domingo, 31 de mayo de 2026

Y el emperador iba en pelotas

Pocas fábulas han sobrevivido al paso del tiempo con la fuerza simbólica de El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen. Su aparente sencillez es engañosa. No habla únicamente de la vanidad del poder; habla también de la fragilidad de la verdad cuando una sociedad decide sustituir la observación por el prejuicio, el juicio por la consigna y la realidad por el relato.

En el cuento, todos contemplan la misma escena. El emperador está desnudo. Sin embargo, nadie se atreve a decirlo. El miedo, el interés o la simple comodidad empujan a los espectadores a participar en una ficción colectiva. No es la mentira de un solo hombre; es la mentira compartida de toda una comunidad.

La política española vive instalada desde hace años en un clima de sospecha permanente. La acusación se ha convertido en un género literario autónomo, emancipado de la prueba. La insinuación posee hoy una capacidad de propagación mucho mayor que los hechos; la sospecha viaja más rápido que la evidencia; el titular suele llegar mucho antes que la sentencia. En ese ecosistema, la reputación se transforma en un territorio vulnerable donde la mera reiteración de una hipótesis puede acabar adquiriendo apariencia de certeza.

La figura de José Luis Rodríguez Zapatero constituye uno de los ejemplos más reveladores de este fenómeno. Para sus detractores, se ha convertido en una especie de personaje omnipresente, una sombra que aparece detrás de cualquier episodio político susceptible de alimentar la confrontación. Lo llamativo no es tanto la crítica —consustancial a toda democracia madura— como la facilidad con la que determinadas narrativas parecen prescindir de la necesidad de demostrar aquello que afirman o sugieren.

El filósofo Karl Popper advertía que una sociedad abierta se distingue precisamente por su capacidad para someter las afirmaciones al contraste de los hechos. Cuando ese principio se debilita, el debate público deja de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una competición de creencias. Lo importante ya no es qué ha ocurrido, sino qué resulta útil creer que ha ocurrido.

En este contexto, Zapatero parece menos un objetivo que un instrumento. La verdadera batalla política se libra en torno al Gobierno y, especialmente, a Pedro Sánchez. El expresidente funciona como una pieza narrativa dentro de una estrategia de desgaste más amplia, donde la acumulación de sospechas cumple una función política independientemente de su grado de verificación. La lógica es conocida: si una afirmación se repite suficientes veces, termina adquiriendo una consistencia emocional que la hace inmune a los hechos.

Resulta paradójico observar cómo esta percepción interna contrasta con la imagen que Sánchez proyecta más allá de nuestras fronteras. Mientras en España se le presenta a menudo como una figura cuestionada de forma permanente, en numerosos foros internacionales aparece como uno de los dirigentes socialdemócratas con mayor visibilidad del continente europeo. Su protagonismo en debates relacionados con la energía, la autonomía estratégica europea, la respuesta a las crisis internacionales o la defensa del proyecto comunitario le ha otorgado una relevancia que ningún líder había alcanzado en décadas recientes.

George Orwell escribió que ver lo que uno tiene delante requiere un esfuerzo constante. Quizá porque la verdad rara vez resulta tan atractiva como las ficciones que construimos para confirmar nuestras certezas. En tiempos de polarización, el riesgo no consiste únicamente en aceptar una mentira. El riesgo más profundo consiste en perder el hábito de preguntarnos si aquello que creemos saber está realmente sustentado por los hechos.

Por eso conviene regresar de vez en cuando al viejo cuento de Andersen. No para identificar al emperador, sino para examinar a la multitud. Porque las sociedades democráticas no se deterioran únicamente cuando nadie se atreve a señalar la desnudez del poder. También pueden deteriorarse cuando miles de voces señalan un traje imaginario y terminan convenciendo a otros de que lo están viendo.

Y entonces, como en toda gran fábula, el problema deja de ser el emperador. El problema pasa a ser nuestra relación con la verdad.

 

sábado, 23 de mayo de 2026

La mano en el fuego

 

 

 El Incendio De Roma - Ecos De La Antigüedad

 

 Se suele decir que "uno no pone la mano en el fuego ni por su padre", haciendo referencia a que nunca podemos estar seguros de que alguien no haya hecho lo que dicen que ha hecho.

Eso puede ser cierto, aunque no exactamente. Posiblemente todos, ante ciertas circunstancias somos capaces de hacer cosas que para los demás serían inexplicables. Ya lo dijo el filósofo, somos nosotros y nuestras circunstancias.

