sábado, 29 de agosto de 2026

La estupidez de las personas buenas

Cinema Secreto: Cinegnose: Teoria da Estupidez de Bonhoeffer explica por  que o Brasil deu nisso

    Hay una pregunta que me inquieta desde hace tiempo: ¿cómo puede una persona que se considera buena aceptar el sufrimiento de otra persona sin que su conciencia se rebele?

    No hablo de quienes disfrutan con el dolor ajeno, ni de quienes hacen del odio una forma de vida. Hablo de personas corrientes. Personas que quieren a sus hijos, que ayudan a un vecino cuando lo necesita, que se preocupan por los animales, que se emocionan ante una injusticia cuando la tienen cerca. Personas que, en definitiva, se consideran buenas.

        Sin embargo, algunas de ellas pueden justificar las matanzas de civiles en Gaza. Pueden contemplar la muerte de niños y encontrar argumentos para explicarla. Pueden pensar que quienes huyen del hambre, de una guerra o de la persecución no merecen acogida. Pueden hablar de «invasiones», de «ilegales», de «amenazas», y dejar de ver detrás de esas palabras a seres humanos.

    Esto no es nuevo.

    Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, se enfrentó a una pregunta parecida mientras contemplaba cómo su país se entregaba al nazismo. Bonhoeffer no era un espectador lejano: se opuso al régimen, participó en la resistencia y acabó encarcelado y ejecutado por los nazis en abril de 1945. En prisión, en 1943, escribió unas páginas sobre lo que llamaba «la estupidez». Y advertía de algo profundamente inquietante: que la estupidez podía ser más peligrosa para el bien que la propia maldad.

    Porque contra el mal podemos luchar. Podemos reconocerlo, señalarlo, denunciarlo. Pero ¿qué hacemos cuando quien causa o justifica el daño está convencido de estar haciendo lo correcto?

    Para Bonhoeffer, la estupidez no era falta de inteligencia. Una persona inteligente podía ser estúpida. Era, sobre todo, la renuncia a pensar por uno mismo. La pérdida de la capacidad de juzgar. La aceptación de las consignas del grupo, del líder, de la ideología, hasta el punto de que la realidad deja de importar.

    Entonces sucede algo terrible. Si una imagen contradice lo que creemos, la rechazamos. Si una noticia cuestiona nuestro relato, decimos que es propaganda. Si aparecen niños muertos, buscamos una explicación que nos permita seguir tranquilos. Si miles de personas llaman a una frontera pidiendo refugio, dejamos de ver personas y empezamos a ver una amenaza. Quizá lo más terrible sea eso: dejar de ver.

    Porque las palabras ayudan mucho a conseguirlo. «Los inmigrantes». «Los palestinos». «Los ilegales». «Los terroristas». Los seres humanos desaparecen detrás de las categorías. Ya no tienen nombre, ni rostro, ni madre, ni hijos, ni miedo, ni esperanza.

    Es mucho más fácil rechazar a «los inmigrantes» que a una mujer que lleva a su hijo de la mano.Es mucho más fácil aceptar que mueran «los palestinos» que mirar la fotografía de un niño cubierto de polvo que podría ser nuestro hijo, nuestro nieto, nuestro vecino.La deshumanización empieza así: convirtiendo al otro en una palabra.

    Bonhoeffer había comprendido algo que debería seguir incomodándonos: el peligro no está solamente en quienes hacen el mal, sino en quienes permiten que otros piensen por ellos. En quienes dejan que el miedo, el odio o la obediencia ocupen el lugar de su propia conciencia. Estamos ante un problema moral, no intelectual.

    Y quizá por eso su reflexión sigue teniendo tanta fuerza. Porque la conciencia no suele desaparecer de golpe. Se adormece poco a poco. Primero aceptamos una excepción. Después encontramos una justificación. Luego dejamos de mirar. Y finalmente el horror se convierte en paisaje. Entonces puede ocurrir algo que debería aterrorizarnos: que personas buenas sean capaces de convivir tranquilamente con el sufrimiento de otros seres humanos sin sentir que algo dentro de ellas se rompe.

    No sé si Bonhoeffer habría sabido qué decir de nuestro tiempo. No podemos poner en su boca respuestas que nunca escribió. Pero sí podemos escuchar su pregunta, y hacérnosla nosotros.No basta con preguntarnos si somos buenas personas. Quizá esa sea precisamente la pregunta equivocada. La pregunta verdaderamente difícil es otra:

    ¿Qué estoy dispuesto a dejar de ver para poder seguir creyendo que lo soy?

    Sed felices.

