cómo festeja sus victorias, sino también por cómo acompaña el dolor de quienes más lo necesitan.

A veces pienso que el verdadero incendio no es el que arrasa nuestros bosques. Es el que consume, poco a poco, nuestra capacidad para mirar más allá de nosotros mismos. Y ese, por desgracia, es mucho más difícil de extinguir.

 

(C) Foto El Mundo.

sábado, 27 de junio de 2026

No basta con decir "soy maricón": la incoherencia del PP ante las terapias de conversión

Público - 🔴 ÚLTIMA HORA | El Congreso aprueba penalizar las "terapias de  conversión" | Facebook 

Hay discursos que emocionan, hay votaciones que los desmienten.

El diputado del Partido Popular Jaime de los Santos pronunció en el Congreso una intervención que muchos aplaudieron cuando afirmó: "Soy del PP, soy maricón y me siento muy orgulloso de ambas cosas". Reivindicó el amor de sus padres, católicos y de derechas, como ejemplo de aceptación y lanzó un mensaje contra la homofobia.

El problema es que ese mensaje no se pronunciaba  en un debate cualquiera. Se debatía una reforma del Código Penal para castigar las llamadas terapias de conversión, prácticas que pretenden modificar o reprimir la orientación sexual o la identidad de género de una persona. Mientras Jaime de los Santos hablaba de orgullo, su partido se abstenía. Ahí es donde aparece la contradicción.

Porque los derechos no se defienden únicamente desde la tribuna. Se defienden cuando llega el momento de pulsar el botón de votar.  Una abstención no es neutral cuando se trata de decidir si quienes someten a personas LGTBI a prácticas degradantes deben responder penalmente. En política, la abstención también envía un mensaje. Pero cuesta comprender por qué un partido que presume de haber integrado plenamente a dirigentes homosexuales no es capaz de respaldar una medida dirigida precisamente a proteger a gays, lesbianas, bisexuales y personas trans de unas prácticas ampliamente denunciadas por organizaciones de derechos humanos y por numerosas asociaciones profesionales.

La contradicción se vuelve aún más evidente porque el propio Jaime de los Santos ha construido buena parte de su perfil político reivindicando la igualdad del colectivo LGTBI. Su discurso del Congreso transmitía orgullo, dignidad y visibilidad. Sin embargo, el voto de su grupo parlamentario proyectó cobardía donde muchos esperaban compromiso.

No sorprende, por tanto, la durísima respuesta del diputado socialista Víctor Gutiérrez, que llegó a afirmar que De los Santos era "una vergüenza para el colectivo" por situarse, a su juicio, del lado de quienes impedían un avance en derechos,  es decir, la distancia entre el discurso y el voto.

Porque ser un referente LGTBI dentro de un partido conservador tiene mérito. Pero ese mérito pierde fuerza cuando la organización a la que perteneces evita apoyar una norma destinada a proteger precisamente al colectivo del que formas parte.

La verdadera pregunta no es si se puede ser gay y del PP, claro que se puede. La pregunta es otra: ¿de qué sirve reivindicar con orgullo la propia orientación sexual si, cuando toca legislar para proteger a quienes sufren la homofobia, el partido opta por abstenerse?

En democracia, las palabras construyen relatos. Los votos construyen derechos.

Cuando ambos caminan en direcciones distintas, la incoherencia deja de ser una opinión para convertirse en un hecho político.

No obstante esta es una historia con final feliz. La iniciativa del PSOE superó el trámite con 178 votos a favor, 32 en contra de VOX, partido tan necesario para el PP en este momento para gobernar en las comunidades autónomas... Ahí lo dejo.

 FOTO: PÚBLICO

sábado, 20 de junio de 2026

¿Mentir ya no es pecado?

 Existen tres tipos de mentiras; ¿cuál es la que más usas? 

Si ha habido un acontecimiento que ha hecho vibrar los cimientos sociales ha sido la visita del León XIV. Este hecho suele despertar siempre  emociones intensas. Para millones de creyentes representa la llegada del máximo referente espiritual de la Iglesia católica, una oportunidad para escuchar un mensaje de fe, reflexión y compromiso moral. Las imágenes se repiten: autoridades civiles en primera fila, discursos solemnes, apretones de manos, gestos de respeto y palabras de admiración. Sin embargo, hay algo que cada vez resulta más difícil ignorar: la presencia entusiasta de políticos cuya trayectoria pública está marcada por promesas incumplidas, medias verdades y, en ocasiones, mentiras demostradas. Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿mentir ya no es pecado?