Pero cuando las acusaciones vienen precedidas de otras acusaciones y esas de otras, y de otras, y siempre dirigidas al mismo fin, trufadas de mentiras y bulos, no es que haya que poner la mano en el fuego, es que nos rodea un incendio.

Hablando de incendios y de bulos, miremos la Historia, que siempre es un ejercicio interesante. Parece ser, al albur de las investigaciones, que Nerón no provocó el fuego que asoló Roma en el año 64 d.C, como tantas veces se ha dicho y visto en las películas. El propio historiador Tácito afirma que ni siquiera Nerón estaba en Roma en ese momento. La famosa imagen de Nerón tocando la lira o cantando mientras observaba la ciudad arder fue difundida por escritores posteriores (como Suetonio o Dion Casio) y se considera un mito o propaganda política.

Al regresar a Roma, Nerón organizó refugios y ayuda para los damnificados, pero el pueblo y los opositores alimentaban que había sido el emperador el incendiario. Entonces,  para desviar los rumores que lo acusaban de iniciar el fuego para construir su nuevo palacio, la Domus aurea, culpó a los cristianos, desencadenando su persecución. Un auténtico lawfare, si se me permite la comparación, a la romana.

Las víctimas sufrieron ejecuciones públicas con refinada crueldad:  fueron embadurnados con brea o cubiertos con pieles de animales y quemados vivos en los jardines imperiales de Nerón para iluminar las noches. Otros muchos fueron vestidos con pieles de fieras para ser arrojados a perros de caza en el circo y en la arena.Varios fueron clavados en cruces como escarmiento público. Todo para justificar la "buena fama y acallar los rumores del emperador".

Hoy en día, aunque no  haya esas torturas, no es menos la crueldad. La exposición pública, la "crucifixión mediática", y los "perros voraces" del capital que azuzan para incendiar una y otra vez la sociedad, y son los primeros que provocan las llamas de la injusticia.

Sin justicia no hay igualdad, sin igualdad no hay democracia. Y esta última, la democracia y quienes la defienden son, sin duda, los principales valedores de que yo siga poniendo la mano en el fuego por ellos.

Sed felices, a pesar de todo.



domingo, 10 de mayo de 2026

Ayuso en México: provocación política y revisionismo histórico

Maravillas de México: más que un destino turístico de sol y playa ...

 

El reciente viaje de Isabel Díaz Ayuso a México volvió a situar a la presidenta madrileña en el centro de la polémica internacional. Lo que pretendía ser una gira institucional y cultural terminó convertido en un episodio incómodo, marcado por declaraciones ideológicas, referencias históricas simplistas y una evidente intromisión en debates políticos ajenos. Lejos de fortalecer los vínculos entre España y México, la visita dejó una sensación de arrogancia política y desconocimiento histórico.

Ayuso insistió durante su estancia en reivindicar la figura de Hernán Cortés como símbolo de la herencia compartida entre España y América. Sin embargo, esa visión reduccionista ignora deliberadamente el profundo trauma histórico que la conquista española representó para millones de pueblos indígenas. Presentar a Cortés únicamente como un héroe civilizador supone borrar las masacres, la destrucción cultural y la imposición colonial que acompañaron la caída del imperio mexica.

La relación entre España y México exige sensibilidad histórica, especialmente en un momento en que los debates sobre memoria colonial siguen abiertos en América Latina. En lugar de contribuir a un diálogo sereno y plural, Ayuso optó por un discurso identitario dirigido más a su electorado interno que a construir puentes diplomáticos. Sus palabras parecieron responder a una batalla cultural española exportada artificialmente al contexto mexicano, donde esas declaraciones fueron recibidas con malestar por amplios sectores políticos y sociales.

El problema no radica únicamente en reivindicar determinados personajes históricos, sino en hacerlo desde una lógica de confrontación ideológica. La historia de la conquista no puede analizarse desde el triunfalismo nacionalista ni desde una nostalgia imperial. Hernán Cortés fue una figura compleja: estratega militar para algunos historiadores, pero también responsable de violencia extrema, alianzas oportunistas y del inicio de un proceso colonial devastador. Convertirlo en emblema político contemporáneo revela una utilización interesada del pasado.

