martes, 24 de diciembre de 2019

Paz a los hombre y mujeres de buena voluntad

Nochebuena, bello nombre para una de las noches más nombradas en el mundo.

No importa el sentido que le demos, si es creyendo en el nacimiento de un tal Jesús, hijo de María, en un humilde portal del pueblo palestino de Belén, o, simplemente, la causa justa para reunirse en una mesa junto a los nuestros, y, también, para buscar la paz y el amor en el corazón.

La Humanidad ha necesitado siempre de hitos, de celebraciones para sentir las emociones que estos evocan. Y en este caso la Nochebuena evoca infancia, villancicos, regresos desde la distancia, y también ausencia de los que ya no están. Tal vez sea esto último lo que más pese en estas fechas, pero hay que procurar volver ese sentimiento en la alegría de tener el recuerdo de tan bellos momentos, y en el propósito de repetirlos.

Olvidemos por unos días los problemas, los sinsabores,  de aquello que pesa día a día y vuela sobre nosotros como pájaros de mal agüero, para ver ese lado amable que,  si lo buscamos, hay en nuestro entorno.

Para mucho serán actitudes un tanto hipócritas, pero pensemos que es importante darnos estos respiros física y mentalmente para que el año que nos espera sea más llevadero. Y si no quieren celebrar, respeto absoluto.

Ofrezcamos una sonrisa, un abrazo, un "felices fiestas" desde el fondo de nuestro corazón a todos los que amamos y también, porque no, a aquellos que a veces nos hacen la vida un poquitín complicada. La generosidad es el mejor aliado para la felicidad.

Feliz Nochebuena, feliz Navidad, y paz para los hombres y mujeres de buena voluntad.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Papelera de reciclaje

Siempre me gustó escribir, pero el sueño de convertirme en escritora me parecía fuera de mi alcance. Claro que los sueños siempre lo parecen hasta que se hacen realidad.

Provengo de una familia de cuentistas, en la que narrar historias era más que habitual. Así lo hicieron conmigo y así lo hice con mis hijos. Hasta que un día una  de mis historias se convirtió en novela, y el sueño ya fue algo tangible.

Pero lo que ya me parecía, y a veces me lo sigue pareciendo, increíble es ser poeta. Siento tanto respeto por la poesía que todavía, y a veces, las buenas críticas que recibo  me parecn más fruto de la generosidad de los demás que mérito mío. Sin embargo ya son tres libros, el último lo presentaré el jueves 19 de diciembre, que dicen que algo, auque sea un poquito, de poeta hay en mí.

Hace unos años, en el Ateneo de Madrid, durante un recital colectivo, una asistente me preguntó que diferencia había entre escribir narrativa o poesía, desde el punto de vista del autor. La primera intención es decir que mucha técnicamente, pero también la hay desde la motivación. Escribir novela o relato me divierte muchísimo. Adoro construir historias, elaborar tramas y llegar a las resoluciones. La poesía es otra cosa. 

Cada poema, cada verso, es un cúmulo de emociones que salen sin cortapisas. Ya digo en uno de mis poemas que soy una auténtica exhibicionista de sentimientos. No hay momento, no hay elaboración mental, o por lo menos yo no vivo así la poesía. Es aquí, ahora y con la únicas palabras que puedo escoger. Así son cada uno de los poemas que forman Papelera de reciclaje (Ediciones Vitrubio), y que presentaré, como he dicho, en cuatro días. Ya vuelan las mariposas en el estómago.

Vivir con las emociones a flor de piel duele a veces, pero la recompensa de verlas sobre el papel es el mejor de los remedios para quienes hemos elegido el complicado camino de escribir y no guardarlo para nosotros. 

Y escribo.



martes, 10 de diciembre de 2019

GRETA

Me conmueve ese cuerpo frágil, infantil aún incluso para la edad que tiene, esa mirada entre asustadiza e iracunda. Supongo que sus ojos responden a esa realidad que le ha tocado vivir en la que ha decidido asumir una responsabilidad que se me figura excesiva para alguien tan joven. 

Porque estamos en un mundo en que los dioses duran lo mismo que un parpadero. De hecho ya han llegado los primeros detractores, que la acusan no solo de sus propias patologías (parece ser que padece un síndrome de Asperger y un transtorno obsesivo compulsivo), sino de la estrategía que plantea. 

Como es natural, Greta Thunberg saca de quicio a los negacionistas, a aquellos que son contumaces a cualquier modificación de las estructuras que palíe el cambio climático, aunque sea el mismo presidente de EEUU. Hay mucho dinero, pero mucho tras ello. El sesgo conservador que pervive en los que se resisten al ecologismo hace que esta pequeña acvtivista sueca sea vista como un grano (con perdón) en el culo. Porque poco se puede hacer contra una persona que no tienen nada que perder. 

