sábado, 2 de mayo de 2026

VOX, EL IMPERIALISMO CATETO

Trump, Abascal y los intereses de España | Columnistas 

Hay imperios que se construyen con ejércitos, otros con comercio, y algunos —los más modernos— con hilos de Twitter mal traducidos. Vox pertenece a esta última categoría: un proyecto político que sueña con la grandeza imperial mientras espera instrucciones en diferido desde Donald Trump, Javier Milei o Viktor Orbán.

Podría llamarse internacional reaccionaria, pero también franquicia: cambias la bandera, mantienes el argumentario.

Vox lleva años señalando al extranjero como problema estructural. El inmigrante no es persona: es cifra, amenaza, titular. La xenofobia no aparece como un exceso, sino como columna vertebral del discurso. Eso sí, mientras tanto, el partido importa sin pudor consignas, miedos y teorías directamente empaquetadas desde Estados Unidos o Hungría.

Es decir: fronteras cerradas para las personas, pero puertas abiertas para los eslóganes.

Hay algo entrañable en esa contradicción. Es como montar una taberna “muy española” donde todo —desde el vino hasta el menú— viene del extranjero, pero el camarero grita mucho “¡Viva lo nuestro!”.

Si algo ha perfeccionado Vox no es una política pública, sino un estilo. Un tono. Una manera de convertir el insulto en herramienta de movilización. Cuando Santiago Abascal llama a Pedro Sánchez “chulo de putas” en un mitin, no está perdiendo los papeles: está siguiendo el guion.

Porque el insulto no es un accidente, es el mensaje.

La lógica es simple: si no hay complejidad, no hay debate; si no hay debate, solo queda ruido; y en el ruido, quien grita más fuerte parece tener razón. Es una política de barra de bar elevada a categoría ideológica, con menos ironía que un chiste malo y más eco que una caverna.

El nacionalismo de Vox tiene una peculiaridad: necesita subtítulos. Sus lemas, sus obsesiones y hasta sus enemigos parecen venir ya redactados desde fuera. El “Make Europe Great Again” no deja de ser un “Make America Great Again” con acento y jet lag.

En las cumbres internacionales de la ultraderecha —esas reuniones donde Orbán sonríe, Trump inspira y Milei vocifera— Vox encuentra algo parecido a un hogar. No uno español, claro, sino uno ideológico: una comunidad de agravios compartidos, enemigos reciclados y soluciones simplistas.

Ahí, entre banderas y consignas, se construye esa curiosa forma de imperialismo: no el que conquista territorios, sino el que coloniza discursos ajenos y los revende como propios.

El verdadero hallazgo de Vox es haber logrado globalizar el catetismo. No como insulto costumbrista, sino como categoría política: una mezcla de simplificación extrema, orgullo mal digerido y dependencia intelectual.

Se trata de un fenómeno fascinante. Cuanto más se proclama la soberanía, más evidente resulta la imitación. Cuanto más se habla de identidad, más reconocibles son las plantillas importadas.

El resultado es un nacionalismo de copia y pega. Una España que no se piensa a sí misma, sino que se traduce mal.

Quizá por eso Vox necesita exagerarlo todo: las amenazas, los enemigos, incluso su propia relevancia. Porque en el fondo, detrás del gesto épico, hay algo más modesto: un partido que no lidera un imperio, sino una sucursal.

Un imperialismo sin imperio.
Una revolución sin ideas propias.
Una épica que, vista de cerca, cabe perfectamente en un meme.

 Sed felices...

 Foto periódico EL MUNDO

 

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