sábado, 11 de julio de 2026

Mientras celebrábamos, otros lo perdían todo

 

Última hora del incendio de Los Gallardos, en Almería: el fuego arrasa ya  6.600 hectáreas 

Puedo equivocarme, pero hay días en los que una siente que algo no encaja.

Ayer, mientras España celebraba su victoria frente a Bélgica y las conversaciones, las redes sociales y buena parte de los titulares giraban en torno al fútbol, en Los Gallardos seguía ardiendo mucho más que un monte. Un incendio todavía sin extinguir dejaba un balance devastador: doce personas fallecidas, veintitrés desaparecidas, miles de evacuados y pérdidas materiales que tardarán años en repararse. Y, sobre todo, un dolor imposible de cuantificar.

No escribo esto para restar importancia a un éxito deportivo. El deporte une, emociona y ofrece momentos de alegría que también necesitamos. Tampoco pretendo culpabilizar a quienes celebraban una victoria de la selección. Lo que me inquieta es otra cosa: la facilidad con la que una tragedia humana puede desaparecer del centro de nuestra atención.

Vivimos en una sociedad donde lo inmediato, lo emocionante y lo espectacular desplazan con rapidez aquello que exige silencio, empatía y reflexión. Celebramos un gol durante días, pero apenas dedicamos unos minutos a pensar en quienes lo han perdido todo.

Quizá no sea un problema de falta de sensibilidad, sino de una escala de prioridades que, casi sin darnos cuenta, hemos ido aceptando. Nos hemos acostumbrado a consumir las tragedias como una noticia más, mientras reservamos nuestras emociones más intensas para aquello que nos entretiene.

Ojalá nunca perdamos la capacidad de celebrar las alegrías colectivas. Pero ojalá tampoco perdamos la de detenernos ante el sufrimiento ajeno. Porque una sociedad no se mide solo por cómo festeja sus victorias, sino también por cómo acompaña el dolor de quienes más lo necesitan.

A veces pienso que el verdadero incendio no es el que arrasa nuestros bosques. Es el que consume, poco a poco, nuestra capacidad para mirar más allá de nosotros mismos. Y ese, por desgracia, es mucho más difícil de extinguir.

 

(C) Foto El Mundo.