sábado, 7 de febrero de 2026

LA GUERRA DE MI ABUELA


 Fotos - Primeros años 40... | Facebook

 

De pequeña mi abuela me hablaba de la Guerra civil. De un viaje hasta Valencia, un lugar que yo aún  no conocía, y a dónde les evacuaron  huyendo de las bombas que destrozaban  Madrid, nuestro Madrid.

Me hablaba de lentejas que había que limpiar, de condenas a muerte, conmutadas, y de Francia y Argelia, países que yo buscaba en el Atlas  recorriendo, con el dedo, los caminos de la huida y del exilio. Me hablaba de hambre y de miedo.

Una guerra entre hermanos, civil, la llamaba. Me contaba que fue un golpe de Estado contra el pueblo que votó  la república, mientras zurcía calcetines  y yo  jugaba con una caja de botones al calor del brasero.

Mi madre me decía que no preguntara tanto, que había cosas de las que no  se hablaba. Y yo no lo entendía, porque una guerra no se hace entre hermanos— “a los hermanos se les quiere  y se les perdona”—  me explicaban, cuando yo protestaba de los míos.

Tampoco la guerra la perdían los buenos. Eso nos contaban  en todas  las películas de sesión continua en el cine Quevedo. Pero está sí, esta de la que me hablaba  mi abuela, mientras cosía la ropa y esperaba  que llegara mi abuelo para hacer  la cena, la perdieron ellos, los que defendían la justicia, la igualdad, y  pan para todos , pero también libros.

Perdieron la guerra los obreros, los maestros, los poetas. Se llenaron de  tiros las tapias  del cementerio, las cunetas de desconocidos, y se marchitaron  las rosas.  De pequeña me hablaban de la guerra, pero siempre de puertas para adentro de la casa. Fuera, éramos los vencidos, y ahí mandaban los gloriosos vencedores de la épica cruzada. Misa los domingos, bandera roja y gualda, siempre ese grito de: ¡Viva  España!

Cuando era pequeña, mi  abuela me hablaba  de la guerra con los ojos nublados y en susurros.

 

viernes, 30 de enero de 2026

El dolor selectivo de Ayuso

 


Isabel Díaz Ayuso ha convertido el duelo en una herramienta política. No todas las víctimas merecen el mismo respeto institucional ni el mismo reconocimiento público: todo depende de si su dolor refuerza su relato o, por el contrario, lo pone en cuestión. Si el luto la favorece, y no hablamos de ropajes, o por el contrario la señala a ella o a su partido

El reciente funeral organizado en Madrid por las víctimas de Adamuz es un ejemplo claro de esta política del gesto selectivo. Ayuso se presenta envuelta en solemnidad, reivindicando empatía y respeto, y utilizando el lenguaje del luto colectivo. Sin embargo, esa sensibilidad desaparece cuando las víctimas señalan directamente a su propia gestión.

Durante la pandemia, más de 7.000 personas murieron en residencias de mayores en la Comunidad de Madrid sin ser derivadas a hospitales. No hubo funeral institucional, ni homenaje público, ni un reconocimiento oficial del daño causado. Las familias, lejos de ser escuchadas, fueron despreciadas desde el poder. La propia presidenta las ha descalificado, acusándolas de formar “plataformas de frustrados”, una expresión que revela hasta qué punto se optó por la confrontación y el insulto en lugar de la reparación y la memoria.

El mismo patrón se repite con las víctimas de la DANA. Ante una tragedia con consecuencias humanas evidentes, el Gobierno de la Comunidad de Madrid optó por el silencio institucional. Ni duelo oficial ni gestos simbólicos. La ausencia de actos públicos fue también una forma de mensaje político subliminal: el dolor que no conviene, se invisibiliza.

Esta selección interesada del duelo no es neutral ni inocente. Ayuso distingue entre víctimas útiles y víctimas incómodas. A las primeras se las eleva como símbolo; a las segundas se las niega, se las desacredita o se las borra del espacio público. Es una estrategia calculada que instrumentaliza el sufrimiento ajeno para proteger un relato de éxito y evitar cualquier asunción de responsabilidades.

El duelo institucional no puede ser una herramienta de propaganda ni una trinchera ideológica. Cuando una presidenta decide qué muertos merecen memoria y cuáles merecen desprecio, se rompe algo más profundo que la coherencia política: se rompe la dignidad democrática. Porque el respeto a las víctimas no debería depender nunca del interés electoral de quien gobierna.








martes, 27 de enero de 2026

81 AÑOS DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ: MEMORIA HISTÓRICA Y EL PRESENTE A DEBATE

 


Este 27 de enero se cumplen 81 años de la liberación de Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio del régimen nazi y uno de los símbolos más contundentes del Holocausto. La entrada del Ejército Rojo en 1945 dejó al descubierto un sistema de asesinato masivo que costó la vida a más de un millón de personas, en su mayoría judíos, pero también gitanos, prisioneros de guerra soviéticos, personas con discapacidad y opositores políticos.

La conmemoración de este aniversario se produce en un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, conflictos armados y un renovado debate sobre el uso político de la memoria histórica y democrática. Auschwitz ocupa un lugar central en esa discusión: su recuerdo funciona tanto como advertencia universal contra la deshumanización como referencia frecuente en discursos contemporáneos sobre seguridad, identidad y legitimidad estatal. Discursos que en ocasiones provienen de quienes se creen con la verdad por el hecho de haber sido refrendados en las urnas.

