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lunes, 6 de diciembre de 2021

Junto al mar

 Un año más estoy aquí, junto al mar. 

 

Un paisaje conocido, pero muy distinto, porque este mar no es el del verano, rodeado de gentío, cubierto de bañistas, con su orillas convertidas en paseos atestados, haya o no pandemia.

No, este mar se transforma en su propia identidad, inmensidad azul que se extiende hasta donde abracan mis ojos. Un año más me acerco en estos días de reposo a su acogedor abrazo y sosiego: sé que nunca me va a defraudar.

Este año he llegado a su orilla especialmente cansada, un tanto abatida. Entiendo y me comprendo, porque los días se suceden con una impenitente monotonía: pandemia, economía, economía, pandemia, lo mal que va todo según la oposición, nueva variante, economía... 

No es que me queje, no he sido nunca de quejarme mucho. Primero porque no he tenido razones objetivas, y, segundo, porque mi manera de ser me impide hacerlo, aunque las tuviera. Si  encontrara, además,  una tercera razón, diría que siempre la vida me ha colocado en el lado de tirar del carro, de ser yo la que anime, de convertir la lástima en resistencia.

Pero con todo y con ello, con el entrenamiento que mi existencia me ha ido marcando, hay momentos en que me siento cansada,  en que miro a mi alrededor y el desconcierto me invade. Entonces me acerco a la playa y noto como dentro de mí surgen emociones reconfortantes, reconocibles, esas que me hablan de que, a pesar de todo, cada día que amanece es una esperanza para hacer y para cambiar.

Por eso, un año más, estoy junto al mar.

Sed felices.


sábado, 15 de agosto de 2020

Pensando, pensando, junto al mar

 

 

 

No llego a alcanzar qué tiene el mar que me fascina tanto. Sé que no es nada original, y que esa inmensa masa de agua azul atrae a propios y extraños, sin distinción, que habitamos los cuatro puntos cardinales del orbe. 

En mi caso es algo presente en el día a dái, a pesar de vivir tierra adentro, en la meseta que cambia ese color azul por el amarillo y el ocre. He escrito poemas, he situado escenas de mis novelas junto al mar. Cada vez que regreso a la costa, a esta ciudad de Denia que me arrebató un día el corazón, y me acerco a la orilla siento una emoción absoluta, como quien vuelve a encontrarse con el amor de su vida.

Alguna vez he pensado que me hubiera gustado ser sirena, y poder sunergirme hasta las profundidades, y contemplar los secretos que encierra aquello de lo que procedemos, donde se encuentran nuestros orígenes más ancestrales.

Cuando miro el horizonte, con el cielo despejado, sin una nube, todo se me vuelve azul, y me embarga la sensación entonces de ser una con ese mar y ese cielo, dos espacios en los que todavía nos queda tanto por conocer y guardan tantos misterios.

Mañana volveré a Rivas. Me alejaré de este mar que me seduce, que me enamora, aún siendo el mismo, siempre es distinto. Entonces surgirá quizá un poema, o una entrada en el blog, como esta que os escribo, mis queridos lectores, de añoranza,  pero también con la esperanza de que pronto volveré.

ÉL

Siempre vuelvo a él,
en ese vaivén
vestido de espuma
que envuelve mis pies.
Danza constante
de rumor y brisa.


Reflejos azules
con nieves saladas.
Secreto de un nombre
escrito en la arena.
Él siempre me espera,
siempre vuelvo a él.

 (Poema de mi libro Papelera de  reciclaje, Ediciones Vitruvio, 2019)

Foto (c) Elena Muñoz.

domingo, 22 de junio de 2014

Sirena

Descendió con precaución los escalones excavados en la roca viva. El mar lamía suavemente el acantilado, ya reposado. Era el mismo mar que unas horas antes rugía cabalgando sobre el temporal mas fiero que jamás se hubo visto .

Ya en el último peldaño, sintiendo el agua bañando sus pies, se desnudó. Su cabello oscuro flotaba mecido por la  brisa del mar y el sol acariciaba su piel dorada. Sin pensarlo se lanzó de cabeza al agua que en un frío abrazo la recogió.

Con hábiles brazadas comenzó a nadar hacia el horizonte. Siempre le había gustado nadar. Desde pequeña soñó con ser una sirena y surcar los mares rodeada de peces y de corales. Amaba el mar  más que nada en el mundo, o por lo menos así fue hasta que le conoció. Entonces su corazón se llenó de sus ojos, su cuerpo de sus manos y su boca de sus besos  Y olvidó su sueño para entregarse al amor

Siguió nadando hasta que las fuerzas le flaquearon. Se tumbó boca arriba y cerró los ojos evocando su rostro, el mismo que la tormenta le había arrebatado y entregado como víctima propiciatoria al mar. Las olas la  mecían como una madre acuna a un hijo...

Lentamente, se dejo arrastrar hacia el fondo. En el último momento, antes de que sus pulmones se llenaran de agua, pronunció su nombre. Y entonces y para siempre se convirtió en sirena.


Sed felices.