Curiosamente, la Historia nos ha enseñado como los personajes más trascendentes  en positivo han sido aquellos que asumían cualquier riesgo porque en el fondo no arriesgaban nada. Greta nos invita a una vida de renuncia, de "incomodidades", y eso, en una sociedad absolutamente consumista, escuece un montón. Porque, ¿realmente estaríamos dispuestos a un cambio radical en nuestras vidas, incluso aquellos que sabemos que la emergencia climática es una realidad?

Las causas necesitan de sus héroes, de sus libertadores, aunque en demasiadas ocasiones hayan sido necesarios hasta que sus presencias son demasiado incómodas. Esperemos que no sea el caso de Greta, y pueda continuar con la tarea de convencer de que no podemos seguir con esta autoextinción. De momento, ha demostrado que, en propias palabras de la joven sueca, "nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia". 

Pero estemos alertas. Sentir simpatías por esta activista, admirarla, o llenarla de likes sus posts no nos hace más verdes si no lo sentimos en las tripas. Los cambios nacen de dentro hacia afuera, y hemos de buscar a esa "Greta" que tenemos dentro, modificando nuestro entorno más cercano, aquel en el que nuestra influencia puede ser positiva y nuestro ejemplo más.

Nos lo debemos y se lo debemos al planeta.


lunes, 2 de diciembre de 2019

No se puede tener todo

Existen las dobles vidas.

Son dobles vidas que aparentan ante los demás lo que no son en realidad. Vidas que desde fuera se presentan brillantes, admirables, llenas de "glamour", pero que cuando nadie las contempla están llenas de sombras y oscuridad, de miedo y de temores. Ella lo sabía de buena tinta. Tal vez, porque el destino se cobra a su manera, y cuando le apetece, los regalos que da. 

"No se puede tener todo". se decía, cuando la angustia le cerraba el estómago y los ojos se le nublaban por las lágrimas. Porque a la postre ella no había pedido ni ser brillante, ni ser admirable, ni tan siquiera ser capaz de alcanzar lo que se propusiese. Todo eso no había sido, a la postre, más que una tabla de salvación de la que huir a menudo de una realidad gris y áspera,

No se quejaba de su vida a terceros, cómo hacerlo. Nadie la entendería, y de ello era la única responsable. Había vivido siempre esa doble vida de no dar cuartos al pregonero, de no admitir las tristezas, de no consentir la conmiseración. Su orgullo, quizá malentendido, le hacía levantarse cada día y afrontar esa dualidad vital.

Pero los años no pasan en balde, y ya su corazón ansiba reposar en la única vida que realmente había perseguido. Ser comprendida, querida... Encontrar el reposo en quien ella quería, pero que no sabía quererla, y que al final, había desgastado su amor como una pastilla de jabón entre las manos.

Ella, tan amante de la cultura clásica, recordaba la leyenda de Alejandro de Macedonia, a quienes los dioses le dieron a elegir entre la gloria y una muerte prematura, o una larga vida oscura. Murió a los treinta y dos años y paso al Historia como el Magno. No se puede tener todo.

Miró por la ventana. El sol había ganado la partida y engañaba coqueteando con el frío. También a su corazón le faltaba el calor. No obstante, un día más, jugaría a ser esa otra, era su destino, el que ella había asumido, en la certeza  de que no se puede tener todo.

Sed felices.

domingo, 24 de noviembre de 2019

25 DE NOVIEMBRE


Todo empieza con una  primera bofetada, esa que me abre los ojos como platos, incrédulos por sentir su mano, que antes me acariciaba, estallar junto a mi oído. No le reconozco en esa máscara de rabia y crueldad. No entiendo esa retahíla de insultos que han sustituido a las palabras antes de amor.

Quiero preguntar ¿por qué?, pero siento como los labios hinchados por el golpe no consiguen articular palabra.

El segundo golpe me hace caer al suelo. Levanto los brazos para que sus puños no alcancen mi cara, pero es en vano. Uno de ellos golpea mi estómago y me deja sin respiración. Con los ojos anegados de lágrimas, vislumbro en el quicio de la puerta a mis hijos en pijama que le gritan a su  padre que me deje, que no me pegue más.

Pero él es una fiera que ha hecho presa. Las patadas se  hunden en las costillas, mientras me sujeta las muñecas con sus manos para que no me pueda escapar.
Si no fuera por mis hijos, querría morir allí mismo.

De repente para, resollando como un toro, y cae de rodillas junto a mí. Siento su mano, la misma que no cesaba de abofetearme hace un minuto,  en mi cara, limpiándome las lágrimas y la sangre de mi boca. Le oigo susurrar en mi oído: “sabes que te quiero, es que me haces perder los nervios, pero te quiero… Siempre estaremos juntos”.

Luego se levanta y se va al dormitorio, cerrando la puerta. 

Mis hijos se acercan a mí, también llorando. El mayor me da el móvil y me dice: “llama, mamá. Por ti, por nosotros, llama”. Con dedos temblorosos marco el 112.