La tradición cristiana ha sido clara durante siglos. El octavo mandamiento, “no darás falso testimonio ni mentirás”, no deja demasiado espacio para interpretaciones ambiguas. La mentira no es una falta menor ni una simple estrategia de comunicación; es una conducta que erosiona la confianza entre las personas y debilita los fundamentos de la convivencia. Sin verdad, la palabra pierde valor y la sociedad se convierte en un escenario donde todo puede justificarse.

Por eso llama la atención la naturalidad con la que muchos dirigentes políticos participan en ceremonias religiosas, se muestran devotos ante las cámaras y reciben bendiciones mientras continúan practicando en la vida pública aquello que la doctrina moral que dicen respetar condena expresamente. No se trata de cuestionar la fe íntima de nadie. Cada persona mantiene una relación personal con sus creencias y con su conciencia. Lo paradójico aparece cuando la exhibición pública de religiosidad convive con una práctica política basada en la manipulación, la desinformación o la falsedad.

Quizá algunos argumenten que la política siempre ha sido un terreno imperfecto. Es cierto. La historia está llena de ejemplos de gobernantes que utilizaron la mentira como herramienta de poder. Pero precisamente por eso las religiones han insistido tanto en la importancia de la verdad. La exigencia ética no está pensada para los santos, sino para quienes enfrentan las tentaciones cotidianas del poder, la ambición y el interés personal.

La paradoja se vuelve aún más evidente cuando observamos la reacción social. Hace no tanto tiempo, descubrir que un dirigente había mentido de forma flagrante podía costarle el cargo o, al menos, una importante pérdida de credibilidad. Hoy parece que muchas mentiras apenas generan un breve escándalo antes de desaparecer bajo una nueva ola de titulares. La mentira se ha normalizado hasta el punto de convertirse en un elemento más del paisaje político.

En este contexto, la visita de una autoridad religiosa debería ser una ocasión para recordar la importancia de la coherencia entre los valores proclamados y las conductas reales. La fe no puede reducirse a una fotografía protocolaria ni a un gesto de reverencia frente a las cámaras. Si la verdad sigue siendo un valor central en la tradición cristiana, también debería serlo en la vida pública de quienes se presentan como creyentes.

La cuestión de fondo no es si un político tiene derecho a asistir a un acto religioso. Por supuesto que lo tiene. La cuestión es si la sociedad está dispuesta a aceptar sin más la contradicción entre los principios que se exhiben y las prácticas que se ejercen. Porque cuando la mentira deja de tener consecuencias, el problema ya no es únicamente moral o religioso: se convierte en un problema democrático.

Tal vez la pregunta correcta no sea si la mentira ya no es pecado. Quizá siga siéndolo exactamente igual que siempre. Lo que parece haber cambiado es nuestra tolerancia hacia ella. Y esa puede ser una noticia mucho más preocupante que cualquier contradicción individual. Porque una sociedad que deja de exigir verdad a sus dirigentes corre el riesgo de olvidar que la confianza, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar que cualquier elección o cualquier mandato político.

Quizá la mentira siga siendo pecado. Lo que parece haber dejado de ser es un obstáculo para alcanzar el poder, conservarlo o incluso presentarse como ejemplo de virtud.


domingo, 14 de junio de 2026

Porque la ética empieza donde termina el doble rasero

La "doble moral", en ventas...Cada vez que escucho a un político exigir ejemplaridad a sus adversarios, me hago la misma pregunta: ¿aplicaría ese mismo nivel de exigencia a los suyos?

En democracia, exigir transparencia, honestidad y responsabilidad a quienes gobiernan no debería ser una cuestión ideológica. Es una exigencia básica de cualquier sociedad que aspire a confiar en sus instituciones.

Por eso resulta llamativo cuando un partido construye buena parte de su discurso sobre los errores, escándalos o posibles irregularidades de sus adversarios, mientras muestra una tolerancia mucho mayor hacia los problemas que aparecen en su propio entorno.

En Madrid, el debate político convive con hechos que invitan a la reflexión: varios expresidentes autonómicos del mismo espacio político han estado implicados en procedimientos judiciales; la situación de la pareja de la presidenta Isabel Díaz Ayuso sigue siendo objeto de investigación y controversia pública; y muchos ciudadanos expresan una creciente preocupación por el estado de servicios públicos esenciales como la sanidad o la educación.

No se trata de decidir quién lo ha hecho peor. Tampoco de negar que la corrupción, la mala gestión o las conductas impropias puedan aparecer en cualquier partido. La cuestión es otra: ¿se aplican los mismos criterios a todos?

