Aún con el alma encogida y el corazón en un puño por el terrible accidente ferroviario, termina el luto oficial y volvemos al día a día de la sucia campaña del PPox (PP + VOX).
A lo largo de estos meses podríamos contar mil y una anécdotas de las boutades, los insultos, los bulos y las falsedades con los que la derecha y su versión más ultra han ido envenenando nuestra vida política. Iniciativas, soluciones, aportaciones para afrontar los problemas reales de la ciudadanía… ni una.
Pocos méritos encontrarán los historiadores del futuro cuando busquen las aportaciones de estos partidos a la política nacional durante la crisis de la COVID-19, las sucesivas crisis energéticas o los grandes desafíos de la política exterior. Eso sí, si lo que buscan son testimonios gráficos dignos de un cómic triste, ahí tienen las intervenciones de Feijóo, sus errores sobre impuestos, geografía y cualquier asunto que se le ponga por delante. Y, por supuesto, el mensaje monocorde de Abascal, del que cuesta arrancar una propuesta que vaya más allá de la persecución de las personas migrantes.
Mientras tanto, todos y cada uno de los diputados, diputadas, senadores y senadoras de la derecha y su ultraderecha cobran puntualmente sus sueldos. Faltaría más. El problema es que parecen haber olvidado para qué están ahí. Se les ha elegido para ejercer el control parlamentario —que no significa derribar al Gobierno a cualquier precio—, para presentar iniciativas y para contribuir a mejorar la vida de las personas. No para convertir las instituciones en un plató permanente de insultos, descalificaciones y maniobras partidistas.
Esta derecha es tan inútil en sus propósitos que acaba, como ya he dicho otras veces, igual que el Coyote de los dibujos animados: todas las trampas que prepara para atrapar al Correcaminos terminan volviéndose contra él. Pero ellos, como quien sigue una linde incluso después de que esta se haya acabado, no se apean del burro. Insisten, erre que erre, agitando los espantajos del comunismo y la dictadura, como si repetir las mismas consignas una y otra vez pudiera convertirlas en verdades.
En política, cada cual puede defender la ideología que la ley ampara y enorgullecerse de ella. Lo que no debería hacer, por respeto a quienes le votan, es resultar absoluta y permanentemente inoperante. Y ahí nace buena parte de mi frustración.
«¡Ah!», me diréis, queridos lectores, «el PP y VOX pueden gobernar». Cierto. Porque los partidos cuentan con una fidelidad que, en ocasiones, roza lo filial: antes que permitir que gane el adversario, hay quienes prefieren seguir votando a los suyos, aun cuando las evidencias cuestionen una y otra vez la utilidad de ese voto. Quienes vivimos en Madrid lo sabemos bien. Y, por desgracia, también lo saben en otras comunidades donde el tándem PPOX ya gobierna.
Cada intervención, cada declaración de los dirigentes de la ultraderecha y de esa derecha cada vez más escorada hacia sus postulados parece superar la anterior en despropósitos. Feijóo ha colocado en puestos destacados a figuras como Cayetana Álvarez de Toledo, con sus posiciones más extremas, o a políticos que proyectan una imagen más moderada, un lobo con piel de cordero- como Borja Sémper. Cambian las formas, pero conviene no perder de vista el fondo: una política que parece anteponer la conquista del poder a cualquier proyecto de país. Porque España, sus ciudadanos y sus necesidades deberían estar por encima de los intereses de quienes aspiran a gobernarla. Sin embargo, demasiadas veces da la impresión de que el poder se busca para ponerlo al servicio de quienes ya tienen capacidad para influir en las decisiones. De los de verde, ni siquiera me molesto en hablar.
No se trata de hacer desaparecer a la derecha. La democracia necesita pluralidad, alternativas y oposición. Se trata de impedir que la derecha haga desaparecer la dignidad de la propia democracia; de recordar que gobernar, legislar y fiscalizar al Gobierno no son juegos de poder ni estrategias para aniquilar al adversario. Son responsabilidades que se adquieren ante la ciudadanía.
Porque la democracia no consiste únicamente en ganar unas elecciones. Consiste, sobre todo, en utilizar el poder para mejorar la vida de las personas. Y cuando se olvida esa premisa, lo que se degrada no es solo la política: es la confianza de la ciudadanía en sus instituciones.
Y esa sí que es una trampa de la que, como sociedad, no deberíamos permitirnos salir derrotados.
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