Esta frase con la que titulo este artículo me interpela directamente, como miembro de un partido de izquierdas y cargo público. Es la expresión de un odio que empieza por negar al adversario y termina por convertir su desaparición en motivo de celebración.
Conviene detenerse un momento. ¿Qué estamos diciendo cuando deseamos que alguien muera por sus ideas políticas? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando la muerte del que piensa diferente se convierte en una consigna que se corea, se comparte y hasta se presume? ¿En qué momento hemos decidido que la deshumanización del adversario es una forma aceptable de participar en la vida pública?¿Tendremos las personas de izquierda, los zurdos y zurdas, ir mirando a nuestra espalda, como antaño, ante una posible agresión física o mirando en los bajos del coche?
Porque no estamos ante un hecho aislado. Llevamos demasiado tiempo asistiendo a una escalada de insultos, descalificaciones, bulos y deshumanización que encuentra en la ultraderecha uno de sus principales motores. Una estrategia que pretende sustituir los argumentos por el desprecio, el debate por la descalificación y la confrontación democrática por la división entre quienes merecen respeto y quienes, al parecer, no merecen siquiera seguir vivos.
Primero fueron las etiquetas. Después, los insultos. Más tarde, la mentira repetida hasta intentar convertirla en verdad. Y, cuando todo eso deja de ser suficiente, aparece la celebración de la muerte del contrario. Cada escalón prepara el siguiente. Cada barbaridad que queda sin respuesta abre la puerta a otra mayor. Así, lo que ayer nos habría escandalizado hoy se presenta como una ocurrencia y mañana quizá se convierta en una consigna habitual.
Ese es precisamente el peligro: acostumbrarnos.
La democracia no exige que nos gusten las ideas de los demás. Ni que renunciemos a combatirlas con firmeza. Al contrario, la democracia necesita discrepancia, oposición, crítica y confrontación política. Podemos considerar equivocadas, injustas o incluso peligrosas las propuestas de nuestros adversarios y tenemos el derecho —y la obligación— de combatirlas con argumentos, con votos y con la fuerza de nuestras convicciones.
Pero hay una frontera que no deberíamos cruzar nunca: la que separa la crítica política de la negación de la dignidad humana. ¿Defender los servicios públicos, la igualdad, los derechos laborales, las pensiones, la sanidad universal o la protección de quienes más lo necesitan no es una razón para merecer insultos, amenazas ni deseos de muerte?
Lo que no resulta legítimo es pretender que la violencia verbal forma parte del paisaje y que quienes la padecen deben aceptarla con una sonrisa, como si todo fuera una cuestión de tener más o menos sentido del humor.
Aquí hay una responsabilidad que va más allá de quien pronuncia la frase. También la tienen quienes la difunden, quienes ríen la ocurrencia, quienes miran hacia otro lado y quienes, pudiendo condenarla, prefieren guardar silencio porque el insulto se dirige contra alguien de otra ideología. La tolerancia con el odio cuando se dirige contra el adversario no es tolerancia: es complicidad con una forma de entender la convivencia que mañana puede volverse contra cualquiera.
Porque los derechos no pueden depender del color político de quien los ejerce. Y la dignidad tampoco.
Quizá quienes pronuncian ese lema crean que han encontrado una rima ingeniosa. Quizá piensen que el insulto les hace más fuertes, que el desprecio les da identidad o que el odio moviliza mejor que las propuestas. Pero una sociedad no se hace más fuerte cuando aprende a reírse de la muerte de sus ciudadanos. Se hace más pequeña. Más intolerante. Más vulnerable a quienes necesitan enemigos para justificar su propia existencia política.
Yo no quiero una sociedad en la que nadie tenga que esconder sus ideas por miedo a las consecuencias. No quiero que la discrepancia se convierta en una amenaza ni que el espacio público termine dominado por quienes gritan más fuerte y desprecian más profundamente. Quiero una sociedad en la que podamos discutir, enfrentarnos políticamente y defender proyectos diferentes sin dejar de reconocernos como personas.
Y si alguien necesita desear la muerte de otro para defender sus ideas, quizá debería preguntarse qué hay de tan débil en sus argumentos que necesita recurrir al odio.
La democracia no consiste en conseguir que desaparezca quien piensa diferente. Consiste en convivir con esa diferencia, combatirla cuando sea necesario y aceptar que nadie tiene derecho a convertir al adversario en enemigo de la vida.
Frente al «rojo muerto, abono pa' mi huerto», reivindico algo bastante menos ingenioso, pero infinitamente más civilizado: ninguna idea vale más que una vida, y ninguna diferencia política justifica el odio.
Por desgracia VOX y el PP parecen haberlo olvidado.
Sed felices.