La credibilidad moral de una crítica depende de la disposición a someterse a las mismas reglas que se exigen a los demás. Cuando la indignación cambia según quién sea el protagonista, deja de ser una cuestión de principios para convertirse en una cuestión de conveniencia.

La democracia necesita vigilancia, pero también coherencia. Porque la corrupción no tiene color político, la mala gestión no entiende de siglas y la ética pública solo tiene sentido cuando se aplica por igual a amigos y adversarios.

La verdadera integridad no consiste en señalar los errores ajenos, sino en reconocer los propios con la misma firmeza.

Porque la ética empieza donde termina el doble rasero.

 

 

Foto. (c) Mafalda. Quino.

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Y el emperador iba en pelotas

Pocas fábulas han sobrevivido al paso del tiempo con la fuerza simbólica de El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen. Su aparente sencillez es engañosa. No habla únicamente de la vanidad del poder; habla también de la fragilidad de la verdad cuando una sociedad decide sustituir la observación por el prejuicio, el juicio por la consigna y la realidad por el relato.

En el cuento, todos contemplan la misma escena. El emperador está desnudo. Sin embargo, nadie se atreve a decirlo. El miedo, el interés o la simple comodidad empujan a los espectadores a participar en una ficción colectiva. No es la mentira de un solo hombre; es la mentira compartida de toda una comunidad.

La política española vive instalada desde hace años en un clima de sospecha permanente. La acusación se ha convertido en un género literario autónomo, emancipado de la prueba. La insinuación posee hoy una capacidad de propagación mucho mayor que los hechos; la sospecha viaja más rápido que la evidencia; el titular suele llegar mucho antes que la sentencia. En ese ecosistema, la reputación se transforma en un territorio vulnerable donde la mera reiteración de una hipótesis puede acabar adquiriendo apariencia de certeza.

La figura de José Luis Rodríguez Zapatero constituye uno de los ejemplos más reveladores de este fenómeno. Para sus detractores, se ha convertido en una especie de personaje omnipresente, una sombra que aparece detrás de cualquier episodio político susceptible de alimentar la confrontación. Lo llamativo no es tanto la crítica —consustancial a toda democracia madura— como la facilidad con la que determinadas narrativas parecen prescindir de la necesidad de demostrar aquello que afirman o sugieren.

El filósofo Karl Popper advertía que una sociedad abierta se distingue precisamente por su capacidad para someter las afirmaciones al contraste de los hechos. Cuando ese principio se debilita, el debate público deja de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una competición de creencias. Lo importante ya no es qué ha ocurrido, sino qué resulta útil creer que ha ocurrido.

En este contexto, Zapatero parece menos un objetivo que un instrumento. La verdadera batalla política se libra en torno al Gobierno y, especialmente, a Pedro Sánchez. El expresidente funciona como una pieza narrativa dentro de una estrategia de desgaste más amplia, donde la acumulación de sospechas cumple una función política independientemente de su grado de verificación. La lógica es conocida: si una afirmación se repite suficientes veces, termina adquiriendo una consistencia emocional que la hace inmune a los hechos.

Resulta paradójico observar cómo esta percepción interna contrasta con la imagen que Sánchez proyecta más allá de nuestras fronteras. Mientras en España se le presenta a menudo como una figura cuestionada de forma permanente, en numerosos foros internacionales aparece como uno de los dirigentes socialdemócratas con mayor visibilidad del continente europeo. Su protagonismo en debates relacionados con la energía, la autonomía estratégica europea, la respuesta a las crisis internacionales o la defensa del proyecto comunitario le ha otorgado una relevancia que ningún líder había alcanzado en décadas recientes.

George Orwell escribió que ver lo que uno tiene delante requiere un esfuerzo constante. Quizá porque la verdad rara vez resulta tan atractiva como las ficciones que construimos para confirmar nuestras certezas. En tiempos de polarización, el riesgo no consiste únicamente en aceptar una mentira. El riesgo más profundo consiste en perder el hábito de preguntarnos si aquello que creemos saber está realmente sustentado por los hechos.

Por eso conviene regresar de vez en cuando al viejo cuento de Andersen. No para identificar al emperador, sino para examinar a la multitud. Porque las sociedades democráticas no se deterioran únicamente cuando nadie se atreve a señalar la desnudez del poder. También pueden deteriorarse cuando miles de voces señalan un traje imaginario y terminan convenciendo a otros de que lo están viendo.

Y entonces, como en toda gran fábula, el problema deja de ser el emperador. El problema pasa a ser nuestra relación con la verdad.