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sábado, 3 de octubre de 2026

¿Dónde voy a vivir?

Así han sido las votaciones que han tumbado los dos decretos de vivienda del Gobierno

Una puede llevar muchos años en política, asistir a plenos, leer boletines oficiales, seguir votaciones parlamentarias y saber que en democracia las mayorías se construyen, se rompen y cambian. Pero hay días en los que una votación deja detrás de los números una pregunta difícil de apartar de la cabeza.

Ayer el Congreso de los Diputados rechazó los dos reales decretos-ley del Gobierno en materia de vivienda que acababan de entrar en vigor.

El primero fue rechazado por 178 votos frente a 172. El segundo, por 184 frente a 166. Con el primero decayeron, entre otras medidas, determinadas protecciones frente a los desahucios, prórrogas extraordinarias de los contratos de alquiler, medidas sobre actualización de rentas y otras disposiciones relacionadas con el acceso y permanencia en la vivienda. El segundo establecía la renovación automática de determinados contratos de alquiler, salvo que el propietario acreditara una causa justificada para no hacerlo.

Todo eso ha durado muy poco. En el caso de la renovación automática de los alquileres, apenas unas horas. Y aquí es donde, para mí, empieza la verdadera reflexión.

Porque detrás de un decreto, de un artículo de una ley y de una votación parlamentaria hay personas. Personas que pagan un alquiler cada mes. Personas mayores. Familias. Jóvenes que quieren emanciparse. Personas que pueden encontrarse ante la incertidumbre de no saber si podrán continuar en su casa cuando termine su contrato.

La vivienda no es solamente una cuestión económica. Tampoco es exclusivamente un problema de mercado. Es, como reconoce nuestra Constitución, un derecho que obliga a los poderes públicos a promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo.

Por supuesto, cualquier medida puede y debe ser discutida. Se puede considerar que una determinada regulación es insuficiente, excesiva, ineficaz o mejorable. Se puede discrepar de los mecanismos elegidos por un Gobierno. Se pueden plantear alternativas. En política democrática, todo eso forma parte del debate.

El precio de la vivienda, especialmente del alquiler, se ha convertido en una de las principales preocupaciones de muchas familias. Y cuando hablamos de vivienda hablamos también de igualdad, de oportunidades, de emancipación juvenil, de conciliación, de arraigo en nuestros barrios y, en definitiva, de la posibilidad de construir un proyecto de vida.

Quizá por eso me cuesta entender que una cuestión de esta dimensión pueda quedar reducida a una suma de votos. 172 frente a 178; 166 frente a 184. Son los números de ayer. Pero no cuentan toda la historia.

También existe otra realidad: la de los ayuntamientos. Los municipios estamos muchas veces en primera línea. Somos quienes escuchamos a los vecinos, quienes conocemos los problemas de nuestros barrios, quienes recibimos demandas de familias que buscan una solución. Podemos promover vivienda pública, gestionar suelo, impulsar rehabilitación, desarrollar programas de ayuda o mediación y utilizar las herramientas que tenemos a nuestro alcance.

Pero un ayuntamiento no puede resolver por sí solo un problema que tiene dimensiones económicas, sociales, fiscales, urbanísticas y regulatorias mucho mayores.

Por eso las políticas de vivienda necesitan coordinación entre administraciones. Y necesitan también algo que parece cada vez más difícil: acuerdos que permitan que una política pública tenga continuidad.

Ayer no se votó «la vivienda» en abstracto. Se votaron dos normas concretas. Conviene decirlo así para no convertir el debate en una caricatura. Los grupos parlamentarios que votaron en contra tienen sus propios argumentos y han defendido públicamente que las medidas no eran adecuadas o que había otras formas de abordar el problema. El resultado, sin embargo, es objetivo: ambas normas fueron rechazadas y dejaron de estar vigentes.

Y quizá esa sea precisamente la cuestión que deberíamos hacernos.