 

domingo, 23 de agosto de 2026

VOLVER A EMPEZAR SIN SÍNDROME VACACIONAL


 

Se acaban las vacaciones y tenemos que volver a empezar con nuestras tareas cotidianas. Me gusta más llamarlo así que "rutina,  esta palabra me recuerda a la monotonía y el aburrimiento de los que huyo como de la quema.

Siempre he dicho que si algo es capaz de "matarme" es el aburrimiento. No creo haber caído en él desde que tengo memoria, ni un solo día de mi vida consciente. Tanto es así, que he sido catalogada por amistades y familia, a veces, como de hiperactiva.

No creo llegar a eso, porque puedo estar, también, en lo que mis hijos denominaban "mamá está planchando el sofá". Pero, incluso, en ese dolce far niente no me he aburrido.

De pequeña pasaba mucho tiempo sola, a pesar de ser miembro de una familia numerosa. Pero las circunstancias de ser la única chica y llevarles bastante edad a mis hermanos me entrenó para divertirme a mi manera. Dibujaba mucho, hacía teatro delante del espejo, estudiaba y leía... Mejor dicho devoraba libros. Quién me iba a decir a mí que con el tiempo yo sería la autora de obras que serían leídas por otros.

También me gustaba salir con las amigas y amigos, aunque para eso he sido muy selectiva. La vida me ha enseñado que la mayoría de las personas están contigo, simplemente, porque te necesitan y hasta que dejan de necesitarte. Por eso, con el devenir de los años me he dado cuenta que, como  dijo aquel, no se trata de que el tiempo pasa, sino de lo que haces con él.

Todo puede ser un nuevo comienzo, aunque nos esperen las mismas tareas o la misma gente, porque no lo son, ni lo somos. Las circunstancias van atravesando momentos y personas, incluso a nosotros mismos, y nos ayudan a romper esa supuesta monotonía, esa supuesta rutina, y hacer la cobra al aburrimiento y a ese tan manido síndrome posvacacional, que nunca he entendido que sea, más allá, que volver al día día.

Así que, mis queridos lectores, empecemos con ánimo e ilusión, sin prisa pero sin pausa. De nosotros depende.

Sed felices.

sábado, 8 de agosto de 2026

De pequeña quería ser mala

 Vectores de Autoestima dibujo - Descarga vectores gratis de gran calidad |  Magnific (antes Freepik) 

 

Ya se que no es consuelo, pero lo que viven los niños y niñas en los coles no es de ahora. El llamado bullying existe desde hace mucho, la diferencia es que no se podía grabar con un móvil o enviar un mensaje, simplemente porque no existían los medios para hacerlo.

Con mis once o doce años, llevando gafas y los dientes un poco saltones ( era de locos pensar en gastarte el dinero en unos brackets) tuve mis más y mis menos. Incluso algún profesor me tildó con el mote de "ratita", lo que causaba gran diversión en el resto de mis compañeras. Tampoco me ayudaba el ser una de las que mejores notas sacaba de mi curso. Al anterior epíteto se adjuntaba el de "empollona".

Entonces, tras una profunda reflexión, llegué a la conclusión de que yo quería ser mala. Y así se lo hice saber a mi padre. Aún recuerdo su sonrisa, entre tierna y divertida, y su contestación:

- Pero, hija, tú no puedes ser mala.

Me quedé asombrada... ¿ Cómo que yo no podía ser mala? Claro que podía. Yo veía a algunas de mis compañeras que, sin ningún rubor, se permitían bromas muy pesadas o dejar en ridículo a otras, lo que no ocasionaba menoscabo en sus conciencias. Todo lo contrario, se empoderaban y eran admiradas por sus camarillas, como si fueran las reinas del baile. Eso quería ser yo... 

Pero como en casi todo, mi padre tuvo razón. Cada oportunidad que se me presentaba de devolver el insulto o la broma pesada, era incapaz de ser de la misma manera. ¿Qué necesidad tenía yo de usar la maldad para demostrarme superior? 

Entonces me di cuenta que la mejor manera de acallar a los malos era mostrar que no te dañaban, y, sobre todo,  construir una autoestima fuerte y positiva.

Corrían mediados de los ochentas y un día, en un restaurante, me encontré con que la encargada del guardarropa era una de esas compañeras que gustaban de atormentarnos a otras. Apenas la reconocí, pero ella a mí, sí. Me contó que su vida no era un camino de rosas, que su pareja le había abandonado con dos niños, y como no había terminado los estudios, ese era el único trabajo que había encontrado...

-Cuánto lo siento-le dije-, si en algo te puedo ayudar, no dudes en decírmelo.

