sábado, 21 de febrero de 2026

EL EFECTO DUNNIG-KRUGER Y LA INCOMPETENCIA POLÍTICA

 Política e ignorancia económica

     

     Nadie es más osado de su incompetencia que el ignorante, porque su osadía nace de la falta de percepción de su ausencia de conocimientos, y eso le hace lanzarse a tumba abierta a juzgar y calificar, minusvalorando, hechos y personas cuyo trabajo y capacidad intelectual es superior.

      La prueba estriba en lo que se ha venido a llamar "el efecto Dunnig-Kruger", y que se basa en varios principios:

  1.       Los incompetentes tienden a creer que son mejores de lo que son.
  2.       Los incompetentes no reconocen la habilidad de otros.
  3.       Los incompetentes son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia.
  4.       Los incompetentes son muy vanidosos.

      Sin que haga falta señalar a nadie,  en esta sociedad, muchos, y muchas, afectados por el efecto DK, ocupan  puestos de responsabilidad en los que esa incompetencia tiende a ser más peligrosa que  meter una cerilla en un bidón de gasolina. Entonces, cuando consiguen llegar a un cierto poder, se vienen arriba, apoyados por quienes tienen interés en que esa incompetencia sirva a sus objetivos espúreos, independientemente  de que hagan el ridículo una vez y otra...

      Es cierto que podemos afirmar que esto no es de ahora, que la Historia está trufada de individuos o individuas cuya falta de competencia en distintas áreas han podido lleva a desastres de proporciones bíblicas. Pero no cabe duda que en estos tiempos, en los que bregamos con unos medios de comunicación que manipulan, retuercen y mienten, es mucho más sencillo convertir a un o una inútil en alguien con capacidad de decisión, aunque sea la persona más incapaz.   Lo peor es cuando esa falta de “luces” es aprovechada, como antes hemos señalado, para crear una especie de guiñol manejado por quienes, al final, van a conseguir “cacho”.

      Seguramente, a estas alturas del artículo algún nombre se nos habrá presentado, nombre del panorama social o político. Seguramente, también, muchos habremos coincidido en esos nombres, haciéndonos la sempiterna pregunta de cómo es posible que fulanita o menganito hayan llegado a dónde están.

      En épocas pretéritas se encumbraban a las personas incompetentes de una manera bastante más, digamos, “directa”, y muchos llegaban al poder gracias a que su antecesor se había cruzado con un puñal o veneno. Los incapaces quedaban a merced de sus consejeros y personajes que alagaban su vanidad a cambio de prebendas, hasta que dejaban de ser útiles.

      Pues bien, aunque hayan pasado años, y años, y aunque ahora pongamos nombres rimbombantes, sigue habiendo inútiles y otros que se aprovechan de ello.

      Cualquier parecido con la realidad que nos rodea no es pura coincidencia, sino fruto de que, aunque pase el tiempo, la sociedad será más tecnológica, pero las ambiciones  son las mismas.

 

sábado, 7 de febrero de 2026

LA GUERRA DE MI ABUELA


 Fotos - Primeros años 40... | Facebook

 

De pequeña mi abuela me hablaba de la Guerra civil. De un viaje hasta Valencia, un lugar que yo aún  no conocía, y a dónde les evacuaron  huyendo de las bombas que destrozaban  Madrid, nuestro Madrid.

Me hablaba de lentejas que había que limpiar, de condenas a muerte, conmutadas, y de Francia y Argelia, países que yo buscaba en el Atlas  recorriendo, con el dedo, los caminos de la huida y del exilio. Me hablaba de hambre y de miedo.

Una guerra entre hermanos, civil, la llamaba. Me contaba que fue un golpe de Estado contra el pueblo que votó  la república, mientras zurcía calcetines  y yo  jugaba con una caja de botones al calor del brasero.

Mi madre me decía que no preguntara tanto, que había cosas de las que no  se hablaba. Y yo no lo entendía, porque una guerra no se hace entre hermanos— “a los hermanos se les quiere  y se les perdona”—  me explicaban, cuando yo protestaba de los míos.

Tampoco la guerra la perdían los buenos. Eso nos contaban  en todas  las películas de sesión continua en el cine Quevedo. Pero está sí, esta de la que me hablaba  mi abuela, mientras cosía la ropa y esperaba  que llegara mi abuelo para hacer  la cena, la perdieron ellos, los que defendían la justicia, la igualdad, y  pan para todos , pero también libros.

Perdieron la guerra los obreros, los maestros, los poetas. Se llenaron de  tiros las tapias  del cementerio, las cunetas de desconocidos, y se marchitaron  las rosas.  De pequeña me hablaban de la guerra, pero siempre de puertas para adentro de la casa. Fuera, éramos los vencidos, y ahí mandaban los gloriosos vencedores de la épica cruzada. Misa los domingos, bandera roja y gualda, siempre ese grito de: ¡Viva  España!

Cuando era pequeña, mi  abuela me hablaba  de la guerra con los ojos nublados y en susurros.