¿Qué hacemos ahora? Porque podemos discutir durante horas quién tiene la culpa, quién negoció mal, quién votó con quién o quién salió políticamente beneficiado de la derrota parlamentaria. Todo eso forma parte de la política y tendrá sus consecuencias. Pero mientras tanto, la pregunta de la persona que busca una vivienda sigue siendo exactamente la misma. ¿Dónde voy a vivir?

Ayer una mayoría del Congreso prefirió mantener su línea electoralista, sin un ápice de humanidad, siguiendo con el acoso y derribo del Gobierno, y sobre todo de su presidente. Que no nos despisten con argumentos que no tienen lógica ni base. Aquí manda el dinero, y solo el dinero, junto con la ambición de poder para seguir sirviéndolo. 

Sed felices.


sábado, 27 de junio de 2026

No basta con decir "soy maricón": la incoherencia del PP ante las terapias de conversión

Público - 🔴 ÚLTIMA HORA | El Congreso aprueba penalizar las "terapias de  conversión" | Facebook 

Hay discursos que emocionan, hay votaciones que los desmienten.

El diputado del Partido Popular Jaime de los Santos pronunció en el Congreso una intervención que muchos aplaudieron cuando afirmó: "Soy del PP, soy maricón y me siento muy orgulloso de ambas cosas". Reivindicó el amor de sus padres, católicos y de derechas, como ejemplo de aceptación y lanzó un mensaje contra la homofobia.

El problema es que ese mensaje no se pronunciaba  en un debate cualquiera. Se debatía una reforma del Código Penal para castigar las llamadas terapias de conversión, prácticas que pretenden modificar o reprimir la orientación sexual o la identidad de género de una persona. Mientras Jaime de los Santos hablaba de orgullo, su partido se abstenía. Ahí es donde aparece la contradicción.

Porque los derechos no se defienden únicamente desde la tribuna. Se defienden cuando llega el momento de pulsar el botón de votar.  Una abstención no es neutral cuando se trata de decidir si quienes someten a personas LGTBI a prácticas degradantes deben responder penalmente. En política, la abstención también envía un mensaje. Pero cuesta comprender por qué un partido que presume de haber integrado plenamente a dirigentes homosexuales no es capaz de respaldar una medida dirigida precisamente a proteger a gays, lesbianas, bisexuales y personas trans de unas prácticas ampliamente denunciadas por organizaciones de derechos humanos y por numerosas asociaciones profesionales.

La contradicción se vuelve aún más evidente porque el propio Jaime de los Santos ha construido buena parte de su perfil político reivindicando la igualdad del colectivo LGTBI. Su discurso del Congreso transmitía orgullo, dignidad y visibilidad. Sin embargo, el voto de su grupo parlamentario proyectó cobardía donde muchos esperaban compromiso.

No sorprende, por tanto, la durísima respuesta del diputado socialista Víctor Gutiérrez, que llegó a afirmar que De los Santos era "una vergüenza para el colectivo" por situarse, a su juicio, del lado de quienes impedían un avance en derechos,  es decir, la distancia entre el discurso y el voto.

Porque ser un referente LGTBI dentro de un partido conservador tiene mérito. Pero ese mérito pierde fuerza cuando la organización a la que perteneces evita apoyar una norma destinada a proteger precisamente al colectivo del que formas parte.

La verdadera pregunta no es si se puede ser gay y del PP, claro que se puede. La pregunta es otra: ¿de qué sirve reivindicar con orgullo la propia orientación sexual si, cuando toca legislar para proteger a quienes sufren la homofobia, el partido opta por abstenerse?

En democracia, las palabras construyen relatos. Los votos construyen derechos.

Cuando ambos caminan en direcciones distintas, la incoherencia deja de ser una opinión para convertirse en un hecho político.

No obstante esta es una historia con final feliz. La iniciativa del PSOE superó el trámite con 178 votos a favor, 32 en contra de VOX, partido tan necesario para el PP en este momento para gobernar en las comunidades autónomas... Ahí lo dejo.

 FOTO: PÚBLICO