Una hora después el verdugo sale esposado de mi casa. La doctora del Samur que me atiende me dice que he sido muy valiente. También lo creo yo. Por la ventana veo el sol despuntar en un amanecer que no es solo del nuevo día, sino mío también.

No más miedo, no más violencia. No estoy sola. Por fin, soy libre.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Collioure

Amenazaba la lluvia, aunque el sol intentaba, sin mucho éxito,  abrirse paso. El mar vestía su manto gris, ese gris del que tanto gusta en el otoño y el invierno. Sobre la pequeña rada se erigía , solemne e inmutable la ciudadela.
Un cúmulo de sentimientos trenzaban mis pasos hacia el pequeño cementerio. Tantas veces había leído sobre él, había visto sus imágenes y , por fin, iba a poder presentarme ante la tumba del maestro, ante la tumba de Don Antonio Machado.
No tuve que andar mucho: pronto se vislumbra el túmulo cubierto de flores, de banderas francesas y españolas republicanas.
La lluvia ya no se hizo esperar más, y comenzó a caer lentamente, poniendo una músiquilla de fondo con aires de nostalgia.
Controlando la emoción, de mis labios, casi como una oración, brotaron los versos del poema "Un mañana efímero"...

La España de charanga y pandereta...

Después comencé a leer la carta que había escrito en nombre de mi agrupación de Rivas y que quedaría depositada en el buzón del maestro.

Estimado maestro, querido maestro de infancias y de poetas.

Don Antonio Machado:

Ante ti hemos venido, ante esta tierra a la que un día de febrero abrieron sus entrañas para hacer  ese último lecho donde acostar tu cuerpo, tan lleno de tristeza y de nostalgia.

Ochenta años ha desde aquella fecha: mucho tiempo. Tiempo en el que España, esa España que tú tan magistralmente retrataste, ha cruzado una larga travesía sobre un reguero de lágrimas y sudor de tanta buena gente condenada al exilio,  al silencio con los labios cosidos por el miedo y la venganza.(...)
 

Una ceremonia sencilla, pero tan transcendente para mí, porque ese jueves de noviembre vi cumplido uno de mis más grandes anhelos. Luego, a pesar de la lluvia y del frío, recorrí el perímetro de la ciudadela intentando retener en mis pupilas la belleza de ese pequeño pueblo que tiene ya un lugar emblemático en los libros de literatura. 

Nunca se es el mismo tras un viaje. Uno deja parte de si  y se trae aquello que le ofrecen.  Así ha sido también esta vez. Algo de mí quedó prendido en ese mar de otoño. En mi regreso guardé el recuerdo de esa lluvia, de ese olor a crisantemos y de mis humildes palabras que quedaron junto a la tumba de don Antonio Machado.

Sed felices.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Si de ti depende

Hace unos días podía leer en las redes sociales una pregunta acerca de qué se podía hacer ante la frustación. Mi comentario fue: "ocuparte de lo que de ti dependa".

En infinitas casiones nuetra tristeza o impotencia viene dada porque nos damos cuenta de la imposibilidad de remediar los problemas que nos acucian, sin darnos cuenta de que en una gran cantidad de veces esa solución no depende de nosotros.

Vivimos en una sociedad en la que, fundamentalmente los medios de comunicación nos  enfentan día si, día no, a hecatombes, apocalipsis y desastres. Las sentencias de "irremediable", "no hay marcha atrás", "es el principio del fin", trufan cada una de las imágenes de inundaciones, desiertos, e informaciones económicas.

Al mismo tiempo que todo esto sucede nos damos cuenta de que poco podemos hacer para que el pirado de Tump entre en razón, o que el cambio climático se pare, nuestra intervención es mínima como "curritos de a pié".La primera reacción siempre es de desánimo, pero entonces nos tenemos que dar un tiempo de reflexión para centrarnos en aquello que sí depende de nosotros.

Dice un refrán popular (ya sabéis que adoro los refranes) que "un grano no hace granero, pero ayuda al compañero". Seamos ese grano, ese eslabón de una cadena que finalmente afianzará los principios y los valores en los que que creemos. Participemos en la sociedad en la que vivimos, desde dónde hemos querido colocarnos y empujemos, empujemos para que toda la armazón que sostiene este sin sentido caiga.

Seguramente no llegaremos, por ley de vida , a ver los grandes cambios a los que nos enfrentamos hoy, pero si somos capaces de hacer que cunda nuestro ejemplo desde lo positivo, desde irradiar una energía que haga que más personas encuentren el sentido también
a su vida, seguramente, la sensación de estar perdiendo el tiempo desaparecerá.

Los grandes cambios de las Historia no se hicieron ni por un invento, ni por un día. Fueron realidad porque hubo quien convenció con su entuasiasmo a muchos, y estos fueron capaces de expandir ese mensaje.

Valoremos por tanto aquello que aportamos, aunque sea para nosotros ínfimo, pero que asumimos como nuestra responsabilidad. Recordemos que una gota, si persiste, acaba horadando una montaña.

Sed felices.