Soy la mayor de cuatro hermanos. La única mujer.
Soy madre de dos hijos varones.
Monté mi pequeña empresa hace treinta ocho años, cuando el techo de cristal se parecía más a la cúpula de San Pedro.
¿Qué quiero decir con esto? Qué mi experiencia cercana a los hombres es absolutamente palmaria. Pero tuve la suerte de que mi padre fue criado por dos mujeres fuertes: su abuela y su madre, que le inculcaron un absoluto respeto por la igualdad. Y mis hermanos, a pesar de que mi madre pudo presentar algún sesgo machista heredado de su educación, nunca lo evidenciaron con sus parejas o con sus hijas.
Pude estudiar una carrera superior (en una universidad pública) y durante toda mi vida, con el mismo compañero desde hace cuarenta y cinco años, he podido trabajar y conseguir mis objetivos con libertad.
¿Significa esto que no he sufrido desigualdad? Pues no. Todo lo contrario. Porque a pesar de que persona y profesionalmente he podido resolver siempre, volaba sobre mí ese sentimiento que es el germen, en mi opinión, de la discriminación silenciosa: la culpa.
Sí, la culpa. Ese gusano que te roe la conciencia cuando estás en una reunión de trabajo y has dejado a tu pequeño con tu madre porque tiene fiebre. Ese run, run, que hace que no disfrutes de la película en el cine con tus amigas porque no llegaste a hacer la comida del día siguiente. Esa voz interior que te repite, cuando estás tan cansada de trabajar dentro y fuera de casa, si merece la pena.
Yo reconozco que la he sentido, a veces alimentada por mi entorno que me señalaba como una madre o una esposa descuidada. Pero también esas críticas me fortalecían. Mis hijos son grandes hombres, con hijos también, y lo que me transmiten ahora es admiración y agradecimiento. Su relación con sus parejas es de equidad, y quiero creer que, de alguna manera, yo he sido camino.
Hace mucho que abandoné ese cargo de conciencia
Hoy, 8 de marzo, he querido reflexionar con vosotros, mis queridos lectores, sobre cómo a veces la mejor lucha por la igualdad es el ejemplo, para desde ahí ayudar a las que aún no lo han logrado.