(UNA HISTORIA QUE PUEDE SER REAL ...O NO)
Pues venía yo para acá,
en el metro, pensando en qué os iba a contar, mis queridos lectores, porque sé que es difícil hoy en
día contar algo que cause cierta sorpresa o admiración, dadas las
circunstancias que nos acontecen, en el que es más habitual que sea el niño el
que muerda al perro que viceversa.
Bien, pues ya les digo
que iba a paso ligero haciendo el transbordo desde la línea 9 a la 1 cuando un
señor de buen aspecto, pelo cano y traje bien cortado me ha detenido con un
“perdone, señorita”. Yo me he parado al instante, pues a mí edad que le cambien
el señora por el señorita es un halago, sobre todo llevando mascarilla.
“Dígame, caballero”, he
respondido igualmente con educación. “¿Le podría hacer una pregunta?”… Me he
quedado un tanto indecisa, sobre todo porque dadas las circunstancias se me
asemejaba que podría ser un comercial.
“Bueno, si no es muy
complicada…Tengo un poco de prisa”. El caballero me ha mirado con cara
circunspecta, como si la situación fuera la contraria y la pregunta anduviera
más cercana a la física cuántica que a otra cosa.
“Mire, necesito que
alguien ajeno a mi familia, a mis amigos, me responda, es ya algo vital para
mí”. La verdad es que me ha dejado un poco agobiada, así que le he dicho: “bueno, dígame”…
Ha cogido aire, como el
que se lanza a una piscina sabiendo que el agua está fría y me ha preguntado:
“¿A usted el café como le gusta, en taza o en vaso?”…
Os tengo que decir que
me he quedado estupefacta. Por dos razones: una porque no me esperaba la
pregunta, otra porque me había dado cuenta en un segundo de que la gran
diferencia en la sociedad actual no es la política, ni la religión, ni que te
guste o no Juego de tronos. Lo que abre un sima igual a la fosa de las Marianas
es el tomar el café en taza o en vaso.
¿Qué hacer? ¿Debería
contestar, arriesgándome a que fuera del otro sector?... Intenté de un vistazo
buscar pistas, pero por desgracia los vasocafeteros y los tazacafeteros no nos
diferenciamos externamente.
Vi que no tenía
escapatoria. “¡Qué caray, dije, soy tazacafetera y no puedo renegar…” He
plantado firmemente los pies en el suelo, me he erguido en toda mi estatura,
que tampoco es mucha, y he dicho marcando las sílabas: EN-TA-ZA…
Entonces, su reacción
ha sido todavía más inexplicable. Sus ojos se han llenado de lágrimas, una
dulce sonrisa ha iluminado su cara y un
“usted también” ha salido como un susurro de sus labios.
Y como una revelación
lo he comprendido. Cada vez somos menos.
Antes ibas a una cafetería y tenía que decir que lo querías en vaso, después pasaron a preguntar, al pedir un café, si en taza o en
vaso. Ahora es al contrario. Si no lo específicas te ponen un vaso de caña de
vidrio, que quema como los demonios los dedos al cogerlo y cuya estrecha boca
te pega en la nariz, y hace que el líquido se te venga encima. Vasos uniformes,
rayados por el lavaplatos, mates… Nada de tazas regordetas con su asa que te
permiten cogerlas con elegancia, y cuyo amplio borde te deja tomar el líquido a
pequeños sorbos. ¡Ah! Pero, me dicen, en el vaso cabe mejor la porra o el churro… ¡Dios, habrase visto razonamiento
semejante! Qué churro, o que porra o que niño muerto si a mí lo que me gusta es
la tostada con mantequilla y mermelada.
En fin, para no
cansaros más. Esta coincidencia de ser una especie casi en vías de extinción
ha hecho que el caballero del metro, Faustino se llama, y yo hayamos quedado
para vernos mañana a tomar café , cita que se irá repitiendo por distintos
bares y cafeterías, reclutando para nuestra causa a quienes veamos tomarlo en
taza.
A propósito, ustedes, ¿cómo
toman el café?