Hay imperios
que se construyen con ejércitos, otros con comercio, y algunos —los más
modernos— con hilos de Twitter mal traducidos. Vox pertenece a esta última
categoría: un proyecto político que sueña con la grandeza imperial mientras
espera instrucciones en diferido desde Donald Trump, Javier Milei o Viktor
Orbán.
Podría
llamarse internacional reaccionaria, pero también franquicia: cambias la
bandera, mantienes el argumentario.
Vox lleva
años señalando al extranjero como problema estructural. El inmigrante no es
persona: es cifra, amenaza, titular. La xenofobia no aparece como un exceso,
sino como columna vertebral del discurso. Eso sí, mientras tanto, el partido
importa sin pudor consignas, miedos y teorías directamente empaquetadas desde
Estados Unidos o Hungría.
Es decir:
fronteras cerradas para las personas, pero puertas abiertas para los eslóganes.
Hay algo
entrañable en esa contradicción. Es como montar una taberna “muy española”
donde todo —desde el vino hasta el menú— viene del extranjero, pero el camarero
grita mucho “¡Viva lo nuestro!”.
Si algo ha
perfeccionado Vox no es una política pública, sino un estilo. Un tono. Una
manera de convertir el insulto en herramienta de movilización. Cuando Santiago
Abascal llama a Pedro Sánchez “chulo de putas” en un mitin, no está perdiendo
los papeles: está siguiendo el guion.
Porque el
insulto no es un accidente, es el mensaje.
La lógica es
simple: si no hay complejidad, no hay debate; si no hay debate, solo queda
ruido; y en el ruido, quien grita más fuerte parece tener razón. Es una
política de barra de bar elevada a categoría ideológica, con menos ironía que
un chiste malo y más eco que una caverna.
El
nacionalismo de Vox tiene una peculiaridad: necesita subtítulos. Sus lemas, sus
obsesiones y hasta sus enemigos parecen venir ya redactados desde fuera. El
“Make Europe Great Again” no deja de ser un “Make America Great Again” con
acento y jet lag.
En las
cumbres internacionales de la ultraderecha —esas reuniones donde Orbán sonríe,
Trump inspira y Milei vocifera— Vox encuentra algo parecido a un hogar. No uno
español, claro, sino uno ideológico: una comunidad de agravios compartidos,
enemigos reciclados y soluciones simplistas.
Ahí, entre
banderas y consignas, se construye esa curiosa forma de imperialismo: no el que
conquista territorios, sino el que coloniza discursos ajenos y los revende como
propios.
El verdadero
hallazgo de Vox es haber logrado globalizar el catetismo. No como insulto
costumbrista, sino como categoría política: una mezcla de simplificación
extrema, orgullo mal digerido y dependencia intelectual.
Se trata de un
fenómeno fascinante. Cuanto más se proclama la soberanía, más evidente resulta
la imitación. Cuanto más se habla de identidad, más reconocibles son las
plantillas importadas.
El resultado
es un nacionalismo de copia y pega. Una España que no se piensa a sí misma,
sino que se traduce mal.
Quizá por
eso Vox necesita exagerarlo todo: las amenazas, los enemigos, incluso su propia
relevancia. Porque en el fondo, detrás del gesto épico, hay algo más modesto:
un partido que no lidera un imperio, sino una sucursal.
Un
imperialismo sin imperio.
Una revolución sin ideas propias.
Una épica que, vista de cerca, cabe perfectamente en un meme.
Sed felices...
Foto periódico EL MUNDO