Le apunté mi número de teléfono, le di dos besos y me fui a mi mesa, no sin antes dejarle disimuladamente mil pesetas sobre el mostrador.

- Toma, compra algo a los niños de mi parte. 

Tal vez alguien piense el por qué de este artículo y de esta anécdota. Simplemente quería poner de manifiesto que si albergas buenos sentimientos en tu corazón es difícil guardar rencor. Pude alegrarme de la mala suerte de mi compañera, pero no cabía en mí. Y no lo hice porque a pesar de mi interés  en un momento determinado, nunca he podido ser mala.

Lo que sí he aprendido con el tiempo es a alejarme de esa gente tóxica, de esa gente cuyo veneno justifica su propia existencia y que no aporta nada a mi vida. Inculqué eso a mis hijos e intento hacerlo con mis nietos. Nadie te puede dañar si no le das espacio gratis en tu vida.

Sed felices.


sábado, 1 de agosto de 2026

Ceuta y Melilla: cuando la geopolítica llama a la puerta

Avalancha de inmigrantes en Ceuta: La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta,  en imágenes 

Las imágenes de miles de personas intentando cruzar la frontera de Ceuta vuelven a ocupar portadas y abrir informativos. Como sucede casi siempre, el debate se centra en las consecuencias inmediatas: la presión sobre los servicios públicos, el control de las fronteras o la política migratoria. Sin embargo, conviene preguntarse si estamos observando únicamente un fenómeno migratorio o si, detrás de él, se mueve una partida geopolítica mucho más compleja.

No es una pregunta caprichosa. En los últimos años, numerosos analistas han señalado que algunos Estados utilizan los movimientos migratorios como un instrumento de presión diplomática. No sería una estrategia nueva ni exclusiva de Marruecos. Turquía ya ha empleado esa herramienta en sus relaciones con la Unión Europea y Bielorrusia hizo algo parecido en la frontera con Polonia. La diferencia es que, en el caso español, el escenario afecta directamente a dos ciudades cuya soberanía es objeto de una reivindicación histórica por parte del Reino de Marruecos.

Sería irresponsable afirmar que cada crisis migratoria responde a una decisión planificada desde Rabat. Las causas de la migración son múltiples: conflictos, pobreza, cambio climático o ausencia de oportunidades. Pero también sería ingenuo ignorar que el control de las fronteras depende en gran medida de la voluntad de los Estados que las gestionan y que, en momentos de tensión diplomática, esa vigilancia puede relajarse o endurecerse. La experiencia de los últimos años demuestra que la gestión migratoria forma parte de la política exterior de Marruecos y de su capacidad de negociación con España y con la Unión Europea.

El contexto internacional invita además a ampliar la mirada. Marruecos ha reforzado notablemente su posición estratégica durante la última década. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental durante la presidencia de Donald Trump supuso un cambio de enorme trascendencia. Aunque la Administración posterior mantuvo una posición más prudente, el acercamiento entre Washington y Rabat no ha desaparecido. Recientemente, incluso un informe del Congreso estadounidense introdujo una formulación favorable a las tesis marroquíes al referirse a Ceuta y Melilla como ciudades situadas en territorio marroquí bajo administración española. No constituye la posición oficial del Gobierno de Estados Unidos, pero sí refleja que determinadas corrientes políticas norteamericanas contemplan el asunto desde una óptica diferente a la tradicional.

A ello se suma otro elemento poco conocido por la opinión pública: la creciente alianza entre Marruecos e Israel. Desde la firma de los Acuerdos de Abraham, la cooperación entre ambos países se ha intensificado en ámbitos como la defensa, la inteligencia o la tecnología. Esa relación ha reforzado el peso internacional de Marruecos. Sin embargo, conviene precisar que Israel no ha manifestado oficialmente que Ceuta y Melilla deban pasar a soberanía marroquí. Confundir la existencia de una alianza estratégica con un respaldo explícito a todas las reivindicaciones territoriales sería una simplificación que no resiste un análisis riguroso.

Todo ello conduce a una pregunta incómoda: ¿está cambiando el equilibrio internacional alrededor de Ceuta y Melilla? Quizá aún sea pronto para responder afirmativamente, pero los indicios invitan a permanecer atentos. Las relaciones internacionales rara vez cambian de un día para otro. Lo hacen mediante pequeños gestos, declaraciones aparentemente secundarias, acuerdos militares, alianzas económicas o informes parlamentarios que, poco a poco, modifican el marco político.

