Reconozco que la primera vez que intenté leer Cien años de soledad no pude. Debía andar por los quince o dieciséis años y se me atrangantó. No era capaz de hilar la historia y abandoné, algo insual en mí, pues me costaba mucho apartar los libros sin terminar. García Márquez quedó relegado a la estantantería de autores puestos a enfriar.
Pasaron varios años, cinco o seis, y coincidí en clase, en la Universidad, con un chico bastante atractivo que lucía una esplendida sonrisa que me cautivó. Empezamos a"tontear"- éramos del mismo barrio, Moratalaz-, y una cosa llevó a la otra y la compañía se hizo más asidua.Un día, tomando una cerveza surgió el tema de García Márquez y de mi frustración con Cien años de soledad. El muchacho, Paco era su nombre, se extrañó, pues para él el escritor colombiano era uno de sus autores preferidos.
- Yo que tú empezaba por alguna de sus novelas cortas- me aconsejó- Si no las tienes te las dejo.
Y me prestó Crónica de una muerte anunciada, a la que siguió Ojos de perro azul y Los funerales de la mamá grande. Me fascinaron.
Entonces volví a coger Cien años de soledad y descubrí ese mundo mágico, asombroso, de Macondo y de los Buendía, que a punto estuvo de quedar ignoto para mi.
A pesar de los años pasados, siempre que ha surgido en una conversación sobre García Márquez he recordado, agradecida, el consejo de Paco, el chico de la espléndida sonrisa, con el que me casé- y sigo casada-. En nuestras estanterías, a lo largo de más de treinta años, han ido creciendo los libros del maravilloso Gabo, junto con nuestra admiración por su grandeza y sabiduría.
Descanse en paz.
Sed felices.