En el caso de Israel, la memoria del Holocausto ha sido un elemento clave en la construcción de su narrativa nacional. Diversos analistas señalan que esta memoria, vinculada al sionismo como proyecto político, ha sido utilizada para explicar —y en algunos casos justificar— políticas de seguridad y control territorial. Al mismo tiempo, organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado prácticas en los territorios palestinos ocupados que incluyen restricciones de movimiento, castigos colectivos y un sistema legal diferenciado, generando críticas sostenidas desde distintos ámbitos y un mayoritario rechazo internacional.

No obstante, expertos en memoria histórica y democrática advierten sobre los riesgos de trasladar de forma acrítica una tragedia histórica única a conflictos contemporáneos. La mayoría coincide en que el Holocausto no admite comparaciones directas, pero sí ofrece un marco ético desde el cual evaluar el ejercicio del poder y el trato a poblaciones civiles que, a la luz de los últimos acontecimientos sucedidos en Estados Unidos resultan más que alarmantes. En ese sentido, el debate no se centra en equiparar hechos, sino en interrogar cómo se invoca el pasado para legitimar decisiones presentes. No hablamos de antisemitismo, hablamos de injusticia, de racismo, de xenofobia y crímenes contra la humanidad.

También dentro del propio mundo judío existen posiciones diversas. Intelectuales, académicos y organizaciones judías críticas del gobierno israelí han señalado que el recuerdo de Auschwitz debería reforzar principios universales de derechos humanos y no funcionar como un escudo frente a cuestionamientos políticos. Estas voces subrayan la necesidad de separar el combate al antisemitismo —una forma de odio persistente y real— de la crítica a políticas estatales concretas.

A 81 años de la liberación del campo, la desaparición progresiva de los sobrevivientes otorga mayor peso a la responsabilidad de instituciones educativas, medios de comunicación y líderes políticos. La memoria de Auschwitz, lo que representa,  ya no depende solo del testimonio directo, sino de cómo se la contextualiza y se la transmite.

La pregunta que atraviesa esta conmemoración no es únicamente cómo recordar el pasado, sino qué hacer con él en el presente. Auschwitz permanece como un punto de referencia histórico y moral. Su legado, coinciden muchos especialistas, no reside en su utilización como argumento político, sino en su capacidad para alertar sobre los peligros de la deshumanización, independientemente de quién la ejerza y contra quién se dirija.

 

domingo, 4 de enero de 2026

El principio de la esperanza.

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Hoy, he recibido del presidente del gobierno y Secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, un correo que ha dirigido a la militancia . En él hace una serie de observaciones que me gustaría compartir con vosotros y vosotras por dos razones: una, porque dice verdades como puños; otra porque es de justicia valorar lo que desde otros lados se denigra y denosta.

Aunque haya quien piense que no es un tema muy propicio para unas fechas como estas, que mejor que tener una visión y una reflexión frente al porvenir. 2026 va a ser un año "caliente" dentro y fuera de nuestras fronteras, de eso ya no cabe duda.

En los últimos siete años, España ha demostrado que otra forma de gobernar es posible. Los avances económicos, sociales y medioambientales logrados no son cifras frías: se traducen en estabilidad, en cohesión social y en una vida más digna para millones de personas. Nuestro modelo funciona y es reconocido fuera de nuestras fronteras, pero quienes creemos en la justicia social sabemos que nunca basta. Aún hay desigualdades que duelen, empleos que crear y salarios que dignificar. Precisamente por eso, no podemos detenernos.

Hoy, más que nunca, el socialismo es también una responsabilidad que trasciende nuestras fronteras. En un mundo marcado por el resurgir del autoritarismo, las amenazas imperialistas y la normalización de la violencia, España se ha convertido en una voz firme frente al avance de la ultraderecha internacional. Mientras asistimos con preocupación a intentos de injerencia sobre pueblos soberanos que conculcan el Derecho Internacional por intereses económicos, aunque sea para acabar con dictaduras, como Venezuela, o al respaldo de grandes potencias a guerras que vulneran el derecho internacional y provocan un sufrimiento insoportable, como ocurre en Gaza, nuestro país defiende la paz, los derechos humanos, el multilateralismo, el Estado del Bienestar, el feminismo y la justicia climática. Esa posición no es neutral: es profundamente política y profundamente humana.

El socialismo representa, hoy, una trinchera ética frente al cinismo y la ley del más fuerte. Como recordó Ernst Bloch al hablar del “principio de la esperanza”, el progreso no avanza solo: hay que defenderlo, especialmente cuando está en peligro. Los y las socialistas tenemos ese deber moral frente al imperialismo, la guerra y la desigualdad.

Mañana, cuando lustréis los zapatos a la espera de la llegada de los Magos, pensad que podemos aportar cada uno de nosotros y nosotras, desde el socialismo, para mejorar, aunque solo sea un poco, la vida de las personas.  No tenemos ni incienso, ni oro ni mirra, pero sabemos luchar por la justicia, la igualdad y la dignidad.

FELICES REYES.