En España, este debate suele quedar reducido a la confrontación partidista. Mientras unos insisten exclusivamente en el control de la inmigración, otros centran toda la atención en los derechos humanitarios de quienes intentan cruzar la frontera. Ambas perspectivas son necesarias, pero insuficientes si olvidan la dimensión estratégica del problema. La inmigración puede ser una tragedia humana y, al mismo tiempo, convertirse en un instrumento de presión política. Ambas realidades pueden coexistir.

Resulta igualmente llamativo observar cómo las nuevas alianzas internacionales alteran viejos discursos ideológicos. Las relaciones privilegiadas entre Marruecos, Estados Unidos e Israel generan equilibrios difíciles de encajar en las categorías políticas tradicionales. La política internacional ya no responde únicamente a afinidades ideológicas, sino, sobre todo, a intereses estratégicos, comerciales y de seguridad. Quien pretenda interpretar estos movimientos desde esquemas simples corre el riesgo de no comprender lo que está ocurriendo.

Las fronteras de Ceuta y Melilla seguirán siendo un desafío humanitario. Pero también son un espacio donde se cruzan intereses nacionales, europeos y globales. Comprender esa complejidad exige abandonar los eslóganes y sustituirlos por preguntas. En política internacional, las respuestas categóricas suelen durar poco. Las preguntas bien formuladas, en cambio, ayudan a entender un mundo que cambia a gran velocidad.

 

miércoles, 29 de julio de 2026

Vivir con miedo

 

 Es el peor incendio de la historia de Madrid": los fuegos sin control que  han obligado a evacuar a decenas de miles de personas en el centro de  España - BBC News

 

No es el incendio. No es la dana. No es la crisis política. No es el calor. No es la guerra. Es la suma de todo ello y, sobre todo, la manera en que nos lo cuentan.

Vivimos en una sociedad sometida a un bombardeo permanente de estímulos. Basta abrir el teléfono para encontrarnos con un desfile de titulares donde casi todo es "histórico", "sin precedentes", "terrible", "devastador", "apocalíptico" o "el peor escenario posible". Da igual que la noticia hable de un incendio, de la economía o de una tormenta: el lenguaje parece diseñado para mantenernos en un estado constante de alerta.

Estos días lo hemos vuelto a comprobar con los incendios de la Comunidad de Madrid. Mientras los equipos de emergencia lograban avances objetivos, mientras los profesionales trabajaban para estabilizar la situación, muchos titulares insistían inmediatamente en el "pero". El fuego mejora, pero podría reactivarse. La situación evoluciona favorablemente, pero el peligro sigue siendo extremo. Es cierto: cualquier incendio puede complicarse. También cualquier operación médica puede presentar complicaciones y cualquier avión puede sufrir una avería. Sin embargo, convertir la excepción en el eje del relato acaba deformando la realidad.

No se trata de ocultar los riesgos. Se trata de ofrecer información completa, proporcionada y honesta.

El problema es que el miedo vende. Un titular moderado compite en inferioridad de condiciones frente a otro que promete el desastre. Los clics se han convertido en una moneda demasiado valiosa y, para conseguirlos, muchas veces se sacrifica el equilibrio informativo. El algoritmo premia la emoción intensa y castiga la serenidad.

Pero ese modelo tiene consecuencias.

Nuestro cerebro no está preparado para vivir permanentemente en alerta. Si cada día nos anuncian la catástrofe definitiva, terminamos instalados en una ansiedad difusa. La sensación de que todo empeora, de que el futuro es una amenaza constante y de que nunca hay motivos para el optimismo acaba formando parte de nuestra manera de mirar el mundo.

Paradójicamente, vivimos en una época con un acceso extraordinario a la información y, sin embargo, cada vez cuesta más distinguir entre informar y alarmar.

La información debería ayudarnos a comprender la realidad, no a temerla. Debería ofrecer contexto además de emoción, datos además de adjetivos. Porque cuando las palabras se utilizan para provocar una reacción inmediata en lugar de favorecer una reflexión pausada, dejan de ser un puente hacia el conocimiento para convertirse en un mecanismo de estrés colectivo.

Quizá haya llegado el momento de reivindicar otro periodismo. Un periodismo que no necesite exagerar para ser leído. Que no confunda intensidad con rigor. Que entienda que la esperanza también es noticia cuando está respaldada por los hechos.

La realidad ya es suficientemente compleja. No necesita que la convirtamos, además, en una sucesión interminable de alarmas. Necesita ciudadanos bien informados, no ciudadanos permanentemente asustados.

Porque una sociedad que vive con miedo acaba reaccionando peor ante los problemas reales. Y ese sí debería ser un titular que nos preocupara.

Sed felices.

Foto BBC.