Además, el viaje mostró una preocupante tendencia de Ayuso a intervenir en asuntos políticos internacionales desde un cargo autonómico cuya función principal debería centrarse en la gestión regional. Sus constantes guiños ideológicos contra gobiernos latinoamericanos de izquierda alimentan una diplomacia paralela impropia de una presidenta autonómica. España cuenta con una política exterior definida por el Estado, y actuaciones personalistas como esta solo generan tensiones innecesarias.

La polémica evidencia también una forma de hacer política basada en la provocación permanente. Ayuso parece entender cada escenario internacional como una extensión de la confrontación partidista española. Sin embargo, las relaciones entre países requieren prudencia, respeto institucional y conocimiento histórico. México no es un escenario para librar guerras culturales importadas desde Madrid.

Más que fortalecer la cooperación entre ambos países, la visita terminó reforzando estereotipos y reabriendo heridas históricas que exigen rigor y empatía, no consignas ideológicas.

 

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

VOX, EL IMPERIALISMO CATETO

Trump, Abascal y los intereses de España | Columnistas 

Hay imperios que se construyen con ejércitos, otros con comercio, y algunos —los más modernos— con hilos de Twitter mal traducidos. Vox pertenece a esta última categoría: un proyecto político que sueña con la grandeza imperial mientras espera instrucciones en diferido desde Donald Trump, Javier Milei o Viktor Orbán.

Podría llamarse internacional reaccionaria, pero también franquicia: cambias la bandera, mantienes el argumentario.

Vox lleva años señalando al extranjero como problema estructural. El inmigrante no es persona: es cifra, amenaza, titular. La xenofobia no aparece como un exceso, sino como columna vertebral del discurso. Eso sí, mientras tanto, el partido importa sin pudor consignas, miedos y teorías directamente empaquetadas desde Estados Unidos o Hungría.

Es decir: fronteras cerradas para las personas, pero puertas abiertas para los eslóganes.

Hay algo entrañable en esa contradicción. Es como montar una taberna “muy española” donde todo —desde el vino hasta el menú— viene del extranjero, pero el camarero grita mucho “¡Viva lo nuestro!”.

Si algo ha perfeccionado Vox no es una política pública, sino un estilo. Un tono. Una manera de convertir el insulto en herramienta de movilización. Cuando Santiago Abascal llama a Pedro Sánchez “chulo de putas” en un mitin, no está perdiendo los papeles: está siguiendo el guion.

Porque el insulto no es un accidente, es el mensaje.

La lógica es simple: si no hay complejidad, no hay debate; si no hay debate, solo queda ruido; y en el ruido, quien grita más fuerte parece tener razón. Es una política de barra de bar elevada a categoría ideológica, con menos ironía que un chiste malo y más eco que una caverna.

El nacionalismo de Vox tiene una peculiaridad: necesita subtítulos. Sus lemas, sus obsesiones y hasta sus enemigos parecen venir ya redactados desde fuera. El “Make Europe Great Again” no deja de ser un “Make America Great Again” con acento y jet lag.

En las cumbres internacionales de la ultraderecha —esas reuniones donde Orbán sonríe, Trump inspira y Milei vocifera— Vox encuentra algo parecido a un hogar. No uno español, claro, sino uno ideológico: una comunidad de agravios compartidos, enemigos reciclados y soluciones simplistas.

Ahí, entre banderas y consignas, se construye esa curiosa forma de imperialismo: no el que conquista territorios, sino el que coloniza discursos ajenos y los revende como propios.

El verdadero hallazgo de Vox es haber logrado globalizar el catetismo. No como insulto costumbrista, sino como categoría política: una mezcla de simplificación extrema, orgullo mal digerido y dependencia intelectual.

Se trata de un fenómeno fascinante. Cuanto más se proclama la soberanía, más evidente resulta la imitación. Cuanto más se habla de identidad, más reconocibles son las plantillas importadas.

El resultado es un nacionalismo de copia y pega. Una España que no se piensa a sí misma, sino que se traduce mal.

Quizá por eso Vox necesita exagerarlo todo: las amenazas, los enemigos, incluso su propia relevancia. Porque en el fondo, detrás del gesto épico, hay algo más modesto: un partido que no lidera un imperio, sino una sucursal.

Un imperialismo sin imperio.
Una revolución sin ideas propias.
Una épica que, vista de cerca, cabe perfectamente en un meme.

 Sed felices...

 Foto periódico EL MUNDO