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sábado, 8 de agosto de 2026

De pequeña quería ser mala

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Ya se que no es consuelo, pero lo que viven los niños y niñas en los coles no es de ahora. El llamado bullying existe desde hace mucho, la diferencia es que no se podía grabar con un móvil o enviar un mensaje, simplemente porque no existían los medios para hacerlo.

Con mis once o doce años, llevando gafas y los dientes un poco saltones ( era de locos pensar en gastarte el dinero en unos brackets) tuve mis más y mis menos. Incluso algún profesor me tildó con el mote de "ratita", lo que causaba gran diversión en el resto de mis compañeras. Tampoco me ayudaba el ser una de las que mejores notas sacaba de mi curso. Al anterior epíteto se adjuntaba el de "empollona".

Entonces, tras una profunda reflexión, llegué a la conclusión de que yo quería ser mala. Y así se lo hice saber a mi padre. Aún recuerdo su sonrisa, entre tierna y divertida, y su contestación:

- Pero, hija, tú no puedes ser mala.

Me quedé asombrada... ¿ Cómo que yo no podía ser mala? Claro que podía. Yo veía a algunas de mis compañeras que, sin ningún rubor, se permitían bromas muy pesadas o dejar en ridículo a otras, lo que no ocasionaba menoscabo en sus conciencias. Todo lo contrario, se empoderaban y eran admiradas por sus camarillas, como si fueran las reinas del baile. Eso quería ser yo... 

Pero como en casi todo, mi padre tuvo razón. Cada oportunidad que se me presentaba de devolver el insulto o la broma pesada, era incapaz de ser de la misma manera. ¿Qué necesidad tenía yo de usar la maldad para demostrarme superior? 

Entonces me di cuenta que la mejor manera de acallar a los malos era mostrar que no te dañaban, y, sobre todo,  construir una autoestima fuerte y positiva.

Corrían mediados de los ochentas y un día, en un restaurante, me encontré con que la encargada del guardarropa era una de esas compañeras que gustaban de atormentarnos a otras. Apenas la reconocí, pero ella a mí, sí. Me contó que su vida no era un camino de rosas, que su pareja le había abandonado con dos niños, y como no había terminado los estudios, ese era el único trabajo que había encontrado...

-Cuánto lo siento-le dije-, si en algo te puedo ayudar, no dudes en decírmelo.

Le apunté mi número de teléfono, le di dos besos y me fui a mi mesa, no sin antes dejarle disimuladamente mil pesetas sobre el mostrador.

- Toma, compra algo a los niños de mi parte. 

Tal vez alguien piense el por qué de este artículo y de esta anécdota. Simplemente quería poner de manifiesto que si albergas buenos sentimientos en tu corazón es difícil guardar rencor. Pude alegrarme de la mala suerte de mi compañera, pero no cabía en mí. Y no lo hice porque a pesar de mi interés  en un momento determinado, nunca he podido ser mala.

Lo que sí he aprendido con el tiempo es a alejarme de esa gente tóxica, de esa gente cuyo veneno justifica su propia existencia y que no aporta nada a mi vida. Inculqué eso a mis hijos e intento hacerlo con mis nietos. Nadie te puede dañar si no le das espacio gratis en tu vida.

Sed felices.