 

domingo, 19 de julio de 2026

Ulises nunca regresó a Itaca

ULISES NUNCA REGRESÓ A ITACAUlises en el país de los lotófagos: la flor del olvido

 Aprovechando  el estreno de la película "Odisea" traigo a esta bitácora un poema mío, que ya tiene sus años sobre este personaje y su aventura llena de dificultades, de tal manera, que hemos asumido que llevar a cabo un trabajo costoso es para cualquiera una "odisea".

Desde pequeña me sentí atraída por esa historia plagada de magia, monstruos, agonía y un final feliz. Ver "en carne y hueso" esa primera película protagonizada por Kirk Douglas hizo que los ojos de una niña se convirtieran en el asombro más profundo: Polifemo, las sirenas, el arco que solo él pudo tensar...

Medio siglo después publiqué en mi segundo libro de poesía Los poemas no cotizan en bolsa un poema titulado Ulises nunca regresó a Ítaca. Con media vida vivida fui consciente que nunca regresamos, porque después de todo lo que experimentamos ya no somos los mismos. Y, eso, a veces, produce esa nostalgia del tiempo pasado. Espero que os guste.

 ULISES NUNCA REGRESÓ A  ÍTACA

Ulises nunca regresó a Ítaca.

No arribó a su puerto,

no dejó que su mar,

pupila azul de los dioses,

acariciara de nuevo

sus tobillos.

No escuchó a las sirenas,

ni cegó a Polifemo

con su ingenio cantado

por Homero.

No besó a Penélope,

porque no era ya Penélope,

sino la que tejía y destejía

los recuerdos olvidados.

No sintió el abrazo fuerte,

otrora infantil, de Telémaco

porque ya no era Telémaco,

sino un joven huérfano

alimentando una leyenda.

Ulises nunca regresó a Ítaca.

Él quedó junto a las murallas

de Ilión derrotada,

Envuelto en los restos 

de la astucia del caballo hueco,

rodeado de nombres de héroes,

de huesos rojos por la sangre ,

blanqueados por la Historia.

Ulises nunca regresó a Ítaca.

Porque Ulises ya no era Ulises.

Ni Ítaca era Ítaca.

Nunca se regresa.

Los que nos vamos nunca

retornamos a los mismos lugares

ni a las mismas personas,

porque ya son distintos

aunque sigan siendo ellos.

También nosotros,

al igual que Ulises,

lloramos nuestra Ítaca perdida.

sábado, 11 de julio de 2026

Mientras celebrábamos, otros lo perdían todo

 

Última hora del incendio de Los Gallardos, en Almería: el fuego arrasa ya  6.600 hectáreas 

Puedo equivocarme, pero hay días en los que una siente que algo no encaja.

Ayer, mientras España celebraba su victoria frente a Bélgica y las conversaciones, las redes sociales y buena parte de los titulares giraban en torno al fútbol, en Los Gallardos seguía ardiendo mucho más que un monte. Un incendio todavía sin extinguir dejaba un balance devastador: doce personas fallecidas, veintitrés desaparecidas, miles de evacuados y pérdidas materiales que tardarán años en repararse. Y, sobre todo, un dolor imposible de cuantificar.

No escribo esto para restar importancia a un éxito deportivo. El deporte une, emociona y ofrece momentos de alegría que también necesitamos. Tampoco pretendo culpabilizar a quienes celebraban una victoria de la selección. Lo que me inquieta es otra cosa: la facilidad con la que una tragedia humana puede desaparecer del centro de nuestra atención.

Vivimos en una sociedad donde lo inmediato, lo emocionante y lo espectacular desplazan con rapidez aquello que exige silencio, empatía y reflexión. Celebramos un gol durante días, pero apenas dedicamos unos minutos a pensar en quienes lo han perdido todo.

Quizá no sea un problema de falta de sensibilidad, sino de una escala de prioridades que, casi sin darnos cuenta, hemos ido aceptando. Nos hemos acostumbrado a consumir las tragedias como una noticia más, mientras reservamos nuestras emociones más intensas para aquello que nos entretiene.

Ojalá nunca perdamos la capacidad de celebrar las alegrías colectivas. Pero ojalá tampoco perdamos la de detenernos ante el sufrimiento ajeno. Porque una sociedad no se mide solo por cómo festeja sus victorias, sino también por cómo acompaña el dolor de quienes más lo necesitan.

A veces pienso que el verdadero incendio no es el que arrasa nuestros bosques. Es el que consume, poco a poco, nuestra capacidad para mirar más allá de nosotros mismos. Y ese, por desgracia, es mucho más difícil de extinguir.

 

(C) Foto El Mundo.